Viene del este de Antonio J. Jiménez: análisis completo de la novela gráfica

Última actualización: 13 abril, 2026
  • Novela gráfica coral ambientada en un 22 de marzo cualquiera, el día antes de un posible fin del mundo.
  • Retrato detallado de la precariedad, el individualismo y la enajenación tecnológica en una gran ciudad.
  • Apartado visual muy ambicioso, con fuerte componente arquitectónico y experimentación formal constante.
  • Debut sólido de Antonio J. Jiménez, que lo sitúa entre las voces más interesantes del cómic actual.

cómic Viene del este

Viene del este de Antonio J. Jiménez es una de esas novelas gráficas que te obligan a parar, respirar hondo y mirarte alrededor con otros ojos. Lo que parece, de entrada, un relato sobre el día anterior al fin del mundo, se convierte poco a poco en un espejo afilado de cómo vivimos, cómo trabajamos y cómo nos relacionamos en una sociedad saturada de ruido, estímulos y notificaciones constantes.

Lejos de ser solo un cómic apocalíptico, Viene del este se centra en lo cotidiano: trabajos precarios, redes sociales, cuidados, soledad, ciudades que ahogan tanto como fascinan. Todo ello contado con una ambición formal enorme, propia de autores que exploran nuevos formatos, un trabajo gráfico minucioso y una estructura que juega con el lector sin perder nunca el pulso narrativo. Es la clase de libro que lees con una mezcla de angustia, ternura y cierta risa incómoda al reconocerte en más de una viñeta.

Datos clave de la edición y el proyecto

La edición original de Viene del este corre a cargo de Blackie Books, que publica la obra en cartoné, con una extensión de 114 páginas y un precio de 26,90 €. El formato físico se sitúa en la línea del catálogo gráfico de la editorial, que suele apostar por ediciones muy cuidadaS y tiradas selectas, con un ojo especial para proyectos singulares que se salen de lo habitual.

El libro presenta una edición como novela gráfica de gran formato, cercana a las 144 páginas y unas dimensiones aproximadas de 22 x 30 cm, tal y como se resalta en algunas descripciones promocionales. En cualquier caso, se trata de un volumen amplio, pensado para disfrutar de la composición de página, los detalles del diseño urbano y el uso del color plano y del flúor, que lucen especialmente en este tamaño.

Antonio J. Jiménez (Jaén, 1993) firma un debut de largo recorrido en el cómic con esta obra. No solo se encarga del guion —una labor dentro de la profesión de guionista—, sino también del dibujo y el color, asumiendo prácticamente todo el apartado creativo. La maquetación y el diseño final recaen en Sergi Puyol, que refuerza el aire gráfico y arquitectónico del libro, sacando partido a las decisiones visuales del autor y a la estructura tan poco convencional de muchas páginas.

El proyecto tiene una historia larga detrás: Viene del este nace de pequeñas historias cortas que el autor fue desarrollando y puliendo durante más de una década. Gracias a las ayudas a la creación del Injuve, el conjunto de relatos y experimentos gráficos acaba transformándose en una obra extensa y cohesionada, que Blackie Books publica ya como cómic largo de debut del autor.

La apuesta editorial encaja con la línea de Blackie Books, que, aunque mantiene un catálogo de cómics reducido, acostumbra a elegir obras de gran personalidad. No es casual que, al hablar de Viene del este, se mencione junto a títulos como «Cuando el viento sopla» de Raymond Briggs: ambas piezas dialogan sobre el miedo al fin del mundo y la vulnerabilidad de la gente corriente, aunque sus enfoques estéticos y narrativos sean muy diferentes.

novela gráfica Viene del este

Un día cualquiera antes del fin del mundo

El punto de partida de la historia es demoledor: 24 horas antes del final de la civilización. Jiménez plantea qué estaríamos haciendo justo el día anterior a que todo se vaya al garete y la respuesta, lejos del heroísmo o el caos inmediato, apunta hacia algo mucho más prosaico: probablemente estaríamos en un curro mal pagado, atrapados en un trabajo poco estimulante, mirando el móvil, quedando con amigos o haciendo recados, sin sospechar nada, un planteamiento que recuerda a distopías como 1984 de George Orwell.

La obra arranca con un prólogo ambientado en el futuro, donde vemos cómo una bomba cae y desencadena el principio del fin. El mundo se ha convertido en un escenario postapocalíptico tras un conflicto cuyo origen y responsables nunca terminan de aclararse del todo. Esa elección refuerza la sensación de arbitrariedad y desconcierto: da igual quién pulse el botón, las consecuencias arrasan con cualquiera.

Tras ese comienzo, el relato nos transporta de vuelta a nuestros días, en concreto al viernes 22 de marzo. Durante esas veinticuatro horas seguimos la vida cruzada de varios personajes que viven en una ciudad anónima, sin nombre explícito, pero con guiños claros a la Semana Santa y a un entorno urbano que remite a una ciudad española reconocible, aunque nunca del todo identificada.

Es un día aparentemente normal: la ciudad despierta perezosa, unos preparan café, otros corren al trabajo, el runrún de la rutina se desliza entre las calles. En la radio, las noticias hablan de guerras, crisis energéticas y desigualdades crecientes, pero casi nadie está prestando verdadera atención. La vida sigue, porque tiene que seguir, mientras el sol sale por el este y se abre otra jornada más en el calendario.

Ese 22 de marzo es, a la vez, un día común y el día en el que todo puede cambiar. Mientras en «otro lugar» (siempre lejos, siempre fuera de plano directo) caen las bombas y la posibilidad de un fin del mundo se vuelve tangible, los personajes continúan atrapados en sus rutinas. El conflicto internacional aparece como ruido de fondo mediático: invasión de Ucrania por parte de Rusia en el momento en que el autor estaba creando el libro, ataques de Estados Unidos a Irán en la actualidad, y una lista interminable de focos de tensión que la mayor parte de la población consume como titulares fugaces.

Personajes: una coral de vidas cruzadas

Uno de los grandes aciertos del libro es su estructura coral. Jiménez no se centra en un único protagonista, sino en un elenco de personajes que se mueven por la ciudad, se cruzan sin saberlo y comparten un mismo espacio-tiempo bajo un cielo que, tarde o temprano, se llenará de bombas. Esa multiplicidad de puntos de vista permite construir un mosaico muy rico de la sociedad contemporánea.

Entre las figuras más destacadas nos encontramos con una rider que reparte a domicilio, reflejo directo de la economía de plataformas y la precariedad laboral actual. Vive una jornada a contrarreloj, pedaleando entre pedidos, tráfico y clientes anónimos. Su rutina encarna la fragilidad de quienes dependen de aplicaciones y algoritmos para poder pagar el alquiler, siempre expuestos al estrés, las malas valoraciones y horarios imposibles.

Otro personaje clave es un joven estudiante que ayuda a su padre en la tienda familiar. Su vida transcurre entre los estudios y el negocio de barrio, donde la subsistencia diaria pende de un hilo. A través de ellos, el cómic habla de la tensión intergeneracional, del cierre progresivo de comercios tradicionales y de la incertidumbre de un futuro que no garantiza nada ni siquiera a quienes trabajan sin descanso.

También aparece una aspirante a influencer, símbolo cristalino del peso de las redes sociales en la autoimagen y en las expectativas vitales. Sus problemas giran en torno a la visibilidad, los seguidores, la necesidad de gustar y la construcción de una identidad pública que se come, casi sin darnos cuenta, la intimidad y el tiempo libre. Jiménez utiliza su figura para explorar la enajenación que provocan las pantallas y la búsqueda desesperada de atención.

En la ciudad seguimos además a un trabajador de una librería, que encarna una cierta resistencia cultural en medio del ruido digital. Su día a día combina la monotonía de la venta con la relación con los libros, con clientela variopinta y con la sensación de estar en un pequeño refugio, pero también en un negocio que no siempre tiene las cosas fáciles en el mercado actual.

Anselmo, un jubilado ciego, es otro de los personajes fundamentales. Su percepción del mundo, obligada a ir más allá de la mirada literal, se convierte en un eje narrativo y visual muy potente. Las páginas en las que ocupa el centro de la escena obligan al lector a girar el libro y cambiar de orientación, lo que refuerza la idea de contemplar la realidad desde otra perspectiva, cuestionando la manera en que «vemos» y procesamos lo que pasa a nuestro alrededor.

A lo largo de la jornada, todas estas vidas se entremezclan: alguien se enamora, otro pierde a un amigo, otro se enfada y discute, alguno sale de fiesta, otra persona cuida de una madre enferma, alguien llega tarde y reventado al trabajo, otro simplemente se aburre. Son fragmentos de vida aparentemente menores, escenas que cualquiera podría reconocer en su propio entorno, pero que adquieren un peso brutal cuando sabes que, de fondo, el reloj del mundo se está agotando.

viñetas Viene del este

Temas de fondo: precariedad, individualismo y distracciones

La gran pregunta que recorre el libro podría formularse así: ¿qué hacemos mientras el mundo se desmorona? La respuesta que ofrece Viene del este no es cómoda. Estamos inmersos en trabajos mal pagados, relaciones frágiles, alquileres desorbitados y una avalancha de contenidos que nos distraen de lo importante. Todo ello se articula en torno a varios ejes temáticos que el cómic aborda de forma directa.

En primer lugar, la precariedad económica, laboral y habitacional atraviesa casi todas las tramas. La rider agotada, el tendero que apenas llega a fin de mes, la inestabilidad de quienes dependen de empleos basura o temporales… La obra se sitúa en la órbita de otras ficciones que han explorado este tema, como «En vela» de Ana Penyas, «Comfortless» de Miguel Vila o incluso películas recientes como «Bugonia». No es un retrato de miseria espectacularizada, sino una realidad cotidiana que va erosionando poco a poco la salud mental y emocional de la gente.

En segundo lugar, el cómic disecciona el individualismo y la incomunicación de la sociedad actual. En una ciudad abarrotada, los personajes van encapsulados en sus propios problemas, auriculares, pantallas y burbujas de redes sociales. Cuesta empatizar con lo que le pasa al vecino, y mucho más aún con lo que ocurre en otros países, por muy graves que sean las imágenes que aparecen un segundo en el telediario antes de que cambiemos de canal o de pestaña.

Un tercer eje es la influencia de las nuevas tecnologías en nuestra percepción del mundo. Móviles, audios, música, conversaciones superpuestas, redes sociales, notificaciones… todo esto aparece traducido en la página como fragmentos de texto cortados, diálogos que se cuelan en segundo plano y elementos visuales que saturan el espacio. No se trata de un discurso tecnófobo simplista, sino de mostrar cómo estos estímulos constantes pueden volverse más dañinos que beneficiosos cuando nos impiden parar, escuchar, estar presentes.

Además, Jiménez habla de la ceguera mental y la percepción selectiva. Mientras los medios informan de guerras y catástrofes, la mayoría de personajes limita su capacidad de reacción a un comentario rápido, un gesto de preocupación fugaz o, en el mejor de los casos, un mensaje de apoyo a distancia. La obra cuestiona hasta qué punto elegimos no mirar de frente la posibilidad del desastre global porque resulta demasiado incómoda para encajar en nuestra rutina.

Todo ello genera una radiografía muy lúcida de una época llena de distracciones. Es un retrato duro del egoísmo y la mezquindad que pueden aflorar cuando cada uno va a lo suyo, pero el cómic no se queda en un pesimismo absoluto: también hay huecos para momentos de felicidad, conexiones genuinas entre personajes y pequeños destellos de humanidad que, aunque no cambien el rumbo del planeta, sí dan sentido a sus últimas horas de normalidad.

Un lenguaje visual ambicioso y lleno de experimentos

Más allá del guion, uno de los grandes reclamos de Viene del este es su trabajo gráfico y narrativo. La ciudad se convierte casi en un personaje más, diseñada a partir de edificios geométricos, líneas limpias y una composición que delata la formación como arquitecto del autor. El urbanismo no es solo fondo: es el hilo conductor que une las diferentes tramas y le da coherencia al flujo de la lectura.

El cómic utiliza colores mayoritariamente planos, con algunos degradados puntuales y el uso de tonos flúor para remarcar elementos clave. El trazo es muy pulcro y rectilíneo, lo que ha llevado a muchos lectores y críticos a emparentar el estilo de Jiménez con el de Chris Ware. La comparación no se queda solo en lo estético: también se percibe en la voluntad de exprimir el lenguaje del cómic y de experimentar con la disposición de las viñetas y el ritmo de lectura.

Las páginas se llenan de viñetas pequeñas y abigarradas, rebosantes de texto y detalles. A veces la estructura se fragmenta en cuadros cada vez más diminutos, otras se alarga un diálogo que recorre la página siguiendo un camino poco convencional, y en ocasiones aparecen líneas gráficas que parecen no conducir a ningún sitio, pero que reflejan el caos, el estrés y la sensación de sobrecarga mental de la vida moderna.

Cada capítulo está pensado como una pieza visual con composición propia, rara vez se repite el mismo esquema de página. Esto obliga al lector a adaptarse constantemente, manteniendo la atención muy despierta. Lejos de ser un truco gratuito, esta variación formal responde a las necesidades emocionales y temáticas de cada momento de la historia, subrayando cambios de tono, clímax o escenas de transición.

Un recurso especialmente llamativo son las páginas dobles protagonizadas por Anselmo. En estas secuencias, dedicadas al jubilado ciego, el lector tiene que girar el libro y colocarlo en vertical para poder seguir el flujo de las viñetas. Este gesto físico rompe la inercia de la lectura y simboliza el cambio de perspectiva: al igual que Anselmo, el lector abandona el punto de vista habitual para enfrentarse a una realidad representada de forma distinta, más abstracta y sensorial.

Todo este despliegue de ideas visuales hace de Viene del este una de las lecturas gráficas más estimulantes de los últimos años. No se limita a contar una historia, sino que explora las posibilidades del medio cómic para reforzar lo que quiere transmitir sobre ruido, caos, ansiedad y también sobre pequeños momentos de calma o conexión.

Contexto político, actualidad y vigencia del título

El cómic está atravesado por un trasfondo político y geopolítico muy claro, aunque nunca caiga en el panfleto ni señale culpables concretos con nombres y apellidos. Desde el prólogo postapocalíptico se entiende que el mundo está gobernado por dirigentes que toman decisiones sobre la vida de cientos de miles de personas con la ligereza de «niños caprichosos», y que un solo gesto, un botón pulsado sin pensar demasiado, puede desencadenar un cataclismo global.

Durante la gestación de la obra, la invasión de Ucrania por parte de Rusia estaba muy presente, y se percibe en los ecos informativos que llegan a través de los medios dentro del relato. Sin embargo, cuando el libro empieza a circular y la conversación pública se desplaza hacia otros conflictos -como los ataques de Estados Unidos a Irán-, se pone de manifiesto algo que el propio cómic señala: la actualidad es volátil, las prioridades mediáticas cambian y lo que ayer era el centro del debate hoy queda relegado a un segundo plano.

Este cambio de foco ha llevado a algunos a comentar que el título Viene del este puede sonar algo desfasado, en un momento en el que la amenaza del fin del mundo también «viene del oeste». Esa tensión entre la dirección simbólica de la amenaza y la realidad compleja de la geopolítica actual refuerza la idea de que el miedo al colapso no tiene una única procedencia, y que la sensación de inestabilidad se extiende prácticamente a cualquier punto cardinal.

Aunque el cómic dialogue con hechos muy concretos, su mirada sobre la guerra y los conflictos es más amplia. Lo importante no es tanto enumerar todos los frentes abiertos, sino mostrar cómo se viven (o más bien, cómo se ignoran) desde una ciudad que se siente relativamente segura, donde los misiles siempre parecen caer lejos. Al final, la obra no trata solo de una guerra específica, sino de la desconexión entre la vida cotidiana y la magnitud de los desastres que se anuncian a diario.

En ese sentido, Viene del este se hermana con obras como «Cuando el viento sopla» de Raymond Briggs, que también indaga en cómo la gente corriente afronta -o no afronta- la posibilidad de una catástrofe nuclear. El propio libro de Jiménez incluye una frase de Briggs a modo de cierre, subrayando ese vínculo temático: el miedo a un final que casi nadie quiere mirar de frente y que, aun así, está ahí, latente.

A pesar de las idas y venidas de la actualidad, la obra mantiene su vigencia porque no se limita a un conflicto concreto, sino que habla de un clima general de ansiedad y de un sistema político global en el que el poder de unos pocos puede arrasar la vida de millones. Lo que cambia son los nombres de los países involucrados; lo que permanece es la sensación de que vivimos sobre un suelo inestable.

Recepción, comparaciones y lugar en el cómic actual

El debut de Antonio J. Jiménez con Viene del este ha sido recibido como una irrupción muy sólida en el panorama del cómic. Se le sitúa rápidamente junto a autores que han sabido retratar con acierto el desencanto, la abulia y la alienación contemporánea, como Simon Hanselmann, Miguel Vila o Brecht Evens, y su trayectoria puede fortalecerse a través de concursos de cómic y circuitos especializados. No obstante, Jiménez se desmarca al no hacer un retrato tan despiadado; su mirada, aunque crítica, deja espacio para cierta ternura y para chispazos de alegría.

La crítica ha destacado especialmente el reflejo de nuestra sociedad que consigue la obra: la mezcla de precariedad, hiperconectividad, aislamiento emocional y apatía ante el sufrimiento ajeno. También se han elogiado las dobles páginas dedicadas a Anselmo y el conjunto del apartado gráfico y narrativo, que demuestra una madurez poco habitual en un primer cómic largo.

Entre los puntos menos positivos señalados, algunos comentarios apuntan a que el título puede haber perdido parte de su fuerza literal a medida que la realidad geopolítica iba sumando nuevos focos de tensión más allá del «este» clásico. Sin embargo, esto no empaña la potencia del libro como alegoría de un mundo al borde del abismo, donde las direcciones geográficas importan menos que la sensación constante de amenaza.

Blackie Books refuerza esta buena recepción al ubicarse fiel a su línea de cómics selectos y muy cuidados, donde cada título está escogido casi como si fuese una pequeña joya. Compartir catálogo con obras de referencia, aunque sean poquísimas, otorga a Viene del este una visibilidad especial y subraya su condición de apuesta fuerte dentro del cómic de autor actual.

Vista en conjunto, la obra convierte a Antonio J. Jiménez en un candidato firme a autor revelación. No solo por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta, encajando en una generación de creadores que se toman muy en serio el lenguaje del cómic y lo utilizan para hablar de temas urgentes, sin perder de vista la experimentación formal y una voz propia muy marcada.

Con todo lo anterior, Viene del este se consolida como una novela gráfica imprescindible para entender cierta sensibilidad contemporánea: la de quienes viven pendientes del móvil, atrapados en curros precarios y saturados de noticias sobre guerras lejanas que parecen no afectarles… hasta que, de repente, sí lo hacen. Su combinación de mirada social, ambición formal y humanidad en el retrato de personajes convierte la lectura en un viaje intenso, a ratos agobiante, a ratos luminoso, que deja un poso difícil de sacudirse una vez se cierra el libro.

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