Reseña de La tierra yerma: western sáfico y épica feminista

Última actualización: 3 mayo, 2026
  • La tierra yerma reescribe el western desde un matriarcado rural salmantino con un romance sáfico en el centro.
  • El cómic combina tragedia clásica, folletín y crítica a la masculinidad tóxica a través de la figura alegórica de Los Ellos.
  • El apartado visual destaca por su trazo sintético, el uso radical de amarillo y negro y una fuerte influencia del manga y el shojo.
  • Carla Berrocal construye una nueva épica feminista basada en la sororidad y la herencia entre mujeres, alejándose del héroe patriarcal clásico.

reseña de La tierra yerma western sáfico

La tierra yerma, de Carla Berrocal, se ha colado de lleno en las conversaciones sobre cómic contemporáneo español gracias a una mezcla poco habitual: western, tragedia clásica, romance sáfico y una potente relectura feminista de la épica. Publicada por Reservoir Books en formato rústica y con 184 páginas de papel amarillo cegador, esta novela gráfica propone un viaje a un territorio tan árido como fértil en ideas, emociones y subversión de códigos de género.

Aunque parte de elementos muy reconocibles del western, La tierra yerma se aleja de los tópicos viriles y norteamericanos y los trasplanta a la dehesa salamantina, construyendo un imaginario profundamente autóctono, enraizado en el folclore charro y atravesado por un matriarcado poderoso. Sobre esa base se levanta una historia de amor imposible entre dos mujeres de casas enemigas, una amenaza sobrenatural llamada Los Ellos y una reflexión muy clara sobre la masculinidad tóxica y la posibilidad de redefinir lo épico desde el feminismo.

Datos básicos de la edición y contexto de la autora

La tierra yerma llega de la mano de Reservoir Books en una edición en rústica de 184 páginas, con un precio de 21,90€. Toda la obra está impresa en tinta negra sobre papel amarillo intenso, un rasgo físico que se vuelve parte del discurso visual y temático del libro. El formato recuerda tanto al manga como a los viejos cuadernillos de aventuras que llenaban los quioscos españoles de mediados del siglo XX, aquellos folletines de papel barato que se amarilleaban con el tiempo.

Su autora, Carla Berrocal (Madrid, 1983), ya venía de firmar Doña Concha: La rosa y la espina, una novela gráfica de corte biográfico centrada en la tonadillera Concha Piquer. Aquel cómic funcionaba como reivindicación de una mujer que desafió los prejuicios de su época y, al mismo tiempo, como homenaje a la cultura popular española. En La tierra yerma encontramos de nuevo esa querencia por lo popular y lo folclórico, pero canalizada en un registro completamente distinto: del realismo histórico y la biografía saltamos a un western con ecos de tragedia, romance y ciencia ficción.

Según ha contado la propia Berrocal, el proyecto nace de la necesidad de soltarse tras la rigidez documental de Doña Concha. Quería una historia más lúdica, más folletinesca y aventurera, donde cupieran sus obsesiones: un amor imposible entre familias enfrentadas, un entorno rural español, el western y una reflexión sobre la épica desde una mirada feminista. Para financiar y acotar el proceso, la autora obtuvo una subvención que la obligó a dibujar la obra en apenas seis meses, con un guion trabajado a fuego lento durante un par de años anteriores.

Un western español, matriarcal y profundamente sáfico

La tierra yerma sitúa su acción en una dehesa salamantina inhóspita, castigada por la sequía y por una maldición que parece no tener fin. En este paisaje duro y bello a la vez, la vida gira en torno a la cría de ganado y a la defensa del territorio frente a Los Ellos, unas criaturas salvajes y depredadoras con poderes de podredumbre, que avanzan cada vez más cerca de las zonas habitadas y del sustento de la comunidad.

La protagonista absoluta es Leonor de Salvatierra, heredera de una estirpe de mujeres guerreras ganaderas que han hecho de la tierra su razón de ser. La casa de Salvatierra, ligada a la tierra seca y al polvo, mantiene desde hace años una enemistad casi legendaria con la familia de Isla Perdida, vinculada al agua y a un árbol blanco que brilla incluso en las noches más oscuras. Entre ambas casas pesa un pasado lleno de rencores y sangre derramada, en un clima de tensión permanente.

En este contexto surge el romance prohibido entre Leonor e Isabel, la bellísima heredera de Isla Perdida. La chispa salta cuando Leonor cruza la frontera vedada y pisa las tierras enemigas, siendo castigada a trabajar en la casa rival. La convivencia forzada y la atracción latente estallan en una relación que se abre paso entre prejuicios, resentimientos de familia y tradiciones férreas. Aquí resuenan con fuerza ecos de Romeo y Julieta, pero también de un shojo clásico, con su intensidad emocional, sus miradas largas y su pasión desbordada.

Lo llamativo es que este romance sáfico no se presenta como un adorno ni como una subtrama secundaria, sino como médula emocional de la obra. No hay exotización ni tímidos guiños de representación: el deseo entre mujeres es el centro mismo del relato, un motor que reconfigura lealtades y plantea una alternativa a la lógica de la violencia y del dominio territorial. El cómic asume con naturalidad una sociedad de mujeres donde el amor entre ellas no necesita explicarse ni justificarse.

La comunidad que retrata Berrocal es un matriarcado en toda regla. No hay hombres en este mundo socialmente organizado por charras que conducen el ganado, empuñan garrochas, toman decisiones políticas y se convierten en depositarias de la tradición y la herencia. El espacio de acción, poder y deseo pertenece a las mujeres, que ocupan los roles que el western clásico reservaba para pistoleros, rancheros y forajidos. Donde el género solía relegarlas al burdel o al papel de interés romántico del héroe masculino, aquí son ellas las que encarnan la épica.

Los Ellos: alegoría de la masculinidad tóxica y del patriarcado

Frente a esta sociedad matriarcal se alza la figura de Los Ellos, seres enigmáticos que amenazan el territorio y el ganado. Su naturaleza es abstracta y casi irrepresentable, pero su presencia encarna algo muy concreto: una masculinidad tóxica, depredadora y violenta que irrumpe como fuerza invasora. No se trata solo de monstruos fantásticos, sino de un símbolo claro de un patriarcado ultracapitalista que intenta colonizar un espacio donde ya no tiene cabida.

La violencia de Los Ellos funciona como metáfora de la dominación masculina sobre cuerpos y tierras. Su poder de podredumbre remite a la corrupción de los vínculos comunitarios y a la devastación que provoca un modelo basado en la ley del más fuerte, tan asociada al imaginario del western clásico. Allí donde el cine y el cómic del Oeste glorificaban los duelos al sol y los asaltos al tren como gesto de virilidad, Berrocal propone una épica que nace de la sororidad, la defensa colectiva y la transmisión de la herencia entre mujeres.

La obra se inscribe de lleno en el western, pero para reescribirlo desde dentro. No hay discursos teóricos machacones ni personajes dando monólogos feministas; la carga política emerge de la configuración misma del mundo: quién ostenta el poder, quién ejerce la violencia, quién desea a quién y qué fuerzas amenazan el equilibrio. El lector está invitado a descifrar estos códigos leyendo entre viñetas, interpretando silencios y gestos secos que dicen mucho más que cien explicaciones.

Lo épico, en La tierra yerma, deja de ser sinónimo de hazañas individuales masculinas. Berrocal se propuso, según ha contado, cuestionar la noción tradicional de epicidad —profundamente patriarcal— y resignificarla desde el feminismo. El momento en que uno de los personajes recuerda a Leonor que su fuerza no es solo suya, sino de todas las que han sido y serán, funciona como declaración de intenciones: la épica ya no es el duelo aislado, sino la cadena de mujeres que luchan juntas, pasadas, presentes y futuras.

En este sentido, la relación con Yerma de Federico García Lorca sirve como espejo invertido. Mientras que la obra teatral abordaba la infertilidad impuesta en una sociedad que condenaba a la protagonista a la aridez vital, La tierra yerma toma un escenario igualmente seco y lo llena de fertilidad simbólica. Allí donde Yerma retrataba una realidad silenciada, la novela gráfica de Berrocal siembra un relato fértil de amor, deseo, hermandad y resistencia, en pleno corazón de un género históricamente fértil para la ideología heteropatriarcal.

Una trama de amor trágico, folletín y tragedia clásica

Más allá del marco político y simbólico, La tierra yerma funciona como un folletín muy bien armado. Tenemos todos los ingredientes del melodrama clásico: familias enfrentadas, tierras disputadas, una maldición que pesa como una losa sobre el territorio, secretos del pasado, juramentos inamovibles y un amor prohibido que, desde el principio, sospechamos condenado a deslizarse hacia la tragedia.

La relación entre Leonor e Isabel se construye con paciencia y con un uso muy afinado del tempo narrativo. Berrocal maneja con soltura la cadencia de la historia, ralentizando las escenas íntimas para subrayar la tensión y la ternura, y acelerando en los momentos de acción y combate. Aquí se nota la influencia del shojo y del manga en general: pocas viñetas por página, silencios significativos, miradas que sostienen el peso dramático y una puesta en escena que apuesta por lo emocional antes que por la verborrea.

El romance está atravesado por una pulsión trágica de raíz lorquiana. Como en las grandes tragedias rurales españolas, la tradición, el entorno y los ritos pesan más que los deseos individuales. El choque entre la pasión de las dos jóvenes y las obligaciones hacia sus casas y su comunidad va tensando el hilo hasta que la tragedia se hace inevitable. En esa mezcla de tragedia clásica, western y culebrón rural está buena parte del encanto de la obra.

No por ello se descuida el ritmo aventurero propio del western. Hay cabalgadas, emboscadas, preparación para la guerra contra Los Ellos, escenas de entrenamiento y duelos en parajes desolados. El paisaje árido, casi lunar por momentos, funciona como escenario perfecto para una historia donde el polvo físico se mezcla con el polvo moral de una tierra exprimida hasta el límite por la sequía y por los errores del pasado.

El resultado es una novela gráfica que se lee de un tirón. Muchos lectores coinciden en que, una vez se abre el libro, cuesta dejarlo hasta el final. La combinación de páginas que fluyen como un pentagrama musical, como dice alguna crítica, y un crescendo dramático constante, hace que la lectura sea hipnótica. El cómic no se recrea en explicaciones, pero sí en la selección precisa de escenas que permiten al lector reconstruir la complejidad de esta comunidad sin necesidad de largos textos de apoyo.

El dibujo de Carla Berrocal: síntesis, minimalismo y geometría al servicio del western

Gráficamente, La tierra yerma apuesta por la síntesis y la economía de medios. El trazo de Berrocal es limpio, casi austero, con líneas muy definidas y escaso detalle superfluo. Las composiciones son directas, con pocas viñetas por página, y un uso del espacio negativo que deja respirar la acción y, al mismo tiempo, refuerza la sensación de aridez y desolación del entorno.

Esta aparente sencillez no implica falta de complejidad. Con unos cuantos trazos bien colocados, la autora es capaz de levantar atmósferas opresivas, de marcar la tensión de un silencio incómodo o de sugerir la inmensidad de una dehesa castellana sin necesidad de recurrir al hiperrealismo. Las formas geométricas y la claridad en la construcción de volúmenes dan a los personajes una presencia contundente, a la vez seca y orgánica.

El dibujo de Berrocal es extremadamente reconocible. Su estilo se caracteriza por una síntesis que coquetea con la geometría, pero sin perder nunca cierta organicidad. En algunas escenas, esa limpieza se rompe deliberadamente: aparecen líneas más sucias, casi toscas, para representar lo grotesco, lo monstruoso o lo corrupto, con un punto de tensión cercana al terror gráfico. Ese contraste entre pulcritud y desgarro visual contribuye a destacar los momentos más oscuros de la historia.

Uno de los desafíos clásicos del western es la representación convincente de caballos y paisajes abiertos, y Berrocal sale airosa de ambos. Los caballos resultan creíbles y dinámicos, la relación entre jinete y montura se entiende a golpe de silueta, y los horizontes secos transmiten una sensación de territorio todavía salvaje, pese a estar labrado por generaciones de mujeres que lo han hecho habitable a base de esfuerzo.

Algunas críticas han señalado cierta frialdad en las miradas de los personajes principales, que no siempre reflejarían con intensidad las emociones que viven. Es quizá el único reparo recurrente a un apartado gráfico por lo demás notable, donde la claridad narrativa y la fuerza de la composición pesan más que el naturalismo expresivo. Aun así, la puesta en página, la planificación de secuencias y el control del ritmo visual configuran un cómic sólido y muy personal.

El color amarillo, el blanco y el negro: una decisión estética y narrativa

Si hay un rasgo visual que marca La tierra yerma es la combinación radical de amarillo, negro y algunos toques de blanco. Todo el libro está impreso sobre papel amarillo desierto, con el negro como tinta principal y el blanco reservado para momentos puntuales, incluidos un par de bocadillos y detalles estratégicos. Este esquema cromático, en apariencia sencillo, funciona a varios niveles.

En primer lugar, el amarillo remite de forma inmediata al imaginario clásico del western: el polvo suspendido en el aire, el sol implacable, la sequedad de la tierra y también cierta sequedad moral del territorio. La lectura se vuelve casi física: uno siente que se le resecan los ojos y la garganta mientras avanza por esas páginas bañadas de luz abrasadora. El negro, por contraste, dibuja siluetas, sombras duras y volúmenes recortados con contundencia.

El uso del gris es casi inexistente y, cuando aparece, queda reservado a la sangre. Esta decisión hace que cualquier rastro de violencia se perciba con especial intensidad, rompiendo la bicromía amarilla y negra con un matiz intermedio que irrumpe como mancha. De este modo, cada herida, cada gota derramada en esa tierra seca adquiere una relevancia visual inmediata, sin necesidad de recrearse en el gore.

La propia autora ha explicado que su idea inicial era que el cómic comenzara en amarillo y acabara en blanco, como metáfora gráfica de la evolución de la sequía. Por razones técnicas, esa propuesta no pudo llevarse a cabo, y se optó por mantener el amarillo de principio a fin. Lo interesante es que, aun así, se juega con apariciones puntuales del blanco que sorprenden al lector, y que funcionan como fogonazos de luz o de revelación dentro de un entorno visualmente opresivo.

Este tratamiento del color rinde homenaje tanto al manga como al cómic popular clásico. La ausencia de medias tintas refuerza el carácter sintético del dibujo y evoca esos viejos tebeos de aventuras impresos en papel barato que, con el tiempo, amarilleaban hasta volverse casi del tono de La tierra yerma. El libro parece, así, un puente entre la tradición del cuadernillo de kiosco español y la narrativa gráfica contemporánea más consciente de su propio lenguaje.

Influencias, referencias y construcción de la épica feminista

Carla Berrocal ha citado un ramillete de influencias muy variado para La tierra yerma. En lo cinematográfico, destaca la importancia de Orgullo, de Manuel Mur Oti, una película del franquismo centrada en un amor imposible atravesado por conflictos de territorio en España. Este filme fue para la autora una revelación: la constatación de que se podían trabajar géneros como el western desde paisajes, problemas y códigos plenamente españoles.

También menciona Doña Bárbara, con María Félix en un papel de mujer poderosa, y clásicos del western como Johnny Guitar, con Joan Crawford, u Horizontes de grandeza. Todas ellas aportan ecos de mujeres fuertes, tensiones de frontera y conflictos de tierras que se reescriben aquí desde un prisma abiertamente feminista y sáfico. La casta de los Metabarones, de Jodorowsky y Juan Giménez, se suma a la lista en el terreno del cómic, sobre todo por su manera de abordar la épica y los linajes.

En paralelo, la obra se hermana espiritualmente con el universo de Tilly Walden, aunque en clave emocional y cromática opuesta. Donde Walden trabaja con paletas suaves y atmósferas melancólicas, Berrocal apuesta por un amarillo intenso y una dureza árida. Ambas, sin embargo, construyen mundos donde las relaciones entre mujeres ocupan el centro y donde los hombres desaparecen de la ecuación sin necesidad de grandes justificaciones.

El viaje de documentación incluyó escapadas a la Salamanca profunda y a Salvatierra de Tormes, cuyo nombre inspira el apellido de la protagonista. También un desplazamiento a la Extremadura más rural, para empaparse de paisajes, formas de hablar y dinámicas del campo. Esta inmersión se traslada al cómic en pequeños detalles: vocabulario, gestos cotidianos, formas de organizar el trabajo y una manera de entender el apego a la tierra muy reconocible en la España interior.

Todo ello está atravesado por una voluntad clara de repensar la épica desde el feminismo. Berrocal se pregunta qué significa hoy lo heroico y desde quién se narra. En lugar del héroe solitario que impone la ley con su revólver, la autora propone una épica de la comunidad, de la herencia y de la hermandad. Las palabras que recuerdan a Leonor que su fuerza reside en todas las mujeres que la precedieron y la sucederán condensan esta idea de linaje femenino como fuente de poder.

Lenguaje visual, recursos narrativos y guiños al manga

Formalmente, La tierra yerma despliega varios recursos muy llamativos. Uno de los más comentados es la decisión de que los personajes prácticamente nunca abran la boca gráficamente salvo para besarse. Este detalle, aparentemente pequeño, intensifica el peso de los silencios y de las miradas, al tiempo que otorga a cada gesto de afecto físico un impacto enorme dentro de una narración que huye del exceso verbal y gesticulante.

La influencia del shojo se deja ver con fuerza en las escenas románticas. Berrocal utiliza grafismos que recuerdan a las tramas y fondos expresivos de los mangas, con patrones y recursos que subrayan la emoción sin necesidad de grandes discursos. El amor entre Leonor e Isabel se expresa a través de composiciones, encuadres y ritmos que remiten a la tradición sentimental japonesa, pero adaptados a la rudeza amarilla del western castellano.

El trabajo de rotulación y onomatopeyas es otra de las joyitas del libro. Esos BANG contundentes o los TACATÁ TACATÁ de los caballos no son meros adornos sonoros: están integrados en la composición de la página, dialogan con el trazo y refuerzan la sensación de movimiento y choque. De nuevo, se apuesta por la síntesis y la eficacia: pocas onomatopeyas, muy bien colocadas.

El lenguaje cinematográfico atraviesa la obra en todo momento. La autora planifica las viñetas como si fueran planos de una película: hay travellings sugeridos, cortes secos, cambios de escala que marcan la intensidad dramática y una cadencia casi musical en la sucesión de páginas. Ella misma ha descrito su forma de viñetear como si fuera un pentagrama, y se nota en la armonía con la que los silencios y los golpes de efecto se alternan.

En lo técnico, Berrocal trabaja fundamentalmente con pincel y tinta china sobre papel, para luego aplicar el color digitalmente. Para este libro decidió dibujar en un formato más pequeño que su habitual A3, con el objetivo de ganar rapidez y fluidez; llegó a completar unas diez páginas a la semana durante los seis meses de fase intensa de dibujo. El resultado es un cómic donde la urgencia del trazo no sacrifica claridad ni intención, sino que aporta una vitalidad muy palpable.

La tierra yerma demuestra que el western dista mucho de estar agotado como género. Cuando se aborda desde la frescura, el atrevimiento y una mirada que cuestiona sus pilares ideológicos, el viejo Oeste —aunque aquí esté situado en Salamanca y se llame dehesa— puede seguir dando historias vibrantes. Entre matriarcado, romance sáfico, criaturas simbólicas y un uso del color tan sencillo como demoledor, esta novela gráfica se consolida como uno de esos títulos que expanden lo que entendemos por cómic de género en España.

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