Miles de autores lanzan un libro vacío contra el uso de IA en sus obras

Última actualización: 14 marzo, 2026
  • Cerca de 10.000 escritores han publicado un libro casi vacío, Don’t Steal This Book, como protesta contra el uso de sus libros para entrenar IA sin permiso.
  • El volumen se reparte en la Feria del Libro de Londres y cuenta con el apoyo de autores como Kazuo Ishiguro, Philippa Gregory o Richard Osman.
  • La acción coincide con el debate en Reino Unido sobre una reforma de derechos de autor que podría facilitar el uso de obras protegidas por parte de empresas de inteligencia artificial.
  • Sector editorial y autores reclaman licencias y compensaciones, mientras la UE avanza con la Ley de IA para reforzar la protección de los creadores.

Autores protestan contra la IA con un libro vacío

Cerca de 10.000 escritores han decidido plantarse ante la industria de la inteligencia artificial con una protesta tan simple como llamativa: un libro prácticamente vacío que se está repartiendo estos días en la Feria del Libro de Londres. El volumen, titulado Don’t Steal This Book (No robes este libro), apenas incluye algo más que una larga lista de nombres, pero el mensaje que lanza al sector tecnológico y a las autoridades británicas es de todo menos hueco.

Esta iniciativa se ha convertido en uno de los gestos más visibles de rechazo al uso de obras protegidas para entrenar sistemas de IA sin autorización ni remuneración. Autores de primera fila, representantes del sector editorial y organizaciones de gestión de derechos pretenden presionar al gobierno del Reino Unido justo cuando se debate cómo adaptar la legislación de propiedad intelectual a la nueva realidad digital.

Un libro casi en blanco como símbolo de un futuro sin obras

El proyecto se articula en torno a un volumen colectivo que, salvo por el listado de colaboradores, está completamente vacío. No hay novelas, ni ensayos, ni poemas: sólo los nombres de miles de autores que se han sumado a esta acción coordinada. La idea es mostrar, de manera gráfica, cuál podría ser el resultado de legalizar el uso masivo de libros ajenos para nutrir modelos de IA: páginas en blanco y creadores sin ingresos.

Entre los participantes figuran nombres tan conocidos como Kazuo Ishiguro, Philippa Gregory, Richard Osman, Alan Moore, Marian Keyes, Malorie Blackman o Mick Herron, lo que ha dado a la campaña un enorme eco mediático. El libro se está distribuyendo gratuitamente en la Feria del Libro de Londres, uno de los principales escaparates de la industria editorial europea, con un tiraje inicial de alrededor de mil ejemplares físicos.

La contraportada del volumen lanza un mensaje directo a las autoridades: «El gobierno del Reino Unido no debe legalizar el robo de libros para beneficiar a las empresas de inteligencia artificial». Con esta frase, los impulsores del proyecto acusan a las compañías tecnológicas de apropiarse de contenidos protegidos para entrenar sus modelos sin pagar ni pedir permiso, y alertan de que una reforma legislativa laxa dejaría a los creadores en una posición especialmente vulnerable.

En palabras de varios de los autores implicados, no se trata sólo de una cuestión económica, sino también de respeto al trabajo creativo. Ver cómo sus libros se utilizan como materia prima para sistemas capaces de generar textos que compiten con los suyos, sin ningún tipo de acuerdo o compensación, se percibe como un doble agravio: pérdida de ingresos y erosión de su papel en el ecosistema cultural.

El libro vacío funciona así como un símbolo: si las obras se convierten en combustible gratuito para las máquinas, lo que queda para los escritores es poco más que su firma en una lista y la sensación de que su oficio deja de ser sostenible. La campaña pretende visibilizar este riesgo ante editores, agentes y responsables políticos que se dan cita estos días en Londres.

Quién está detrás de la protesta y qué denuncia exactamente

La iniciativa ha sido coordinada por Ed Newton-Rex, compositor y activista especializado en derechos de autor, con una larga trayectoria en el ámbito de la inteligencia artificial. Tras haber trabajado en compañías del sector y fundado proyectos de creación musical con IA, acabó desengañado por la forma en que muchas empresas gestionan la propiedad intelectual y puso en marcha una organización centrada en lo que denomina «IA ética».

Newton-Rex sostiene que «la industria de la IA se ha construido sobre trabajo robado, tomado sin permiso ni pago». Según explica, los modelos generativos se alimentan de millones de libros, artículos y obras artísticas copiadas sin el visto bueno de sus titulares de derechos. Esa información se usa para entrenar sistemas capaces de producir textos, imágenes o música que compiten directamente con los creadores originales en el mercado.

Para el impulsor de la campaña, no estamos ante un delito sin víctimas. A su juicio, cada vez que una herramienta de IA genera un texto basado en patrones extraídos de obras de terceros, está impactando en los ingresos potenciales de los autores, que ven cómo su trabajo sirve de base a productos que, en muchos casos, sustituyen encargos que antes iban a parar a manos humanas.

En diversos comunicados, los promotores del libro vacío han insistido en que las empresas de IA deberían pagar por el acceso a los libros como cualquier otro usuario comercial. No cuestionan la existencia de la tecnología ni su utilidad, pero reclaman que el entrenamiento de modelos con materiales protegidos esté sujeto a licencias claras, acuerdos de uso y mecanismos de compensación. Desde su punto de vista, sin ese marco se está legitimando una explotación masiva y gratuita del trabajo creativo.

Además del gesto del libro, los autores firmantes han publicado mensajes colectivos en los que urgen al gobierno británico a frenar cualquier intento de legalizar ese «robo a gran escala». La campaña también ha contado con el respaldo público de figuras del mundo de la música, como Elton John, que ha criticado con dureza la posibilidad de abaratar o relajar la protección de los derechos de autor en beneficio de las grandes tecnológicas.

Un debate legal abierto en Reino Unido y un contexto europeo más restrictivo

La protesta llega en un momento especialmente sensible. El gobierno del Reino Unido está revisando su marco de derechos de autor para adaptarlo a la realidad de la inteligencia artificial, y ha puesto sobre la mesa varias opciones que preocupan al sector cultural. Entre ellas, permitir el uso de obras con copyright para entrenamiento de modelos con un sistema de exclusión voluntaria («opt-out»), o incluso contemplar excepciones más amplias que dejarían poco margen de control a los creadores.

Las organizaciones de autores y editores temen que una reforma mal orientada abra la puerta a que las empresas de IA exploten catálogos completos sin necesidad de negociar licencias. En ese escenario, serían los titulares de derechos quienes tendrían que esforzarse por excluir sus obras, en lugar de partir de un principio básico de consentimiento previo. Este enfoque invertido, denuncian, favorecería a las grandes plataformas en detrimento de escritores individuales y pequeñas editoriales.

Mientras tanto, en la Unión Europea se está avanzando en una línea más protectora para los creadores. El conocido como AI Act (Reglamento (UE) 2024/1689) introduce obligaciones de transparencia para los desarrolladores de sistemas de IA, entre ellas informar sobre los datos utilizados y respetar el derecho de los autores a oponerse al uso de sus obras en procesos de minería de datos. Este marco, aunque todavía en fase de implementación, marca una diferencia clara respecto al debate británico tras el Brexit.

La comparación no pasa desapercibida en el sector editorial europeo. Para editoriales y escritores con presencia tanto en la UE como en Reino Unido, la coexistencia de dos regímenes distintos puede generar inseguridad jurídica y tensiones adicionales. Muchos temen que Londres opte por un modelo más laxo para atraer inversión tecnológica, lo que situaría a los creadores británicos en desventaja frente a sus colegas continentales, que tendrían un paraguas legal más sólido.

El Ejecutivo británico, por su parte, ha insistido en que quiere un sistema de derechos de autor que «valore y proteja la creatividad humana», pero también que impulse la innovación en inteligencia artificial. Ha prometido seguir dialogando con la industria cultural antes de tomar decisiones definitivas, con una actualización parlamentaria prevista en torno al 18 de marzo sobre el impacto económico de los posibles cambios normativos.

La respuesta del sector editorial: hacia licencias colectivas para la IA

Paralelamente a la protesta del libro vacío, parte del sector editorial ha empezado a organizarse para ofrecer vías legales de acceso a los contenidos a las empresas de inteligencia artificial. En la propia Feria del Libro de Londres se ha presentado una iniciativa de licencias colectivas que pretende simplificar la negociación entre titulares de derechos y compañías tecnológicas.

Una de las entidades que ha tomado la delantera es Publishers’ Licensing Services, organización sin ánimo de lucro que ya gestionaba determinados usos de obras impresas y digitales en entornos educativos y profesionales. Su propuesta es extender ese modelo al ámbito de la IA, creando esquemas de licencia que permitan a las empresas entrenar sus sistemas con catálogos editoriales a cambio de una remuneración pactada.

La idea es que, en lugar de recurrir a copias masivas obtenidas de internet sin control, los desarrolladores de modelos generativos puedan suscribirse a acuerdos claros, con condiciones definidas y un reparto de ingresos transparente para autores y editores. Este enfoque cuenta con el apoyo de buena parte de la industria del libro, que ve en él una manera pragmática de compatibilizar el avance tecnológico con la sostenibilidad del trabajo creativo.

No obstante, desde algunos colectivos de escritores se advierte de que las licencias colectivas sólo serán una solución real si parten de un consentimiento informado y de tarifas justas. Temen que, si se negocian en condiciones de desequilibrio, puedan consolidar modelos de negocio poco beneficiosos para los autores, que ya suelen estar en la parte más débil de la cadena de valor editorial.

Aun así, el movimiento hacia fórmulas reguladas contrasta con el escenario que denuncian los promotores de Don’t Steal This Book: un uso indiscriminado de contenidos protegidos, sin rastro de acuerdos ni compensaciones. La batalla, en buena medida, se está librando entre estos dos modelos: el de la extracción libre de datos y el de la negociación organizada con reglas de juego claras.

Demandas, precedentes y el impacto global en los creadores

El conflicto entre inteligencia artificial y propiedad intelectual no se limita a Reino Unido: se ha convertido en un fenómeno global. En Estados Unidos, Europa y otros mercados se han presentado demandas contra distintas compañías tecnológicas por el uso de obras protegidas en el entrenamiento de modelos de lenguaje y generadores de imágenes.

Uno de los casos más sonados ha sido el acuerdo alcanzado por Anthropic, desarrolladora del chatbot Claude, que se comprometió a pagar una cantidad multimillonaria para poner fin a una demanda colectiva de autores que denunciaban el uso de copias piratas de sus libros como material de entrenamiento. Aunque las cifras concretas pueden variar según las fuentes, este tipo de pactos extrajudiciales demuestran que las empresas empiezan a asumir que el acceso indiscriminado a contenidos protegidos no es un terreno exento de riesgos.

Para muchos escritores europeos, estas batallas legales son un aviso de lo que puede ocurrir si no se refuerza la protección de los derechos de autor. Temen que, sin normas claras y mecanismos eficaces de control, se consolide una situación en la que las grandes compañías de IA consideren asumible litigar ocasionalmente mientras siguen aprovechando ingentes cantidades de material sin compensar adecuadamente a quienes lo crearon.

Las asociaciones de autores insisten en que no se oponen a la tecnología en sí, sino a la idea de que los modelos de IA tengan vía libre para absorber cualquier obra disponible en la red. Reclaman sistemas de autorización previa, opciones sencillas para excluir contenidos y un marco internacional que impida que las empresas se limiten a cambiar de jurisdicción para sortear regulaciones más estrictas.

En este contexto, la protesta del libro vacío en Londres se interpreta como un intento de poner rostro humano a un debate que a menudo se presenta en términos puramente técnicos o económicos. Cada nombre impreso en esas páginas en blanco representa años de trabajo, contratos, regalías y, en muchos casos, la única fuente de ingresos de un autor o autora que ve cómo su obra puede convertirse en simple combustible anónimo para algoritmos.

Lo que ha comenzado como una acción simbólica en una feria del libro británica conecta así con una discusión mucho más amplia: cómo equilibrar la innovación en inteligencia artificial con la protección de la creatividad que, al fin y al cabo, es la materia prima sin la que estos modelos no podrían existir.

La campaña de Don’t Steal This Book resume el sentir de buena parte del sector cultural: la inteligencia artificial puede ser una herramienta útil, pero no a costa de vaciar de contenido el trabajo de miles de creadores. El libro casi en blanco que circula por los pasillos de la Feria del Libro de Londres funciona como recordatorio de lo que está en juego: si las reglas se inclinan demasiado hacia las grandes tecnológicas, el futuro de la literatura y de otras disciplinas creativas podría parecerse demasiado a esas páginas vacías que tantos autores han decidido enseñar al mundo.

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