Long John Silver: el pirata literario que eclipsó a todos

Última actualización: 14 mayo, 2026
  • Long John Silver es el eje moral y narrativo de La isla del tesoro, donde encarna una figura carismática y traicionera que marca la maduración de Jim Hawkins.
  • Stevenson lo construye a partir de William Ernest Henley, combinando un trasfondo biográfico verosímil con una psicología ambigua y casi amoral.
  • La novela de Björn Larsson reinterpreta al personaje en clave histórica y existencial, dándole voz propia como viejo pirata que escribe sus memorias.
  • El conjunto de lecturas y continuaciones consolida a Long John Silver como uno de los personajes más complejos y duraderos de la literatura de aventuras.

Long John Silver personaje literario

Desde hace más de un siglo, Long John Silver se ha ganado un puesto de honor en la galería de personajes inolvidables. No solo es el pirata más célebre de Robert Louis Stevenson, sino también una figura que ha ido creciendo, transformándose y siendo reinterpretada por críticos, novelistas, ilustradores, cineastas y en programas literarios.

Muchos aficionados a las novelas de aventuras, esos que crecieron con Las minas del rey Salomón, El prisionero de Zenda o Los tres mosqueteros, coinciden en algo: todas son obras magníficas, pero hay una que suele quedar por encima de las demás, y esa es La isla del tesoro. Y si esa novela brilla de forma tan especial es, en gran medida, porque en sus páginas se mueve un pirata cojo, locuaz y peligrosamente encantador: Long John Silver, tal vez una de las creaciones más complejas y magnéticas de toda la literatura universal.

Long John Silver en “La isla del tesoro”: nacimiento de un mito

Ilustración Long John Silver

Cuando Stevenson empezó a escribir La isla del tesoro en 1881, difícilmente podía imaginar que el viejo cocinero de barco con pata de palo acabaría desplazando en fama al mismísimo capitán Flint. La novela cuenta la búsqueda del tesoro que este último, sanguinario y astuto pirata, había enterrado en una isla remota tras traicionar y eliminar a sus propios compañeros para guardar el secreto del botín.

Flint muere alcoholizado en una taberna de Savannah, azulado por el abuso de ron y gritando por otra copa, pero antes entrega el mapa del tesoro a su lugarteniente Billy Bones. Temeroso de que sus antiguos camaradas le encuentren, Bones se esconde en la posada del Almirante Benbow, regentada por los padres de Jim Hawkins. Ahí arranca la historia, pero el auténtico terremoto narrativo aparece algo después, cuando Jim conoce a Long John Silver en la taberna El Catalejo de Bristol.

Stevenson presenta a Silver con una destreza pasmosa. Jim lo ve como un hombre alto y fuerte, con la pierna izquierda amputada casi a la altura de la cadera, apoyado en una muleta que maneja con una agilidad sorprendente. Tiene una cara enorme, redonda, «como un jamón» —suave y pálida, pero con una expresión viva y sonriente. Se mueve entre las mesas silbando, bromeando con los parroquianos, dando palmadas afectuosas en la espalda a los clientes habituales. A ojos del chico, es la estampa misma del tabernero campechano y de confianza.

Sin embargo, el lector atento nota enseguida que algo no encaja del todo en esa simpatía desbordante. Cuando Jim cree reconocer a Perro Negro, un bucanero siniestro vinculado a Billy Bones, Silver monta una pequeña función: finge no conocerlo, se indigna, se pone del lado del muchacho y de los “honrados” caballeros implicados en el viaje. Con apenas un capítulo Stevenson ha conseguido dos cosas a la vez: enganchar a Jim con el carisma del cocinero y sembrar en el lector una desconfianza soterrada ante ese hombre que parece demasiado perfecto para ser de fiar.

A partir de ese encuentro, Silver se convierte en el eje de la novela. Al principio, Jim lo ve como el mejor compañero de barco que uno podría desear, un adulto que le abre el mundo del mar, de los barcos, de los aparejos y de las maniobras en el puerto. Pero más adelante, oculto en un barril de manzanas, descubrirá que el entrañable cocinero es en realidad el cerebro del motín que se prepara a bordo de la Hispaniola. El golpe es doble: narrativo, porque pone patas arriba la confianza del lector, y emocional, porque rompe el vínculo de lealtad de Jim con su “amigo” adulto.

El modelo real de Long John Silver y su trasfondo biográfico

Tras esa construcción tan eficaz hay una base muy concreta: Stevenson se inspiró en un amigo suyo, el poeta William Ernest Henley. Henley era un hombre corpulento, con barba roja y una presencia casi de bucanero. Había perdido una pierna de niño, a causa de la tuberculosis ósea, pero en lugar de hundirse se convirtió en un ejemplo de coraje y resistencia, tanto física como moral.

En una carta célebre, Stevenson le confiesa a Henley que de él tomó la idea esencial del personaje: un tullido dominador, lleno de energía y carisma, al que aterran ciertos ruidos, pero que no se deja doblegar. Eso sí, también deja claro que el parecido acaba ahí: el Long John Silver literario no comparte con su modelo ni su ética ni su bondad. Henley fue además autor del poema “Invictus”, cuyos versos (“Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”) acompañaron a Nelson Mandela durante sus 27 años de cautiverio en Robben Island. Ya solo ese dato ayuda a entender el tipo de temple que fascinó a Stevenson.

En cuanto al pasado ficticio de Silver, las novelas y los estudios posteriores han reconstruido, a partir de los indicios del texto, una biografía verosímil: probablemente originario de Bristol, se habría alistado en la marina real siendo aún un niño, como tantos chavales pobres de la época que no tenían otra salida que el mar. Cansado de la disciplina brutal de los barcos de guerra ingleses, se habría pasado a la vida “libre” de los bucaneros, convirtiéndose en uno de esos “caballeros de fortuna” que operaban en el Caribe y el Atlántico.

En ese contexto se enrola en el Walrus, el bergantín del terrorífico capitán Flint. Allí asciende a cabo de brigadas y se convierte en uno de los hombres de confianza del capitán. Es en una de esas campañas cuando pierde la pierna en combate. Tras la muerte de Flint en Savannah y la dispersión de la banda, Silver se retira aparentemente del crimen, se instala de nuevo en Bristol y abre la taberna El Catalejo junto a su esposa, una bella mulata de las Antillas. Mientras otros excompañeros dilapidan el botín y malgastan sus últimos años, Silver y su mujer montan un negocio estable donde, curiosamente, siguen reuniéndose muchos viejos piratas.

Durante un tiempo parece que lleva una vida casi respetable como tabernero. Pero el personaje está construido para que la tentación del mar, la codicia y el gusto por la aventura le tiren de nuevo. Cuando surge la expedición al tesoro de Flint, Silver no puede resistirse: maniobra a espaldas de los señores respetables de Bristol, recluta a antiguos bucaneros y se asegura un papel clave en el viaje como cocinero de la Hispaniola… y como líder en la sombra de los futuros amotinados.

Psicología de Long John Silver: moral mínima, carisma máximo

La verdadera grandeza literaria de Silver no reside solo en su aspecto ni en su currículum como pirata, sino en su psicología escurridiza, ambigua y profundamente manipuladora. Stevenson, que era un maestro del doble y de las identidades partidas —basta pensar en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde—, se recrea en un personaje cuyo fondo moral es casi inexistente, pero que rara vez recurre a la violencia gratuita.

Silver no es un psicópata sanguinario que mata por placer. Es, más bien, un calculador frío dispuesto a todo si las circunstancias lo exigen. Cuando conspira con los suyos para amotinarse, propone sin pestañear liquidar a la parte de la tripulación que no se una a la rebelión, para no dejar testigos. En la isla, cuando un marinero duda y no quiere sumarse al motín, Silver no duda: lo ataca por la espalda con la muleta y lo remata a cuchilladas. Es un asesinato a sangre fría, que Jim presencia escondido en un árbol, incapaz durante unos segundos de creer lo que ve.

Y sin embargo, más tarde, cuando Jim cae prisionero de los amotinados y su vida pende de un hilo, Silver se vuelve su protector. Se enfrenta a cinco de sus propios hombres para salvarle, lo cura, le da de beber, le habla con afecto. A primera vista podría parecer un gesto noble, pero en realidad responde a su instinto de supervivencia: Silver sabe que el muchacho es su única carta para negociar con los “caballeros” del otro bando y salir vivo de la aventura. El propio Jim entiende esa ambigüedad, y aun así no puede evitar sentir gratitud hacia él.

Es ahí donde la relación entre ambos adquiere una riqueza especial. Para Jim, Silver se convierte en una especie de padre oscuro. Al principio es el adulto admirado, el hombre que le enseña el mar y las cosas del oficio. Luego es el traidor que rompe su confianza. Más tarde vuelve a ser un aliado incómodo, al que no puede odiar del todo aunque sepa perfectamente de qué calaña es. Muchos padres y educadores han visto en esta dinámica una metáfora poderosa del tránsito adolescente: la decepción respecto a las figuras tutelares, la necesidad de elegir a quién seguir y de construir un propio criterio moral.

Stevenson trabajó con especial cuidado los diálogos de Silver en la revisión del libro para su edición en volumen. A través de su manera de hablar —esa mezcla de adulación, burla, amenazas veladas y humor— percibimos la rapidez mental del personaje, su capacidad para cambiar de bando en el último segundo, su habilidad para detectar las debilidades del otro y explotarlas. Es uno de esos tipos que, incluso cuando sabes que te la puede jugar, te cae bien. Y esa es, literariamente, su arma más peligrosa.

Un detalle que refuerza su leyenda es el loro que lleva en el hombro, bautizado con sorna como “capitán Flint”. El ave repite sin cesar el grito de “¡Piezas de a ocho!”, un eco constante de las viejas rapiñas y, a la vez, un guiño irónico del propio Silver hacia su difunto jefe. En la novela se menciona que Flint solo temió de verdad a un hombre de toda su tripulación, y ese era Long John Silver; no porque fuera el más brutal, sino porque era el más listo y el más propenso a traicionarle si veía una ventaja.

Jim Hawkins y Long John Silver: una novela de aprendizaje

Muchos críticos han subrayado que La isla del tesoro funciona también como una novela de aprendizaje o Bildungsroman, al estilo de David Copperfield de Dickens. Desde esta óptica, Jim pasa de ser un chaval asustadizo, recién salido de la seguridad relativa de la posada familiar, a convertirse en un joven curtido por el mar y por la violencia, alguien que vuelve a Bristol con una mirada mucho más sabia y menos ingenua sobre el mundo adulto.

En esa transformación, Silver es la pieza clave. Stevenson llegó a decir que el título original, El cocinero marino (The Sea Cook), reflejaba bien que el personaje central de la historia no era tanto Jim como John Silver. Ya en un texto autobiográfico donde explica el origen de la novela, el autor confiesa que quiso tomar a un amigo al que admiraba (Henley), despojarlo de sus mejores virtudes y quedarse solo con su fuerza, su valor, su inteligencia y su calidez arrolladora, para traducir esos rasgos a la cultura y el lenguaje de un rudo marinero. El resultado fue tan satisfactorio que siguió sintiendo, años después, una admiración sincera por su propia criatura.

A lo largo de la novela, la relación entre Jim y Silver pasa por varias fases bien marcadas. En la primera, en los muelles de Bristol, Silver lo deslumbra a base de explicarle el mundo de los barcos: tipos de navíos, maniobras, naciones, refranes marineros. Para un chico de trece años aquello es pura magia, y no tarda en pensar que Silver es el mejor compañero posible. Más tarde, ya a bordo de la Hispaniola, el cocinero refuerza esa fascinación contándole anécdotas del loro Flint y de piratas legendarios, salpicadas de blasfemias que, cómo no, divierten a Jim.

El punto de ruptura llega con la escena del barril de manzanas, cuando Jim, escondido, escucha a Silver conspirar. De golpe comprende que el hombre al que consideraba amigo es el líder de los traidores. Siente un miedo paralizante, pero también una profunda herida afectiva. Aun así, en lugar de hundirse, reacciona avisando a los suyos y tomando parte activa en las decisiones del grupo “bueno”. Es uno de los momentos en los que se ve que el chico empieza a actuar por cuenta propia.

La escena del asesinato en la isla —cuando Jim, oculto en la copa de un árbol, presencia el crimen cometido por Silver— refuerza esa maduración brusca. Está viendo, por primera vez de forma tan directa, un asesinato absolutamente frío y calculado. No es una pelea ni un duelo, es una ejecución repentina. El impacto es brutal, pero también forma parte de su aprendizaje sobre la naturaleza humana y los límites morales.

Más adelante, cuando Jim es capturado por los amotinados y Silver se erige en su protector, la relación da un giro inesperado. El muchacho podría intentar escapar, pero decide dar su palabra de no huir y la cumple, comportándose ya como un adulto que entiende el peso de su compromiso. Al final de la novela, cuando Silver es tolerado en el grupo y acaba aprovechando un descuido para fugarse con una bolsa de monedas, nadie se lo impide. Jim, de hecho, se convierte sin querer en cómplice de esa huida. Hay entre ellos un lazo difícil de romper, hecho de admiración, miedo y un cierto afecto.

En las últimas líneas del libro, Jim admite que nunca ha vuelto a saber de Silver, aunque imagina que quizá se reencontró con su mujer “de piel negra” y vive con ella y con el loro en alguna parte. Le desea que le vaya bien en esta vida, porque está convencido de que en la otra lo tendrá francamente complicado. Ese sentimiento ambivalente de Jim resume muy bien la paradoja del personaje: alguien a quien sería una temeridad considerar amigo, pero que resulta imposible de odiar del todo.

Long John Silver después de Stevenson: novelas, cómics y relecturas

Tal es la fuerza del personaje que, con el tiempo, otros autores se han lanzado a rescatarlo y a imaginar qué fue de él tras los sucesos de La isla del tesoro. Uno de los proyectos más ambiciosos en este sentido es la novela Long John Silver del escritor sueco Björn Larsson, publicada en los años noventa.

Larsson, profesor de literatura francesa y navegante de verdad —vivió durante años en su barco, el Rustica—, decidió volver al mar no como turista de crucero, sino como marino que quiere ponerse a prueba. De esa experiencia surgió una obra que parece venir de otro siglo: una autobiografía ficticia de Long John Silver escrita por el propio personaje, ya viejo y refugiado en Madagascar en 1742, rodeado de antiguos esclavos y perseguido por la marina británica.

Desde ese retiro crepuscular, Silver se sienta a escribir sus memorias por dos motivos: aportar material a Daniel Defoe para una proyectada Historia general de los piratas, y desmentir lo que considera las versiones interesadas y moralizantes de un tal Jim Hawkins. Es decir, Larsson juega a que La isla del tesoro forma parte del universo de la novela, pero vista desde el otro lado.

Lejos de hacer una secuela perezosa o una simple fanfiction, Larsson construye una ficción muy bien documentada e ingeniosa, respetuosa con el espíritu de Stevenson pero radicalmente moderna en su enfoque ético. Su Silver ya no es el canalla seductor que vemos a través de los ojos juveniles de Jim, sino un narrador anciano que mira atrás con ironía, amargura y, a ratos, cierta ternura por sus propios errores.

Rigor histórico, voz literaria y juegos metaliterarios

Uno de los puntos fuertes del libro de Larsson es su esfuerzo por anclar la vida de Silver en un contexto histórico sólido. El autor cita y reinterpreta figuras reales como el capitán Edward England, alude a la economía del comercio transoceánico y bebe de fuentes clásicas sobre la piratería como la General History of the Pirates (atribuida a Defoe bajo el seudónimo de capitán Johnson), los textos de Exquemelin o los trabajos de Philip Gosse.

Aunque estas fuentes no siempre sean impecables desde el punto de vista académico, sí proporcionan un trasfondo verosímil para las andanzas del protagonista como marino mercante, contrabandista y pirata. La descripción de las condiciones de vida de los marineros, la brutalidad de los capitanes, el horror de los barcos negreros y la hipocresía de los poderosos se presentan sin filtros, de un modo que en el siglo XIX habría sido muy difícil de publicar en un libro de aventuras.

Literariamente, la prosa de Larsson es directa y envolvente, con capítulos de gran tensión y otros más reflexivos. Silver se dirige a menudo a un interlocutor concreto: a veces habla con Daniel Defoe, corrigiendo las mentiras que le contó en su día; otras, se dirige a Jim Hawkins tras leer, horrorizado o divertido, la versión que este ha dado de los hechos en La isla del tesoro. Estos juegos metaliterarios encajan bien y no entorpecen la lectura, sino que aportan una capa extra de ironía y complicidad con el lector.

Desde Madagascar, en el “invierno” de su vida, Silver rememora sus peripecias, sus naufragios, sus motines fallidos y su relación con personajes que el lector de Stevenson reconocerá. El tono es el de un viejo lobo de mar que no busca perdón, sino que exige ser comprendido en toda su complejidad. En cierto modo, es un ajuste de cuentas con su propia leyenda.

Eso sí, algunos lectores han señalado que las secciones más meditativas —en las que Silver reflexiona una y otra vez sobre la muerte, la soledad y el sentido de su existencia— pueden llegar a resultar algo repetitivas. También se echa de menos que la etapa al lado del capitán Flint, quizá la que más curiosidad despierta en los fans de Stevenson, esté tratada de forma relativamente breve. Aun con esos peros, la novela se sostiene como una mezcla muy lograda de aventura y reflexión existencial.

La idea de libertad y la desmitificación del pirata

Más allá de la recreación histórica, Long John Silver de Larsson funciona como un ensayo disfrazado de novela sobre la libertad. No esa libertad abstracta de los discursos, sino la libertad concreta de quien decide vivir al margen de las leyes de su época, aun a costa de quedar marcado como “enemigo del género humano”, fórmula jurídica con la que se perseguía a los piratas.

El Silver de Larsson, igual que el de Stevenson, tiene un problema profundo con la autoridad. Desconfía por sistema de los amos, de los reyes y de los clérigos; se rebela contra los capitanes despóticos, boicotea a los propietarios de plantaciones y prefiere jugarse la vida a cambio de no tener dueño. Su amoralidad declarada convive con decisiones que, vistas desde hoy, nos resultan más decentes que las de los “hombres honrados” que trafican con esclavos o explotan a los marineros hasta la extenuación.

Larsson aprovecha este contraste para criticar, con bastante mala leche, la doble moral de la época y la religiosa en particular. Los eclesiásticos propietarios de haciendas esclavistas salen muy mal parados, y el ateísmo de Silver es casi un personaje más de la historia: un descreimiento que no pretende convencer a nadie, pero que desmonta sin piedad los relatos oficiales de virtud y salvación.

La novela también dialoga, de forma indirecta, con otras continuaciones modernas de La isla del tesoro, como Regreso a la isla del tesoro de Andrew Motion o el cómic de Xavier Dorison y Mathieu Lauffray. Todas estas obras comparten la voluntad de revisitar el mito desde una sensibilidad contemporánea, menos british, más consciente de las implicaciones coloniales y económicas de la piratería. Pero Larsson destaca por su tono nórdico, melancólico, casi crepuscular, que convierte a su Silver en un hombre cansado que mira al mar como si fuese una página donde aún pudiera escribir algo nuevo.

Quien se acerque a Long John Silver. Pirata y enemigo de la humanidad con el recuerdo fresco de Stevenson descubrirá que la lectura de ambas obras se enriquece mutuamente. Volver a La isla del tesoro después de pasar por Larsson es como escuchar una canción clásica tras oír una variación moderna: reconoces todos los motivos, pero suenan con matices nuevos, más densos, a veces más sombríos.

Pese a todos los añadidos, teorías, lecturas críticas y continuaciones, sigue habiendo algo esencial: Long John Silver continúa siendo un personaje misterioso, lleno de zonas de sombra que ningún libro posterior consigue agotar. Quizá por eso fascina tanto. Es alguien a quien cualquiera querría escuchar durante horas en la mesa de una taberna, pero al que muy pocos se atreverían a tener como amigo íntimo, y menos aún como enemigo declarado. Ese equilibrio entre encanto y amenaza, entre astucia y falta total de escrúpulos, explica que tantos años después sigamos volviendo a él una y otra vez, del mismo modo que muchos lectores vuelven periódicamente a La isla del tesoro como a una de las formas más puras de felicidad lectora.

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