A partir de ahora (Casi como hermanos nº 1)

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  • 386 páginas

  • Publicación: 2018-08-21

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Anthony espera feliz la llegada de su nuevo HERMANITO adoptivo, pero cuando su madre abre la puerta le presenta a su nuevo HERMANO MAYOR, que llega directamente desde el orfanato y no parece tener muchas ganas de hacer amigos.

Al mejor amigo de Anthony, Kyle, tampoco le hace ninguna gracia la situación.

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Los azules le devoran. Desde el rosado miembro que se zarandea a un lado en cada golpe a cada una de las marcadas costillas, hasta los pezones que apuntan hacia fuera. Se detienen en las adorables facciones de un sonrojado rostro que no se atreve a mirar lo que está pasando.
—¿Te gusta así, Anthony? —pregunta el mayor, exhalando parte de su escaso aliento en cada palabra.
—Ah… sí… —jadea con dificultad, y sus dedos se hincan en la otra espalda, su abdomen trata de aproximarse aún más al otro.
Marc sonríe. Anthony es tan inocente que aunque está aturdido y le cuesta respirar se molesta en contestar hasta las preguntas retóricas.
—¿Te gusta duro? —su sarcástica media sonrisa impera en su rostro de mirada felina.
—Sí… —sus dedos temblorosos se resbalan por la robusta espalda. El azabache permanece en pie, con los músculos marcados por la tensión de sostener otro cuerpo y las piernas firmes sobre el suelo. No aparenta demasiada dificultad en la praxis.
Marc está realmente fuerte.
Y él no está bien. Está loco, está chalado. Ha perdido totalmente el juicio; pero ahora mismo no podría importarle menos, porque resulta extremadamente divertido. Un fuego le quema desde dentro, le consume todo atisbo de humanidad. Marc le penetra tan profundo que le fractura la cordura, y ya, quebrada; la desecha. Porque así no sirve más que para alimentar a los peces.
Se aferra desesperadamente al calor, abre bien los párpados para grabar en su pupila la imagen del otro, e intenta descifrar el preciso color de esos ojos, grises y azules al mismo tiempo. Y esas hipnotizantes orbes le devuelven la mirada con las pestañas entrecerradas y los labios entreabiertos. Le observan directamente sin permitirse un pestañeo, y le borran el juicio, y se le incrustan en la piel. Le cubren cada hueso, cada músculo, cada palabra y pensamiento.
Este idiota. Este idiota es…
—Más… —exige, demente, definitivamente fuera de sus cabales.
Sin dilación, Marc responde gustoso la petición.
Aprieta el liviano cuerpo, y ambos se funden en un caluroso y resbaladizo abrazo. El sudor se mezcla entre las pieles, se fusiona imposibilitando la tarea de discernir a su dueño.
—Anthony, esa expresión… —Los gemidos del menor solapan su voz, y cada uno es más audible que el anterior—. ¿La haces a propósito, verdad?
Anthony quiere quejarse, decirle que cierre la boca de una maldita vez y se centre en golpearle las entrañas con el miembro, pero está demasiado despistado. No recuerda cómo se evoca el lenguaje, cómo se coloca la lengua ni cómo se regula el aire. Se pierde en la perfecta geometría de las facciones de Marc, se carboniza en el incendio que le consume el pecho. Solo consigue articular un par de palabras:
—Compra el libro por favó.




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