- Los moriscos de Hornachos, tras siglos de presencia en Sierra Grande, fueron expulsados en 1610 por orden de Felipe III, perdiendo bienes y, en muchos casos, a sus propios hijos.
- Tras una dura acogida en el norte de África, se asentaron en la alcazaba frente a Salé, reconstruyéndola y convirtiéndose en corsarios al servicio de sus propios intereses.
- Entre 1626 y 1668 levantaron la República de Salé, una ciudad‑Estado corsaria con gobierno propio, poderosa flota y gran influencia en el comercio, la esclavitud y la diplomacia atlántica.
- Siglos después, los descendientes de aquellos hornacheros siguen en Rabat y Salé, y el hermanamiento con Hornachos ha recuperado una memoria común marcada por el exilio y la adaptación.

La historia de los piratas extremeños de Hornachos parece sacada de una novela de aventuras, pero está perfectamente documentada: un pueblo serrano de Extremadura, sin mar a la vista, terminó fundando en el siglo XVII una república corsaria temida en todo el Atlántico, desde las costas andaluzas hasta Islandia. Esta odisea arranca con siglos de convivencia difícil en la España de las tres religiones y desemboca en una diáspora forzada, en la creación de la República de Salé y en un legado que todavía hoy se reconoce en apellidos, calles y lazos de hermanamiento entre Hornachos y Rabat.
En estas líneas vas a recorrer ocho siglos de presencia musulmana, la conversión forzosa al cristianismo, la expulsión de los moriscos extremeños y su transformación en corsarios de fama internacional. Veremos cómo vivían en la Sierra Grande, qué ocurrió en 1609‑1610, cómo levantaron una ciudadela arruinada frente al océano Atlántico y de qué manera sus descendientes siguen sintiéndose «hornacheros» a orillas del Bu Regreg.
De Fornacis a Hornachos: un enclave morisco singular
A los pies de la Sierra Grande, también llamada Sierra de Hornachos, se asienta desde hace siglos la villa de Hornachos, en la actual provincia de Badajoz. El lugar tiene una historia larguísima: se han encontrado restos de pinturas rupestres esquemáticas que hablan de ocupación prehistórica, más tarde hubo un castro céltico y en época romana recibió el nombre de Fornacis, ligada a trabajos de minería y fundición de metales, según citan las fuentes clásicas como Claudio Ptolomeo.
Tras la etapa visigoda, de la que quedan vestigios reutilizados en la iglesia parroquial, llegaron los bereberes en la expansión islámica por la Baja Extremadura. A partir del siglo VIII ocuparon el antiguo asentamiento, reforzaron las defensas y levantaron una hisn o fortaleza roquera sobre la cresta de la sierra. Con el tiempo, ese castillo se convirtió en uno de los puntos militares más sólidos del área, controlando caminos naturales y pasos entre los futuros reinos cristianos y musulmanes.
Los cronistas locales, como Ortiz de Tovar, describen cómo los musulmanes transformaron el entorno: abrieron montes, crearon dehesas, explotaron minas y, sobre todo, pusieron en marcha un intensivo cultivo de huertas. Introdujeron frutales y hortalizas que no eran habituales en la zona, como granados, naranjos, limoneros, cidros, ciruelos, berenjenas, tomates, sandías o pimientos, además de moreras para la cría del gusano de seda. Hornachos empezó a destacar por sus huertas, viñedos, colmenares y producción de seda.
En 1234‑1235, las tropas de la Orden de Santiago, al mando de Pedro González Mengo, se hicieron con Hornachos en el contexto de la expansión castellana. Lo significativo es que la población musulmana permaneció casi en bloque; todo indica que fue más una capitulación negociada que una conquista sangrienta. La villa quedó bajo jurisdicción santiaguista, pero los mudéjares conservaron en gran medida sus propiedades, su religión, su lengua y buena parte de su organización interna.
Esa continuidad explica que, ya a finales del siglo XV, los visitadores de la Orden constataran algo chocante: en Hornachos «todos son moros» y no hay iglesia ni ermita en su término. La aljama local funcionaba con un alto grado de autonomía, con su propio concejo, un alcalde y doce regidores, todos de origen musulmán, y además disfrutaba de privilegios excepcionales para ser una comunidad mudéjar de Castilla, como el derecho a llevar espada.
Moriscos de Sierra Grande: riqueza, identidad y tensiones

Tras la conquista cristiana, los habitantes musulmanes de Hornachos pasaron primero a ser mudéjares sometidos a la Corona y a la Orden de Santiago, pagando impuestos específicos —el «Amor de los moros», el «Pedido de Moros», la «Jara de Moros»— y prestando servicios personales a la Encomienda. A cambio, mantuvieron su fe, su derecho consuetudinario y su lengua árabe, que se seguía escuchando por las calles bien entrado el siglo XVI.
La comunidad se fue enriqueciendo. Hornachos se convirtió en cabeza de partido de la Provincia de León de la Orden de Santiago, con jurisdicción sobre catorce aldeas, y explotaba dehesas, minas y un «puerto seco» por el que pasaban rebaños trashumantes, generando ingresos notables. Los vecinos moriscos eran reputados hortelanos, arrieros y mineros, y su producción de seda, vino y miel era codiciada.
En 1502 todo cambió de golpe: los Reyes Católicos firmaron la pragmática que ordenaba la expulsión o conversión forzosa de los musulmanes en Castilla. La aljama de Hornachos, junto con la de Llerena, suplicó a la Corona que se les permitiera quedarse a cambio de abrazar formalmente el cristianismo y gozar de los mismos privilegios que los cristianos viejos. La respuesta fue positiva y, sobre el papel, «jamás» podrían ser molestados por ello.
La realidad fue muy distinta. Los mudéjares pasaron a ser moriscos nominalmente cristianos pero con fuerte arraigo islámico. Muchos siguieron practicando ritos musulmanes en secreto: circuncidaban a los niños, evitaban el cerdo, mantenían oraciones en árabe y preservaban manuscritos coránicos y devocionarios, como el precioso códice hallado siglos después en una casa de Hornachos y hoy custodiado en la Biblioteca de Extremadura.
Para reforzar la «cristianización», la Corona ordenó el asentamiento en Hornachos de familias de cristianos viejos y la fundación de un convento franciscano. Al principio hubo convivencia más o menos pacífica, pero con el tiempo los frailes, clérigos y colonos se convirtieron en los más activos delatores ante la Inquisición. Desde el cercano tribunal de Llerena se prestó especial atención a la villa, con visitas, procesos y pesquisas constantes.
En el plano social, Hornachos mantenía una estructura comunitaria muy cohesionada, lo que los arabistas llaman «asabía»: una solidaridad de linaje y de clan, heredada de antiguas tribus bereberes. Esa identidad colectiva se tradujo en una fuerte resistencia a las injerencias externas. Cuando las medidas inquisitoriales o las restricciones sobre armas y oficios se endurecían, el pueblo reaccionaba con pleitos, sobornos y, llegado el caso, violencia.
Los conflictos se multiplicaron a finales del XVI. Hubo enfrentamientos con gobernadores, denuncias cruzadas entre moriscos y cristianos viejos y graves acusaciones de mantener la fe islámica, despreciar los sacramentos y conspirar con «moros de África». Clérigos como el licenciado Diego de Cuenca y la figura del alcaide Juan de Chaves Jaramillo lideraron una campaña implacable contra la comunidad morisca local, describiendo desbautizaderos, falta de comunión, burla de imágenes sagradas y asesinatos por encargo.
La tensión llegó hasta el Consejo de Estado. El alcalde de Casa y Corte, Gregorio López Madera, fue enviado a Hornachos como juez extraordinario. En sucesivas visitas colgó a líderes moriscos, prohibió el uso de armas, despojó a muchos de sus cargos municipales, castigó con galeras a centenares y descubrió arsenales ocultos en cuevas y peñascos. En sus informes pintó un cuadro alarmante de rebeldía religiosa y desorden público, ideal para quienes ya pensaban en una solución radical.
Del edicto de Felipe III al éxodo de los 3.000 de Hornachos
En 1609, a instancias del poderoso duque de Lerma, el rey Felipe III firmó el famoso edicto de expulsión de los moriscos. Primero se aplicó en el Reino de Valencia, pero pronto se extendió al conjunto de la Monarquía: Granada, Murcia, Andalucía y, de forma expresa, la villa de Hornachos. La decisión supuso la salida forzosa de unas 300.000 personas, en un país que rondaba los ocho millones de habitantes: uno de los mayores episodios de limpieza étnica de la historia española.
Las condiciones impuestas eran especialmente duras. A los moriscos se les obligaba a vender deprisa sus bienes muebles, sin poder sacar del reino el dinero obtenido salvo el necesario para pagar el pasaje. Las casas, tierras y propiedades pasaban a la Corona y a los ejecutores del proceso. En muchos lugares, la entrega de los niños pequeños era «voluntaria»; en Hornachos, en cambio, la separación de los menores de siete años fue obligatoria, de manera que padres y madres tuvieron que marcharse dejando atrás a sus hijos, que serían repartidos entre familias cristianas.
El 26 de enero de 1610 comenzó el triste cortejo de los hornacheros hacia Sevilla. Las crónicas hablan de carretas cargadas de enseres sin techo, de monjes del convento de San Ildefonso viendo pasar a los «infieles» escoltados por soldados, y de una semana de marcha de unos 165 kilómetros, soportando insultos, pedradas y escupitajos de algunos cristianos viejos a su paso por pueblos y caminos.
Se calcula que unos 3.000 moriscos de Hornachos y su entorno fueron conducidos en tres contingentes por el propio López Madera al puerto de Sevilla, donde se concentraban también expulsados de otras partes de Extremadura y Andalucía. El ambiente en la ciudad, bulliciosa por el comercio con Indias, contrastaba brutalmente con la tragedia de esas familias a punto de embarcarse hacia lo desconocido, mientras suplicaban en vano que les devolvieran a sus críos.
Algunos moriscos intentaron burlar la norma comprando billetes falsos hacia Marsella, supuestamente tierra cristiana, con la esperanza de conservar a sus hijos. Pero la Inquisición confirmó pronto que muchos de esos barcos se dirigían en realidad a puertos del norte de África como Tánger. A principios de febrero de 1610, seis navíos salieron de Sevilla con tres compañías de hornacheros a bordo, rumbo a la otra orilla del Estrecho.
Hornachos quedó casi vacío de golpe. Un pueblo próspero y lleno de vida se vio repoblado a la carrera por cristianos viejos venidos de otras zonas, que heredaron casas, huertas y viñas, pero no el saber hacer ni las redes económicas de los expulsados. Incluso circula la anécdota —recogida por algunos autores— de que el pueblo habría llegado a llamarse «Madera» en agradecimiento al juez expulsor, antes de recuperar su nombre tradicional.
De Tetuán a Salé: nacimiento de una patria en el exilio
Desembarcados en la costa norteafricana, los hornacheros se dirigieron inicialmente hacia Ceuta y Tetuán. La acogida, a diferencia de lo que ocurrió con muchos moriscos valencianos en Túnez, fue fría cuando no abiertamente hostil. Vestían como europeos, hablaban sobre todo castellano y tenían costumbres —desde el vino a la forma de vestir de las mujeres— muy distintas a las de los musulmanes marroquíes. No faltó quien les llamara «cristianos de Castilla», dudando incluso de la sinceridad de su fe islámica.
Ante ese clima de recelo, los hornacheros optaron por marcharse de la región de Tetuán. Encontraron una nueva oportunidad en la desembocadura del río Bu Regreg, frente al Atlántico, donde se levantaba la vieja ciudad de Salé y, al otro lado, las ruinas de una antigua fortificación conocida como ribat o kasba. Aquella ciudadela había sido un proyecto inacabado de los almohades y se hallaba en un estado lamentable cuando llegaron los exiliados extremeños hacia 1613‑1614.
El sultán marroquí Muley Zidán les cedió la alcazaba situada en la margen sur del río, teóricamente para que ejercieran de guarnición y contención frente a otras fuerzas corsarias que él mismo patrocinaba. Lo que probablemente no imaginó fue que aquel puñado de labradores y artesanos de tierra adentro, cargados de resentimiento y nostalgia, iban a reconstruir la fortaleza piedra a piedra y a convertirla en el núcleo de una pequeña república marítima.
Mientras reconstruían murallas y casas, los hornacheros entraron en contacto con flotas de corso ya activas en la zona, especialmente en puertos como Larache o La Mamora, hoy Mehdía, que habían caído bajo control español. Junto a ellos operaban renegados europeos —sobre todo holandeses— que se habían pasado al islam y se dedicaban a la piratería en el Atlántico. De estos marinos aprendieron navegación, táctica naval y el funcionamiento del lucrativo negocio del corso.
En pocos años, la comunidad de exiliados se transformó: de ser campesinos serranos pasaron a convertirse en armadores, corsarios y comerciantes. Aprovecharon su profundo conocimiento de la lengua y las rutas hispanas, así como una red de informadores en la propia Andalucía, para localizar y atacar convoyes españoles y portugueses que cruzaban entre la península, Canarias, Azores y el Nuevo Mundo.
La República corsaria de Salé: una utopía armada
Hacia 1626‑1627, los hornacheros dieron un paso decisivo. Cansados de la tutela del caíd local y de pagar diezmos excesivos al sultán, se alzaron contra el representante del poder marroquí, le dieron muerte y proclamaron su independencia política en la alcazaba de la margen sur del Bu Regreg. Nacía así la llamada República de Salé, también conocida como República de las Dos Orillas, por su doble anclaje en la memoria hispana y en la realidad magrebí.
El nuevo régimen se organizó de forma bastante original para la época. El gobierno recaía en un Diván o consejo de entre 14 y 16 miembros, elegidos entre los ciudadanos más influyentes, con un presidente‑almirante al frente. La élite procedente de Hornachos acaparaba los principales cargos, mientras que otros grupos —moriscos andaluces, bereberes, judíos, renegados europeos— participaban en menor medida en la toma de decisiones.
La figura más conocida de este periodo es la de Brahim Vargas (o Bargach), hijo del último alcalde morisco de Hornachos, Diego Vargas, y considerado primer gobernador de la República corsaria. En torno a su familia se formó una dinastía de notables rabatíes que siglos más tarde seguirían ocupando cargos destacados, como el de ministro de Exteriores de Marruecos, Mohamed Bargach, condecorado por Alfonso XII.
Junto a los líderes hornacheros, sobresale también el renegado holandés Jan Janszoon, conocido como Murat Reis el Joven, que habría ejercido como uno de los primeros presidentes‑almirantes. Su carrera ilustra bien la conexión de Salé con el mundo atlántico: uno de sus hijos, Anthony Janszoon van Salee, se estableció en Nueva Ámsterdam (futura Nueva York) y llegó a ser gran terrateniente en Manhattan, antepasado de familias tan poderosas como los Vanderbilt o los Whitney, e incluso de figuras como Warren G. Harding, Jacqueline Kennedy o Humphrey Bogart.
En su momento álgido, la flota de Salé llegó a reunir entre 40 y 50 naves ligeras —fustas, jabeques, polacras—, muchas de ellas construidas o adaptadas con tecnología naval holandesa. Eran barcos rápidos, de poco calado, ideales para entrar y salir con marea favorable de la peligrosa barra arenosa del Bu Regreg, lo que hacía muy difícil bloquear el puerto intramuros de la kasba.
Desde esta base, los corsarios atacaban cualquier pabellón que prometiera buen botín, aunque sus presas favoritas fueran los barcos españoles y portugueses. Sus razzias se extendieron por casi todo el Atlántico norte: Irlanda, las islas Feroe, Islandia —con el célebre saqueo de 1627, que llevó a cientos de cautivos islandeses a los mercados de esclavos magrebíes— e incluso las proximidades de Terranova, según algunos relatos contemporáneos.
Diplomacia, esclavitud y vida cotidiana en la ciudad corsaria
La República de Salé no vivía solo de abordajes y cañonazos. Sus dirigentes desarrollaron una intensa actividad diplomática, firmando tratados con potencias europeas como Francia, Inglaterra o las Provincias Unidas. A cambio de respetar ciertos convoyes o de priorizar a los enemigos comunes, obtenían rescates, suministros y un cierto reconocimiento internacional, hasta el punto de recibir cónsules y enviados especiales.
El negocio más rentable, aunque hoy nos resulte especialmente siniestro, fue el comercio de esclavos cristianos. Cada captura de un barco permitía hacerse con mercancías y, sobre todo, con personas que podían ser vendidas, rescatadas por órdenes religiosas o utilizados como mano de obra. Se calcula que, solo en un decenio, la aduana de Salé llegó a recaudar más de veinte millones de ducados en derechos, y que los hornacheros llegaron a capturar varios miles de cautivos europeos.
La ciudad creció rápidamente. La llamada Salé la Nueva (la alcazaba, germen de la actual Rabat) pudo alcanzar hasta 25.000 habitantes en su apogeo, con una población muy diversa: moriscos extremeños y andaluces, bereberes, árabes, judíos sefardíes, renegados holandeses, ingleses y franceses, comerciantes procedentes de Flandes o de Italia… En la margen norte, Salé la Vieja conservaba su carácter más tradicional y su rivalidad soterrada con los recién llegados.
Los hornacheros mantenían con orgullo rasgos culturales hispánicos aun viviendo en Marruecos: hablaban entre ellos una mezcla de castellano y árabe, vestían a la europea con capas blancas y pantalones rojos, sus mujeres iban a menudo descubiertas y muchas costumbres cotidianas recordaban más a Extremadura o Andalucía que a la ortodoxia magrebí. Esa diferencia siguió alimentando tensiones con otros grupos locales, que a veces los veían como demasiado «europeizados».
Al mismo tiempo, la riqueza generada por el corso dio lugar a auténticas fortunas familiares, como la de los Vargas/Bargach o los Sebatta (antiguos Zapata), cuyos palacios en la medina de Rabat han sido admirados por viajeros y estudiosos. El Instituto de Altos Estudios Marroquíes, en 1941, describía a estos descendientes de moriscos como gentes de piel clara, muy pulcras, con casas hermosas y un alto grado de urbanidad.
Conflictos internos, negociación frustrada y caída de la República
Sin embargo, el sueño de la pequeña república corsaria estaba condenado a ser breve. Desde los años treinta del siglo XVII se agudizaron las rivalidades entre los hornacheros y los moriscos andaluces asentados en los arrabales. Estos últimos, mucho más numerosos, se quejaban de quedar excluidos del Diván y de recibir una parte muy pequeña del botín —apenas un 7 % en algunos repartos— pese a asumir el trabajo duro de los abordajes.
Las tensiones políticas derivaron en motines, asesinatos y una especie de guerra civil local. A la vez, los enemigos externos aprovecharon las divisiones: Inglaterra bombardeó la kasba en 1636 harta de perder buques y cargamentos, y las tribus bereberes del interior avanzaron sobre la ciudad en 1640, tomando el control efectivo del poder.
En medio de este clima, la élite hornachera hizo un último intento desesperado por regresar a España. En 1631, representantes del Diván enviaron cartas al duque de Medina Sidonia, capitán general de la Armada del Mar Océano, para negociar con Felipe IV un acuerdo insólito: ofrecían entregar al rey la fortaleza de Salé con sus cañones, toda la flota corsaria y el botín que pudieran reunir saqueando previamente a sus propios aliados comerciales judíos y europeos.
A cambio, pedían que se les permitiera volver a asentarse en Hornachos y otras localidades andaluzas, vivir como cristianos y recuperar, si era posible, a los hijos que habían sido arrebatados en 1610. Se comprometían a compensar económicamente a los nuevos colonos de sus antiguas tierras y a servir fielmente a la Corona. En sus propias palabras, lo hacían «por el gran amor que tienen a España, pues desde que salieron suspiran por ella».
El proyecto llegó a estudiarse con cierto interés en Madrid. Desde un punto de vista estratégico, recuperar la plaza de Salé y neutralizar a una potencia corsaria tan molesta tenía su lógica. Sin embargo, prevaleció el temor a que una excepción así reabriera el debate sobre el retorno masivo de moriscos en un país obsesionado con la limpieza de sangre y la uniformidad religiosa. Felipe IV nunca llegó a firmar el acuerdo y la puerta se cerró para siempre.
La República de Salé perdió progresivamente su autonomía. En 1668 fue anexionada formalmente al sultanato marroquí por la dinastía alauí, recién llegada al poder. La actividad corsaria continuó aún durante décadas —hasta bien entrado el siglo XVIII, e incluso más allá en forma de piratería berberisca—, pero la ciudad había dejado atrás esa etapa singular como «patria de apátridas» gobernada por descendientes de un pueblo extremeño.
Memoria, descendientes y el reencuentro Hornachos-Rabat
Pese al paso de los siglos, la huella de aquellos moriscos hornacheros no se borró en Marruecos. Muchos de sus descendientes siguieron concentrados en Rabat y Salé, mientras otros se dispersaban por ciudades como Fez o Marrakech. Sus apellidos se arabizaron, pero aún permiten rastrear su origen: Bargach por Vargas, Sebatta por Zapata, Bargach, Bargach, Tredano por Toledano, Carrakcho por Carrasco, entre otros.
En España, por el contrario, la memoria de los moriscos quedó mucho más diluida o silenciada. Durante siglos apenas se habló de la expulsión como «castigo justo» o «medida necesaria», y solo la historiografía contemporánea, con autores como Domínguez Ortiz, Bernard Vincent, Ángel Hernández, Pedro J. Martín, Mikel de Epalza o Esteban Mira Caballos, ha ido recuperando la complejidad humana y las consecuencias demográficas, económicas y culturales de aquel episodio.
A finales del siglo XX y comienzos del XXI se produjo un tímido pero significativo reencuentro entre Hornachos y Rabat. A iniciativa de historiadores, periodistas e instituciones locales se organizaron Jornadas de Estudios Moriscos en Hornachos y se establecieron contactos con descendientes de hornacheros en Marruecos, muy especialmente con la familia Bargach y otros notables rabatíes conscientes de sus raíces extremeñas.
Fruto de esas gestiones, los ayuntamientos de Hornachos y de Rabat‑Hassan firmaron a principios de los 2000 acuerdos de hermanamiento, con visitas cruzadas de delegaciones municipales, actos solemnes en la Casa Mariní de Rabat —antiguo palacio de un morisco hornachero—, el nombramiento del coronel Mohamed Bargach como hijo predilecto de la villa extremeña y la inauguración de una calle llamada Hornachos en la medina de la capital marroquí.
Este acercamiento simboliza cómo, cuatro siglos después de una expulsión dictada por la intolerancia religiosa y el cálculo político, dos comunidades separadas a la fuerza vuelven a reconocerse como parte de una misma historia. La memoria de los tres mil expulsados, de sus hijos arrancados, de la república pirata y de los apellidos compartidos sirve hoy para reivindicar la diversidad, la convivencia y el diálogo entre orillas.
Al rastrear el hilo que une la villa serrana de Hornachos con las murallas de Rabat y las aguas turbias del Bu Regreg, se descubre mucho más que una anécdota pintoresca de piratas berberiscos: se ve el reflejo de un país que perdió a centenares de miles de sus propios súbditos, de un exilio que se reinventó a golpe de mar y cañón, y de una memoria que, a pesar del olvido oficial, ha sobrevivido en nombres, piedras y afectos entre Extremadura y Marruecos.


