- Millás concibe el lenguaje como un sistema de tanteos: algunas palabras parecen imitar la realidad y otras la apuntan sin parecerse, pero en ambos casos solo la rozan.
- En obras como “La vida a ratos” y “El mundo” mezcla autobiografía, diario y ficción para explorar vejez, infancia, ansiedad y ensoñaciones, siempre en la frontera entre sueño y vigilia.
- Su disciplina de escritura, su relación con el psicoanálisis y su voracidad lectora sostienen una voz sobria, a veces criticada por poco arriesgada, pero muy eficaz y reconocible.
- En sus artículos traslada conceptos como la homeostasis al análisis social para denunciar la desigualdad y el desequilibrio entre riqueza y capacidades en el cuerpo colectivo.
Juan José Millás lleva toda una vida intentando rozar el mundo con las palabras, no conquistarlo. Su literatura, sus artículos y hasta sus manías cotidianas giran en torno a una idea muy simple y a la vez muy rara de ver en voz alta: el lenguaje es un sistema de tanteos, una forma de palpar la realidad sin llegar nunca a agarrarla del todo. A partir de esa intuición construye diarios de la vejez, autobiografías camufladas de novela, columnas sobre la desigualdad y relatos donde lo absurdo tiene una lógica íntima, casi doméstica.
En este artículo nos vamos a meter a fondo en ese universo millasiano: las palabras que suenan a lo que nombran, la vejez contada como un diario de obsesiones, las cicatrices de una infancia pobre que luego darán forma a El mundo, su fe militante en el psicoanálisis, su disciplina férrea de trabajo y su mirada al desequilibrio social a través de conceptos como la homeostasis. Todo ello con ejemplos, anécdotas y escenas que muestran hasta qué punto su escritura es, sobre todo, una forma de pensar en voz alta.
Palabras que rozan la realidad: el “artrópodo” del lenguaje

En uno de sus textos más sugerentes, Millás se detiene en la extraña forma que tienen ciertas palabras de parecerse físicamente a lo que nombran. Habla de “artrópodo” para sugerir que algunas voces del idioma se mueven como pequeños animales, con patas y antenas, palpando el mundo. No es solo una metáfora vistosa: a partir de ahí va montando toda una teoría intuitiva del lenguaje.
Piensa, por ejemplo, en “crispación”. Al pronunciarla, la lengua se encoge, se eriza dentro de la boca, como si el cuerpo acompañara la tensión del término. O en “resbaladizo”, que al decirlo parece deslizarse por la garganta, sílaba a sílaba, como una gelatina que cae. “Golpe” suena a lo que es: cae en seco, corta y contundente, sobre la mesa del idioma. Son palabras que parecen imitar un eco físico del objeto o sensación que designan.
Millás también repara en otros vocablos cargados de cuerpo: “zumbido” no solo nombra un sonido, sino que vibra en la boca al pronunciarlo. “Crujido” se resquebraja al atravesar los dientes, casi se oye romperse. “Susurro” apenas roza el aire, ligero, como si temiera despertarlo. Incluso términos menos sensoriales, como “torpeza” o “fragilidad”, le parecen dotados de una especie de dramatización interna: la primera tropieza, la segunda se le rompe en mitad de sí misma.
Sin embargo, esa similitud entre palabra y cosa, dice, es una trampa. Nos hace creer que el lenguaje está pegado a la realidad mucho más de lo que en verdad está. Como los insectos que imitan hojas o ramas sin dejar de ser bichos, las palabras se disfrazan de las cosas que nombran. Decimos “río” y la erre arrastra un hilo de agua, aunque no moje. Decimos “fuego” y la efe sopla, pero no quema. Lo suficiente para que no caigamos en la desesperación, pero no tanto como para confundir símbolo y objeto.
Hay otras palabras que, por contraste, no se parecen en absoluto a lo que aluden y, sin embargo, parecen contener mejor su esencia. “Tiempo” no fluye, no pesa ni se quiebra al pronunciarlo, pero lo invade todo. “Muerte” no tiene sonido de cierre seco y, aun así, clausura cualquier cosa que toca. Para Millás, ahí se cuela una intuición clave: lo real no se agota en lo visible o lo audible; también está hecho de huecos, de lo que se escapa y no puede imitarse.
Entre esas dos familias de palabras —las que aparentan encajar con la experiencia y las que no se parecen en nada, pero apuntan mejor— vamos avanzando a tientas. El lenguaje sería un gran ensayo general en el que a veces la palabra encaja en la cosa como un guante y, otras, se limita a bailar alrededor de ella. Pero incluso en ese baile fallido hay una especie de verdad tangencial. Cuando articulamos “crujido” y algo cruje en la boca, no atrapamos la realidad, pero la rozamos. Y ahí, sostiene Millás, está el juego de fondo de toda escritura: no poseer el mundo con las palabras, sino recorrerlo con ellas como quien pasa la mano por una superficie desconocida. Palpando. Articulando. Como un artrópodo del lenguaje que camina casi a ciegas.
“La vida a ratos”: diario de vejez, oficio y obsesiones

Cuando se acercaba a los 67 años, Millás se planteó escribir una especie de diario de la vejez, empujado por una frase que abre las memorias de John Cheever: “En la madurez hay misterio, confusión”. Él mismo matiza que en la adolescencia también, pero la curiosidad —su gasolina principal— le llevó a tomar notas durante años hasta convertir ese material en La vida a ratos, publicada por Alfaguara. Una novela diarística que permite seguir de cerca sus manías, rutinas y obsesiones.
Una de las facetas que aparecen con más fuerza es su relación con las medicinas. Con más de setenta años, confiesa que se toma a diario cuatro pastillas: tensión, colesterol, ansiolítico y melatonina. Le fascina leer prospectos y se declara hipocondríaco “no tanto como pueda parecer, pero lo cultivo para no decepcionar”. En la novela, el protagonista recurre con frecuencia a los ansiolíticos, algo que conecta con un dato inquietante: España es el primer consumidor de ansiolíticos de Europa y el segundo del mundo.
Para Millás, el ansiolítico se ha convertido en una especie de venda para taponar o frenar la hemorragia de las “prótesis psíquicas”: mutaciones y heridas psicológicas de época que no se ven, y quizá precisamente por eso nos fascinan tanto las vitrinas de las ortopedias, llenas de prótesis visibles. En La vida a ratos se recoge esa fragilidad: el protagonista intenta vestirse tras la ducha, las fuerzas le fallan, vuelve a la cama y la depresión asoma. O aparecen punzadas de ansiedad en medio de la vida cotidiana.
La escritura, mientras tanto, funciona como contrapeso. Cada semana, Millás se aplica con disciplina en la elaboración de unos cinco artículos. No lo romanticiza: asegura que escribir es un oficio artesanal, más cercano al de un fontanero o un electricista que al artista inspirado con mayúsculas. “La escritura debe funcionar, como las cosas”, dice. Para él, la chispa de los temas no viene tanto de lugares exóticos como de una mirada alerta a lo corriente.
Millás defiende que un trayecto breve en metro, del barrio a la Gran Vía, puede resultar más interesante que un viaje a África. A su juicio, mucha gente confunde misterio con exotismo, cuando lo cotidiano está repleto de zonas oscuras y enigmas discretos. De ahí que recomiende, como brújulas de esa mirada, libros como La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro, El cuaderno gris de Josep Pla, los diarios de John Cheever o los de Sándor Márai: todos ellos ejemplos de escritores que encuentran un abismo en la rutina.
Treinta años de diván: psicoanálisis y realidad “no del todo real”
Otro pilar de la vida y la obra de Millás es su relación constante con el psicoanálisis. Lleva unas tres décadas acudiendo a consulta, a veces dos veces por semana, otras solo una, y en ocasiones haciendo pausas. Lo considera un espacio privilegiado para pensar sobre uno mismo. Frente al miedo de algunos escritores a perder allí su energía creativa, él sostiene que de esas sesiones surgen materiales muy fértiles.
En La vida a ratos, el protagonista visita a una psicoanalista argentina con la que mantiene un duelo verbal continuo, a medio camino entre el pulso y el juego. Ella le responde en gallego, le resta importancia a sus dramas, le discute o minimiza lo que acaba de exponer. Él, en cambio, entra en bucle alrededor de la idea de que la realidad no es del todo real, lo cual, contado sobre un diván a una desconocida mientras mira el techo, tiene algo de escena inverosímil que, sin embargo, forma parte de su día a día.
En un momento del libro, el narrador se sorprende de la propia situación: narrar su vida tumbado, destripando intimidades ante alguien que no conoce, y encima cobrar por ello como escritor. Se le ocurre que quizá debería pagarle a la analista con dinero falso: si la situación es irreal, la moneda también debería serlo. Esas paradojas, pequeños cortocircuitos lógicos, son muy características del humor de Millás.
Ese juego con lo real y lo irreal reaparece en muchas de sus historias. Las fronteras entre lo que ha vivido y lo que se ha inventado están siempre desdibujadas. Él mismo se divierte con esa ambigüedad: obliga al lector a preguntarse qué parte de lo que cuenta pasó realmente y cuál pertenece al territorio de la imaginación, o de ese espacio intermedio donde la memoria reescribe los hechos hasta hacerlos casi literarios.
Lecturas, librerías domésticas y formación del escritor
La otra gran pata de Millás es su voracidad como lector. Declara que dedica unas cuatro horas diarias a leer, de cuatro a ocho de la tarde. En su casa, los libros se amontonan por todas partes: escaleras, sótano, buhardilla, habitación. Hay volúmenes de poesía —por ejemplo, de la mítica colección El Bardo—, obras sobre plantas, enciclopedias, estudios sobre las calles de Madrid, biografías o tratados de historia y religión. Un caos visible, pero con un orden íntimo.
La enciclopedia Espasa, herencia de su padre, ocupa un lugar especial en esa biblioteca personal. Recuerda sus láminas y su prosa clara como una especie de tesoro de infancia, el único libro que había realmente en casa. A partir de ahí, la colección crece hasta cifras imposibles de precisar: ¿tres mil, cinco mil? Lo importante no es el número, sino esa sensación de habitar un ecosistema de papel en el que cada estante abre una puerta distinta.
En La vida a ratos, mientras el narrador va saltando de episodio en episodio, aparecen recomendaciones que funcionan como pistas de por dónde ha pasado su imaginación. Cita, por ejemplo, El diario de Edith de Patricia Highsmith, los diarios de Imre Kertész, El evangelio según Jesucristo de José Saramago o Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque. También se acuerda con nostalgia de aquellos libros de bolsillo de Seix Barral de los años 60 y 70 cuyo papel dejaba un polvillo en los dedos.
Entre los nombres que le vienen a la cabeza surge José María Valverde, conocido sobre todo como traductor del Ulises de Joyce, pero al que Millás rescata como poeta. De hecho, es capaz de recitar de memoria versos como el cierre de uno de los poemas de Hombre de Dios: “hombre de Dios me llamo, pero sin Dios estoy”. Esos destellos líricos, cruzados con su propia prosa sobria, ayudan a entender de dónde viene parte de su tono y de su mundo simbólico.
Rutinas, disciplina y la escritura como oficio
Más allá del mito del escritor bohemio, Millás se toma el trabajo con una seriedad casi funcionarial. Se levanta a diario sobre las seis de la mañana para escribir, un hábito que arrastra desde sus tiempos en Iberia, cuando se ponía a teclear a las cinco antes de ir a la oficina. Entre las seis y las ocho u ocho y media se dedica a lo más personal, habitualmente la novela en curso. Esas horas, asegura, son en las que su cabeza funciona con mayor claridad.
Después sale a caminar hora y media o dos, compra la prensa y la lee con calma. El resto de la mañana lo ocupa la escritura de artículos o conferencias. Lo cuenta sin épica, como quien describe la jornada de cualquier otro oficio. Para él, a la literatura se le ha colgado una aureola romántica, como si fuera pura intuición y arrebatamiento, cuando en realidad es una cuestión de codos, de constancia y de método.
Durante muchos años ha impartido talleres de escritura creativa, en paralelo a su obra. A la pregunta de si se puede enseñar a escribir, responde que todo lo que se puede aprender se puede enseñar: nadie nace sabiendo redactar una buena historia. Su propia práctica combina escritura a mano y en ordenador, aproximadamente al 50%. Esa mezcla le permite mantener un vínculo físico con el texto sin renunciar a la agilidad digital.
Para Millás, escribir es, literalmente, una forma de atarse a la vida. Afirma que la escritura le sujeta, le ancla. Su sueño, dice sin dramatismo, sería desaparecer dentro de ella, fundirse con el propio acto de escribir. Al transformar en frases los fragmentos caóticos de la experiencia, estos adoptan una forma más o menos coherente. Se escribe desde el conflicto, y en el proceso, ese conflicto se atenúa, se reorganiza. No se cura, pero se vuelve manejable.
Límites borrosos: sueño, vigilia y pequeñas alucinaciones
Millás ha insistido a menudo en que su lector ideal es alguien que disfruta del momento del despertar, esa franja extraña que separa sueño y vigilia. La vida, para él, transcurre muchas veces en esa frontera: escribe sobre lo que le ha pasado y sobre lo que se le ha ocurrido, y esa línea divisoria es deliberadamente resbaladiza. La vida a ratos juega precisamente a eso: a que el lector no sepa si lo narrado sucedió o fue simplemente pensado.
En la novela aparece, por ejemplo, una mujer incorpórea que solo el protagonista ve en los pasillos de su casa. No es un gran espectro gótico, sino una presencia baja de volumen, algo que se cuela en lo cotidiano. A lo largo de la lectura, el propio lector empieza a notar cómo se le despiertan o se le agudizan manías propias, pequeñas supersticiones o dudas que había despachado sin pensar mucho.
El protagonista reflexiona sobre esas alucinaciones mínimas que todos sufrimos a lo largo del día y que solemos pasar por alto con una frialdad asombrosa. Cosas como levantarse un lunes cualquiera y preguntarse, aunque sea un segundo, si tus padres son realmente tus padres. Ese tipo de fogonazos, que casi siempre archivamos de inmediato, Millás los anota y, más tarde, los convierte en materiales literarios.
Un ejemplo especialmente perturbador es el de un personaje secundario que vivía en un primero, sube un día a casa de un vecino del sexto, cruza el salón en silencio y se arroja por la ventana. El dueño del piso, traumatizado, vende la vivienda y se muda a un primero, pero pasa la vida imaginando que sube a un sexto, llama, atraviesa el salón y se lanza. El recuerdo genera una especie de réplica psíquica interminable, una escena que se representa una y otra vez en su cabeza.
El protagonista del libro tampoco duerme bien: deambula por la casa como sonámbulo, hasta que termina recurrriendo incluso a ibuprofenos para intentar calmar algo que no acaba de nombrarse. “Duermo como los pistoleros, con un arma en la mano y un ojo abierto”, se lee en la novela. La frase condensa esa mezcla de humor negro, paranoia cotidiana y lirismo seco que recorre buena parte de su obra.
Lo absurdo como forma de conocer: gallinas invisibles y lobos torpes
El universo narrativo de Millás está lleno de episodios absurdos que, en realidad, funcionan como laboratorios de sentido. A través de ellos exagera una chispa de irracionalidad cotidiana hasta que se convierte en relato. Un amigo del protagonista, por ejemplo, le llama para decirle que en su salón hay una gallina invisible. La oye cacarear, asegura. El protagonista, en lugar de extrañarse, se imagina una tortilla de huevos invisibles y se le abre el apetito.
En otra historia, en un pueblo varias personas amanecen sin orejas. La explicación es tan ridícula como precisa: se las ha comido un lobo que no oía bien y que, cuando sus padres le hablaban de salir a cazar ovejas, entendía “orejas”. La confusión fonética se convierte en motor trágico-cómico de la anécdota, un guiño al poder literal de las palabras cuando se toman al pie de la letra.
Otro caso: llaman al protagonista para informarle de que su padre acaba de morir. Él responde que eso sucedió veinte años atrás, pero, aun así, se queda de luto. La situación roza el chiste negro, pero también apunta a algo más profundo: la experiencia de duelos que nunca se cierran del todo, pérdidas viejas que se reactivan de golpe por un detalle banal, por un error administrativo o una llamada equivocada.
Hay momentos en los que el disparate entra directamente en lo doméstico. El protagonista, aficionado a un gin-tonic diario, se desvela de madrugada buscando unas pastillas efervescentes. En un gesto completamente lógico para su mente medio dormida, decide prepararlas como si fueran un combinado: añade hielo, un chorrito de ginebra y una corteza de limón. El resultado le sabe a gloria. La escena, a medio camino entre la irresponsabilidad y el chiste, muestra cómo Millás mezcla farmacología, humor y costumbre sin perder el tono confesional.
El suicidio como problema filosófico y motivo literario
En La vida a ratos y en otros textos, Millás no rehúye el tema del suicidio, pero lo aborda desde un ángulo que combina narración, ironía y reflexión. Cita a Albert Camus cuando este afirma que el suicidio es el único problema filosóficamente serio, y a partir de ahí va hilando distintas historias que orbitan en torno a esa decisión límite.
Una de ellas cuenta cómo la madre de una amiga del protagonista se quita la vida en la habitación de un hotel, ingiriendo pastillas. Tras el entierro, la hija vuelve a esa misma habitación, apaga el sonido de la televisión, se desnuda y se tumba en la cama, mirando al techo, como había hecho su madre poco antes de morir. El relato se detiene justo en la duda: ¿ha ido allí para suicidarse también o para reconstruir el último gesto materno sin repetirlo por completo?
En otra escena, alguien se le acerca al protagonista para ofrecerle una pistola por cincuenta euros. Él responde que no la necesita, que es escritor. El vendedor insiste: por ese precio, ¿cómo no va a animarse a tener un arma en la mesilla de noche? El diálogo tiene la cadencia de un chiste, pero deja flotando una pregunta inquietante sobre el alcance de la violencia potencial en cualquier vida ordinaria.
También cita el caso de Sándor Márai, que compró un revólver y, por el mismo precio, se llevó un lote de cincuenta balas. Años después, acabaría utilizándolo para suicidarse. Esa acumulación de detalles, aparentemente pequeños, pone de relieve la facilidad con la que un objeto cotidiano puede cargarse de sentido trágico. En manos de Millás, nada de eso se convierte en morbo; más bien funciona como recordatorio de que el borde del abismo suele estar mucho más cerca de lo que pensamos.
El mundo: autobiografía encubierta, crítica y recepción
Considerada formalmente una novela, El mundo es en realidad una autobiografía enmascarada. En ella, Millás recorre su infancia y adolescencia, desde su Valencia natal hasta el traslado a un Madrid enorme y ajeno, pasando por la vida en una familia humilde y numerosa con nueve hermanos. Su padre apenas repara en él, su madre ejerce un control firme desde la sombra y él adopta un papel casi invisible dentro del engranaje familiar.
A esa edad aparece una amistad decisiva, marcada por una enfermedad terminal, que se convierte en su primer gran encuentro con la muerte y con un amor imposible. También llegan los rechazos, el paso por “la academia”, el descubrimiento de la lectura como único refugio sólido. Ese contacto con los libros abre la puerta a mundos paralelos y simbolismos que luego atravesarán toda su obra: las ensoñaciones, las burbujas mentales, la sensación de vivir una vida que siempre se desborda hacia otra cosa.
El estilo de El mundo se caracteriza por una sobriedad casi fría: frases precisas, economía de adornos, una prosa que fluye con facilidad, pero que apuesta por la palabra justa, cotidiana, sin grandes alardes metafóricos. Esa eficacia formal ha sido leída como virtud, pero también como casi defecto: hay quien ve en esa elección un abuso de lugares comunes, una renuncia al riesgo lingüístico en favor de un tono reconocible, pero poco innovador.
Algunos lectores y críticos señalan que, pese a ciertos fogonazos imaginativos —como la descripción de una fiesta donde se producen desdoblamientos de la realidad—, Millás no mantiene una apuesta sostenida por la experimentación. Para ellos, parece una promesa permanente de algo más radical que nunca termina de llegar. La novela funciona, sin duda, porque está escrita por alguien muy rodado, con una retórica eficaz y un armazón estructural sólido, pero lo hace, dicen, por caminos “demasiado conocidos”.
También se ha criticado un cierto exceso de victimismo del protagonista, que pasa muchas páginas insistiendo en su fragilidad, en la cercanía de la muerte o el suicidio, de manera que a algunos les cuesta creérselo del todo. Al mismo tiempo, se reconoce que El mundo tiene una fuerte carga lírica y emocional: el viaje a los sentimientos de la infancia provoca identificación en muchos lectores, que rescatan de la lectura anécdotas olvidadas de su propia vida.
Otro punto discutido es la tendencia de Millás a explicarlo todo: apenas deja cosas sin comentar. Incluso en los pasajes más claros, añade una capa de interpretación que impide al lector completar huecos por su cuenta. El resultado es una experiencia de lectura muy guiada, en la que cuesta “coger el timón” de la narración y navegar en los silencios. Pese a ello, el consenso suele ser que la novela se sostiene gracias a la pericia narrativa y a la voz propia del autor, aunque esa voz a veces no resuene de forma tan rotunda como podría.
Sociedad, riqueza y homeostasis: el cuerpo colectivo enfermo
En su faceta de articulista, Millás ha dedicado muchas piezas a pensar en la desigualdad y en el reparto absurdo de la riqueza. Arranca a veces con frases contundentes: hay gente, dice, que tiene más dinero que neuronas, y cuando ese desequilibrio se generaliza, la vida colectiva empieza a llenarse de desastres que no son más que el reflejo ampliado de muchas desdichas individuales.
Para explicar esta idea, recurre al concepto de homeostasis, procedente de la biología: el conjunto de mecanismos por los que un organismo mantiene relativamente estables sus condiciones internas a pesar de los cambios externos. El cuerpo humano conserva su temperatura en torno a los 36-37 grados, regula el azúcar en sangre mediante la insulina, ajusta la respiración o el ritmo cardíaco según la situación. Cuando un valor se sale de rango, el organismo activa respuestas automáticas para devolverlo al equilibrio.
Millás se maravilla ante la complicidad entre órganos tan aparentemente distintos como el páncreas, el hígado, el sistema circulatorio o el respiratorio. Gracias a esa coreografía de ajustes constantes, nosotros podemos mantener una conversación, escribir o leer un artículo sin desplomarnos. Nuestras constantes vitales aguantan en un rango milagrosamente estable, y es esa estabilidad la que hace posible cualquier actividad mental o social.
Al trasladar la metáfora al cuerpo social, se pregunta si la sociedad, considerada como un organismo, ha sido capaz de construir contrapesos similares para mantener un equilibrio mínimo. Su respuesta es un no rotundo: de ahí, dice, proceden las guerras, las injusticias, las desigualdades y las catástrofes humanitarias que llenan los manuales de Historia. El mundo, tal como lo conocemos, siempre ha estado roto y, aun así, en marcha, con una vaga aspiración a repararse.
Surge entonces la pregunta clave: ¿es posible una homeostasis del cuerpo social mientras existan figuras como Elon Musk o Donald Trump, cuyo capital económico es desproporcionado respecto a sus capacidades mentales o a su sentido de responsabilidad? Para Millás, la respuesta vuelve a ser negativa. Los bienes del universo deberían estar repartidos tan equitativamente como las neuronas, sostiene. De lo contrario, estamos condenados a vivir en colectividades neurasténicas, siempre al borde del colapso, sometidas a un estrés estructural que ningún mecanismo de regulación parece compensar.
En el fondo, tanto cuando habla de palabras que “crujen” en la boca como cuando analiza el reparto de la riqueza, Millás está señalando lo mismo: nuestra relación con la realidad es inestable, parcial, llena de desajustes. Su obra entera funciona como una serie de tentativas para ajustar un poco esas asimetrías: explorar cómo hablamos, cómo recordamos, cómo fantaseamos y cómo convivimos con lo real sin llegar nunca a dominarlo. Leerle es acompañar a alguien que no pretende ofrecer respuestas cerradas, sino mostrar de qué manera rozamos el mundo con lo que decimos y hacemos, sabiendo que siempre habrá una distancia que no se deja salvar del todo.