Joaquín Berges: el lenguaje, la identidad y el humor como refugio

Última actualización: 22 abril, 2026
  • Joaquín Berges convierte el humor y el lenguaje en herramientas para afrontar una realidad marcada por la pérdida y el absurdo.
  • Su narrativa alterna comedias corrosivas con novelas íntimas donde la identidad se reconstruye a través de la memoria y las palabras.
  • En obras como Manual de terapia felina explora la normalidad, los márgenes, el ego y la necesidad de afecto mediante personajes aparentemente corrientes.
  • Su mirada sobre el mundo actual mezcla ironía y desasosiego, viendo la realidad global casi como una ficción guiada por un argumento oculto.

Joaquín Berges entrevista sobre lenguaje y literatura

La figura de Joaquín Berges se ha consolidado como una de las voces más singulares de la narrativa española reciente. Filólogo, narrador todoterreno y autor de una decena de novelas muy variadas, ha construido una obra en la que el humor, la identidad y el lenguaje se entrecruzan de forma constante. Su literatura parte muchas veces de lo cotidiano, incluso de lo vulgar o aparentemente normal, para mostrar esos bordes raros que todos tenemos y que preferimos no enseñar.

A partir de entrevistas en profundidad, reseñas editoriales y perfiles biográficos, se dibuja el retrato de un escritor que ha hecho de la observación irónica del mundo y del uso juguetón del lenguaje sus mejores herramientas. Desde los recuerdos dolorosos de su infancia hasta los gatos que pueblan su última novela, pasando por su fascinación por las palabras y su mirada crítica sobre la sociedad occidental, Berges ofrece una manera muy personal de entender la literatura… y de entenderse a sí mismo.

Una biografía marcada por la pérdida y el humor como salvavidas

La vida de Joaquín Berges cambia en seco cuando tiene apenas once años y muere su padre con solo treinta y nueve. Ese golpe, que él mismo califica como trágico y al mismo tiempo absurdo, se convierte en un punto de inflexión vital. Con esa edad, según cuenta, uno aprende de forma brutal que el mundo real no siempre tiene sentido, que las cosas suceden sin lógica aparente y que no hay un porqué claro detrás de los acontecimientos que te descolocan la existencia.

Tras la muerte del padre, la familia se reorganiza como puede: su madre recibe una pensión de viudedad y él una de orfandad. Más adelante, madre e hijo trabajarán codo con codo, con la colaboración también de su hermana, para salir adelante. Estudian, se esfuerzan, se convierten en buenos estudiantes y apuestan por tirar hacia arriba en vez de quedarse anclados en la desgracia. Esa etapa imprime en Berges una idea muy clara: la realidad puede ser durísima, incluso cruel, y uno tiene que buscar sus propios códigos para no derrumbarse.

De ahí que el autor hable a menudo de la separación entre realidad y ficción. Para él, aquellas circunstancias familiares tan dolorosas solo suceden en el terreno de lo real, en ese espacio donde las tragedias irrumpen sin avisar y sin que haya un motivo narrativo. Frente a eso, la ficción se convierte muy pronto en su refugio: en los libros y en las historias, las cosas ocurren por alguna razón, existe una intención estructural, un sentido. La literatura, en su experiencia, es más coherente que la propia vida.

Ese salto hacia el mundo de la invención no se queda solo en la lectura. En Daroca, en la provincia de Zaragoza, Berges colabora con un grupo de teatro de aficionados. Allí descubre el poder del humor como código para interpretar el entorno. El teatro cómico, las farsas y los diálogos disparatados le muestran que reírse de lo absurdo es una forma potentísima de resistencia. Ese aprendizaje marcará de manera decisiva su manera de escribir, de mirar el mundo y de lidiar con un pasado que de otra forma sería insoportable.

En paralelo, Berges empieza a enriquecer su imaginario con los autores humorísticos que devoraba en aquellos años. Cita con frecuencia a Miguel Mihura, Alfonso Paso o Enrique Jardiel Poncela como referentes tempranos en español. Más adelante, ya en la literatura anglosajona, encontrará en David Lodge a uno de sus autores fetiche; mantendrán incluso una relación epistolar prolongada durante años. Todo ese bagaje cómico se mezcla con su formación académica: estudia Filología Hispánica, se zambulle en los clásicos y desarrolla una sensibilidad muy afinada para la palabra.

Trayectoria literaria: de la comedia al registro íntimo

Licenciado en Filología Hispánica y nacido en Zaragoza en 1965, Joaquín Berges empieza a ser conocido por el gran público a partir de 2009 con su primera novela, El club de los estrellados. La obra no pasa desapercibida y es distinguida con el premio a la Mejor Ópera Prima en el Festival du Premier Roman de Chambéry, lo que marca un excelente debut en el panorama literario. A partir de ahí, se convertirá en uno de los nombres habituales de la colección Andanzas de Tusquets Editores.

Su segunda novela, Vive como puedas, le vale el reconocimiento como Nuevo Talento FNAC en 2011. Se trata de otra comedia en la que ya se perciben muchos de los elementos que lo caracterizan: personajes aparentemente normales, situaciones que se tuercen hacia lo excéntrico, diálogos chispeantes y un trasfondo de melancolía que evita que el humor sea puramente superficial. Con Un estado del malestar, que recibe el Premio Cálamo en 2012, consolida ese camino de comedias inteligentes y muy pegadas a la realidad social.

A lo largo de los años siguientes, Berges se convierte en un autor muy prolífico dentro del catálogo de Tusquets. En 2015 publica Nadie es perfecto, una novela descrita muchas veces como “descacharrante” por su capacidad para llevar la risa hasta el límite sin perder el control literario. En 2023 aparece Ganas de vivir, donde vuelve al humor pero lo mezcla con atmósferas más oscuras: la novela está protagonizada por trabajadores funerarios que desarrollan manías y perversiones muy particulares, siempre situadas en esa frontera entre lo grotesco y lo entrañable.

En paralelo a esa línea cómica, Berges desarrolla un registro más íntimo, emotivo y reflexivo. Ese otro tono se aprecia con claridad en La línea invisible del horizonte (2014), que conquista a muchos lectores por su sensibilidad y su manera delicada de abordar los grandes temas vitales. En 2017 llega Una sola palabra, una novela de emoción contenida que cuenta la historia de Celia, una mujer que, tras un ictus y un largo coma, despierta con una amnesia profunda y selectiva, obligada a reconstruir su vida a partir de pequeños destellos.

En Una sola palabra, Celia —periodista, divorciada, madre de dos hijos y abuela de una niña, con un perro fiel y una asistenta centroamericana— vuelve a su casa de la playa, viaja a Zaragoza y a París en busca de recuerdos que puedan rellenar los huecos de su memoria y, de paso, de su identidad. La novela explora la importancia de los otros para definirnos, la fragilidad de la biografía personal y ese hilo sutil que une lenguaje, memoria y yo. A partir de esta obra, muchos lectores asocian a Berges con un tipo de narrativa que, sin renunciar al humor, se asoma a la fragilidad humana.

En 2019 publica Los desertores y en 2021 Peregrinas, descrita como una road movie de la tercera edad, en la que un grupo de mujeres mayores emprenden un viaje lleno de contratiempos, humor y revelaciones tardías. Con todos estos títulos, el autor se gana una posición sólida dentro de la narrativa en castellano, reconocida también con premios como el Artes & Letras del Heraldo de Aragón, que recibe en 2015 en reconocimiento a toda su trayectoria hasta ese momento.

«Manual de terapia felina»: normalidad, márgenes y gatos como espejo

Una de las novelas más recientes de Berges es Manual de terapia felina, publicada por Tusquets. En ella despliega un amplio abanico de personajes que acuden a la consulta de un psicólogo. A simple vista, podríamos decir que son individuos normales, pero todos esconden rarezas, obsesiones, conductas secretas y comportamientos que se alejan de lo que solemos considerar estándar. Precisamente ahí, en esos márgenes, es donde más cómodo se mueve el autor.

En esta novela, Berges se plantea algo que atraviesa buena parte de su obra: qué entendemos por normalidad. El propio escritor insiste en que no suele interesarse por personajes situados en el centro de lo común, sino por aquellos que están un poco desplazados, aunque sigan inscritos dentro del espectro de lo “normal”. Recuerda que ya en Ganas de vivir eligió como protagonistas a funerarios con perversiones extravagantes, y que en Manual de terapia felina se va al terreno de la psicología clínica, un escenario idóneo para encontrar rarezas cotidianas.

Los casos que van desfilando por la consulta del terapeuta remiten, según se ha señalado, a ese mundo entre lo clínico y lo narrativo que asociamos con Oliver Sacks, por la verosimilitud y lo real de los trastornos, y a la vez al humor universitario y algo burlón de David Lodge. En el libro aparecen, por ejemplo, un hombre que ha perdido literalmente su sombra, un joven que vive en unos grandes almacenes o dos hermanos gemelos que intercambian sus identidades para lograr conquistar a una mujer. Son historias donde la construcción de la identidad y la búsqueda de afecto se combinan de maneras a veces disparatadas.

Uno de los grandes hallazgos simbólicos de la novela es la presencia del gato como figura recurrente y como espejo. El felino aparece como animal de compañía, como referencia constante en la voz del terapeuta y como modelo de una cierta independencia emocional que el propio autor reivindica. Berges, que se declara abiertamente admirador de los gatos, reconoce que ha tenido varios: menciona a Rodolfo, Benito, Lucas, Peluchín, Carita o el pequeño Mimo, al que recuerda con especial cariño. La ironía está en que es alérgico al pelo de gato y de perro, así que terminó teniendo que separarse de ellos, pese al apego.

En la obra, el terapeuta llega a recomendar a un paciente que tenga un gato, convencido de que observar cómo se comporta un felino puede enseñarnos mucho sobre la independencia afectiva. Mientras que el perro necesita saber con claridad quién es su dueño para sentirse seguro —algo que aprovechan los adiestradores al marcar jerarquías—, el gato no se estructura en torno al amo, sino en torno a su propio deseo. Va, viene, se muestra muy cariñoso o completamente distante según le apetezca. Berges ve en ello una metáfora muy potente del tipo de relación que se idealiza hoy: la de dos personas libres que se eligen por voluntad y no por pura costumbre, dependencia o inercia sentimental.

Al final, Manual de terapia felina funciona como un mosaico de vidas excéntricas que, sin embargo, resultan muy cercanas. No hay extraterrestres ni argumentos fantásticos en el sentido clásico; todo sucede en un terreno reconocible, pero ligeramente torcido. Ese desplazamiento hacia la periferia de lo normal permite iluminar cuestiones profundas: el miedo a estar solo, la necesidad de ser visto y validado por los demás, los juegos del ego y el modo en que nos contamos a nosotros mismos para soportar la existencia.

Lenguaje: la herramienta que explica el mundo y construye la identidad

Si hay un tema que atraviesa tanto las novelas como el pensamiento de Berges es el papel del lenguaje en nuestra relación con la realidad. En entrevistas recientes, el escritor insiste en que no se refiere solo a cómo él escribe, al estilo o a la elección de palabras, sino al lenguaje como parte constitutiva de la vida. Recuerda que hay un personaje en Manual de terapia felina que afirma que las cosas no existen si no se nombran, y Berges se siente muy cercano a esa idea.

Para él, nuestra relación con el mundo pasa inevitablemente por el lenguaje. No solo la comunicación entre personas, que es la dimensión más evidente, sino también el modo en que cada cual ordena la realidad en su mente. El terapeuta de su novela habla con sus pacientes; el entrevistador dialoga con Berges; el lector se interna en un texto: todo ello son variaciones de un mismo fenómeno, la mediación de las palabras entre nosotros y lo que nos rodea. De ahí su frase lapidaria: el lenguaje es lo que explica el mundo.

Esa estrecha vinculación entre palabras e identidad queda clara cuando el autor comenta un ejemplo muy común en el ámbito empresarial. En muchas entrevistas de trabajo se pide al candidato que se describa, que indique sus fortalezas, debilidades y áreas de mejora. Lo que termina ocurriendo es que la persona va tejiendo una versión de sí misma hecha solo de palabras. En esas descripciones, muchas veces formales y calculadas, se ve cómo la identidad se construye desde el lenguaje: cómo nos nombramos y cómo queremos ser nombrados marca de manera decisiva quién somos, o al menos quién creemos ser.

Berges se define como muy travieso con el lenguaje, sobre todo en las obras con un tono más cómico. En ellas juega con dobles sentidos, giros coloquiales, expresiones populares y equívocos. En las novelas de registro más dramático, sin embargo, modula ese juego y se decanta por un uso más contenido, aunque la atención a la palabra nunca desaparece. Su formación en Filología Hispánica le ha dado herramientas para apreciar los matices, la historia de los términos y su carga cultural, algo que se filtra de forma natural en su prosa.

El escritor subraya que el lenguaje es orgánico, cambiante, vivo. No es una pieza estática, sino una sustancia que está en constante evolución porque forma parte de la propia vida. Se inventan nuevos vocablos sin parar, muchos de ellos anglicismos adoptados con total naturalidad. A su juicio, lo interesante no es solo la creación de palabras inéditas, sino también cómo las ya existentes van incorporando nuevos matices. Términos históricos, como “fascismo”, amplían su campo de aplicación y pasan a referirse también a actitudes cerriles y polarizadas que no son exactamente las del fascismo del siglo XX, pero que comparten su misma rigidez mental.

Desde esta perspectiva, Berges entiende que la Real Academia Española cumple una función necesaria de regulación, aunque le reprocha a veces tener “la manga demasiado ancha”. Ese equilibrio siempre delicado entre ordenar y permitir que la lengua respire se vuelve especialmente evidente en momentos de crisis global, cuando aparecen fenómenos nuevos, conflictos inéditos o formas de violencia que desafían las categorías tradicionales. El debate sobre si debemos acuñar nuevos vocablos o dejar que sea el uso social el que decante los términos no le resulta ajeno.

Ego, afecto y necesidad de clan en el ser humano

Además del lenguaje, el ego y las relaciones afectivas ocupan un lugar central en el universo bergesiano. En Manual de terapia felina aparece la frase “el ego es el motor del mundo”, y en otro momento se sugiere que el amor no es más que una forma sofisticada de egoísmo. Dichas así, las afirmaciones pueden sonar extremas, pero sirven para poner encima de la mesa hasta qué punto nuestras acciones están atravesadas por esa especie de combustible interno que es el yo.

Berges contrapone esta visión muy occidental con ciertas corrientes de pensamiento oriental que precisamente intentan disolver el ego. Para ilustrarlo, cita una anécdota bastante conocida: alguien le dice a un maestro “yo quiero felicidad”; el maestro responde que sobran dos palabras, “yo” —el ego— y “quiero” —el deseo—. Si se eliminan, queda simplemente “felicidad”. Con esta imagen, el escritor subraya el choque entre una cultura como la nuestra, cargada de deseos y autopercepción, y otras tradiciones donde el objetivo pasa por rebajar la centralidad del yo.

En cualquier caso, el autor reconoce estar muy atento a la mentalidad occidental del siglo XXI, con sus paradojas y su bombardeo mediático. Incluso cuando alude a las diferencias entre Oriente y Occidente, aclara que la globalización, las redes sociales y los medios han ido limando muchas distancias, aunque ciertas divergencias de fondo sigan vigentes. En uno de los casos de su novela, el terapeuta acaba diciendo a un paciente que se vaya a Oriente porque allí todavía se hacen las cosas “del siglo pasado”, aludiendo a otra manera de entender el tiempo y las prioridades vitales.

La cuestión del afecto aparece ligada a nuestra condición de animales sociales y de herederos de los clanes primitivos. Berges recuerda que pertenecemos al reino animal, que somos mamíferos y homínidos, descendientes de comunidades de primates que siempre han vivido en grupo. Evoca la imagen de las hogueras en una gruta, donde varios clanes se reúnen alrededor del fuego: tú perteneces a una hoguera o a otra, y de ese sentido de pertenencia surgen luego las casas, los apellidos y las estructuras familiares actuales.

Desde ese punto de vista, la necesidad de reconocimiento de los demás no se explica tanto por pura egolatría, sino como una condición estructural de nuestra psicología. Son los otros los que reafirman nuestra identidad, quienes constatan que existimos y que ocupamos un lugar en el mundo. El escritor llega a plantear una pregunta inquietante: si estuviéramos completamente solos, sin nadie que pudiera certificar nuestra presencia y querernos, ¿seguiríamos existiendo en el mismo sentido? De ahí se derivan distintos grados de dependencia afectiva, que van desde la necesidad sana de un clan hasta formas patológicas de apego.

Berges no niega que el ego esté ahí, pero se cuida de distinguir entre un deseo legítimo de ser visto y la inflacción narcisista que asoma muchas veces en la sociedad contemporánea. Sus personajes, raros pero próximos, suelen moverse en ese equilibrio precario: quieren ser amados, necesitan un círculo humano al que aferrarse, pero al mismo tiempo aspiran a mantener cierta autonomía, a no diluirse del todo en el otro. De ahí su fascinación por el gato como símbolo de independencia y por esas parejas que se eligen de verdad, sin quedarse juntas únicamente por inercia.

Un mundo que parece una ficción: guerras, noticias y mirada irónica

Cuando se le pide que defina el momento histórico actual con una palabra o un concepto, Berges recurre a una imagen muy cinematográfica: dice que vivimos dentro de una película de James Bond. Para él, lo que está sucediendo en el panorama internacional —guerras, conflictos perpetuos como el de Israel, ataques de Estados Unidos a Irán que se repiten como un bucle— tiene un componente de trama argumental inquietante. Habla con sarcasmo, pero también con una dosis evidente de preocupación.

Explica que, al ver el telediario, tiene la sensación de estar asistiendo a una superproducción de catástrofes, de esas en las que siempre aparece el presidente de Estados Unidos dando un discurso solemne mientras el mundo se derrumba. Se produce así una especie de inversión irónica: el escritor, que suele utilizar la ficción para escapar de la realidad, percibe que la realidad misma ha adoptado las formas del relato de aventuras, con sus giros, sus villanos y sus clímax. Es como si la vida colectiva se hubiera vuelto demasiado perversa y compleja como para parecer real.

Desde su inclinación natural a llevarlo todo al terreno literario, Berges insiste en que lo que ocurre a escala mundial se asemeja más a una ficción con argumento que a una sucesión aleatoria de hechos. Parece haber tramas, intereses ocultos, plots cuidadosamente diseñados y un supuesto final en el horizonte, como si en algún momento fueran a salir los títulos de crédito. Esta visión no es una teoría conspirativa, sino una forma de expresar la sensación de irrealidad que producen tantas noticias acumuladas, tan rápidamente, tan cargadas de violencia y dramatismo.

Esa misma postura crítica y un tanto desengañada se filtra en sus novelas, aunque allí el filtro del humor amortigua el golpe. La literatura se convierte en su manera de soportar la realidad, tal como él mismo ha confesado: desde niño ha querido escapar de una realidad perversa para ahorrarse los suplicios del mundo real. En sus ficciones, el dolor y la risa se cruzan continuamente, y esa mezcla es quizá lo que mejor define su estilo. El lector se ríe, pero a menudo con un nudo en la garganta.

En definitiva, el mundo que describe Berges —en sus entrevistas, en sus novelas, en sus personajes descolocados— es un escenario donde la identidad se reconstruye a través del lenguaje, el afecto busca su sitio entre el ego y la necesidad de clan, y la normalidad se muestra como un concepto tremendamente resbaladizo. A veces, la única forma razonable de estar en él es abrir un libro, mirar a un gato que va a su aire y aceptar, con algo de ironía, que quizá la realidad se parezca más a una novela de lo que querríamos admitir.

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