- Madrid inaugura una exposición exclusiva con más de 90 manuscritos originales para conmemorar el legado del autor argentino.
- La muestra recorre su proceso creativo y su vida íntima en la biblioteca Eugenio Trías del Retiro hasta el próximo mes de julio.
- El evento destaca la curiosa relación de Borges con el éxito y su desapego por la fortuna económica a pesar de su fama mundial.
- Expertos y biógrafos analizan su etapa como director de la Biblioteca Nacional y el impacto de su ceguera en su obra literaria.
Jorge Luis Borges siempre sostuvo que se sentía más orgulloso de los libros que había devorado que de los que se había atrevido a escribir. Aquel niño que aprendió a leer antes de los cuatro años en el barrio de Palermo terminó convirtiéndose en un titán de las letras hispanas, cuya sombra sigue siendo alargada hoy en día. Su universo, plagado de laberintos, espejos y bibliotecas infinitas, se siente ahora más vivo que nunca en las calles de Madrid, donde se le rinde un tributo a la altura de su figura.
La capital española se ha volcado con la memoria del bonaerense a través de una exhibición que quita el hipo y que permite asomarse a la mente de un genio que falleció en Ginebra el 14 de junio de 1986. En un mundo que va a toda prisa, pararse frente a los trazos originales de un hombre que dictaba sus sueños a secretarias porque la vista ya no le acompañaba, resulta una experiencia casi mística para cualquier amante de la buena literatura que se precie.
Joyas literarias en el corazón del Retiro

La biblioteca Eugenio Trías, ubicada en el emblemático parque del Retiro, se ha convertido en el epicentro del universo borgiano con la muestra titulada ‘Borges. Años de esplendor literario’. Lo que allí se puede encontrar es un tesoro de más de 90 manuscritos que recorren la etapa más prolífica del autor, entre las décadas de los 30 y los 50. Es una oportunidad de oro para ver de cerca obras maestras de Borges como ‘El jardín de senderos que se bifurcan’ o la caligrafía diminuta de ‘Las ruinas circulares’.
En la inauguración no faltaron personalidades de la cultura y la política madrileña, junto a nombres de peso como Álvaro Vargas Llosa o el biógrafo Alejandro Vaccaro. Los organizadores han estructurado el recorrido en tres ejes fundamentales: el Borges íntimo, su proceso creativo y su consagración editorial. Lo más llamativo es ver cómo, a pesar de las tachaduras y correcciones, la esencia de su pensamiento permanecía inalterable desde el primer borrador hasta la imprenta.
La exposición cuenta con el respaldo del Ayuntamiento de Madrid y fundaciones internacionales que han permitido traer este material, que en muchos casos es la primera vez que cruza el charco. Se nota que han puesto mucho mimo en el montaje, incluyendo narraciones sonoras que ayudan a sumergirse en esos mundos fantásticos que Borges construía con una precisión casi matemática, demostrando que su legado en España es tan sólido como en su Argentina natal.
A pesar de que el autor de ‘El Aleph’ nunca recibió el Premio Nobel, algo que muchos consideran uno de los grandes patinazos de la Academia Sueca, su influencia en el realismo mágico y en la literatura del siglo XX es incuestionable. Durante la presentación madrileña, se destacó precisamente esa capacidad del autor para salir del laberinto diario y mirar más allá, una filosofía de vida que parece más necesaria que nunca en los tiempos que corren.
La paradoja de los libros y la noche

Uno de los momentos más irónicos y a la vez trágicos de su vida fue cuando fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina en 1955. Tenía a su cargo casi un millón de volúmenes, pero el destino, en uno de sus giros más crueles, le había arrebatado la vista. Él mismo lo inmortalizó en su famoso poema de los dones, agradeciendo a Dios que le hubiera dado a la vez los libros y la ceguera progresiva que heredó de su padre.
Durante los dieciocho años que estuvo al frente de la institución, Borges dependía de la voz de los demás. Pedía a sus colaboradores que le leyeran en voz alta y dictaba sus textos con una memoria prodigiosa que le permitía componer poemas enteros en su cabeza antes de pasarlos al papel. Esta limitación física, lejos de frenarle, hizo que su estilo se volviera mucho más conciso y afilado, buscando la síntesis perfecta en cada frase.
Pero su carrera no fue siempre un camino de rosas, ya que también sufrió el desprecio del poder político. Tras la llegada de Perón, fue destituido de su cargo de bibliotecario municipal y nombrado inspector de mercados de aves, una humillación que no consiguió doblegar su espíritu. Esa entereza frente a la adversidad es lo que le permitió seguir adelante con sus conferencias por medio mundo, ganándose el respeto de universidades prestigiosas que se lo rifaban.
Incluso cuando su fama ya era mundial y las editoriales europeas empezaban a pagarle sumas importantes, él seguía siendo un hombre de costumbres sencillas. Se cuenta que usaba cheques de miles de dólares como simples marcapáginas y luego se olvidaba de cobrarlos, dejándolos perdidos entre las hojas de su enciclopedia. Para él, el dinero era una especie de ficción que no le quitaba el sueño, pues prefería vivir rodeado de sus queridos libros en su pequeño apartamento.
Un legado económico y literario que no tiene fin

La fortuna que Borges generó llegó tarde, casi cuando ya no la necesitaba. Hoy en día, sus derechos de autor son una auténtica mina de oro que seguirán activos hasta el año 2056, cuando su obra pase finalmente al dominio público. Tras el fallecimiento de María Kodama, su heredera universal, la justicia argentina ha reconocido a sus sobrinos como los nuevos gestores de un patrimonio que incluye inmuebles en ciudades como París o Ginebra.
Más allá de los bienes materiales, lo que realmente importa es cómo su figura sigue despertando pasiones en todo el globo. Desde conferencias sobre su relación con el misticismo judío en Caracas hasta las grandes exposiciones en Europa, Borges sigue estando muy presente en la conversación cultural. Su capacidad para conectar la filosofía de Nietzsche con la política argentina o los cuentos de piratas demuestra que era un lector total, capaz de encontrar belleza en cualquier rincón.
Al final, lo que queda de este ilustre argentino es la sensación de que su obra es un organismo vivo que sigue creciendo con cada nueva generación de lectores que descubre sus relatos. Madrid se rinde a su ingenio estos días, recordando que, aunque él ya no esté para verlo, sus laberintos siguen siendo el mejor refugio para quienes buscan entender un poco mejor este mundo tan complejo. Es una suerte poder disfrutar de su rastro humano a través de sus correcciones y dudas, plasmadas en esos manuscritos que son ya patrimonio de la humanidad.