- Análisis psicológico sobre la dificultad de aceptar elogios y el impacto del síndrome del impostor en la autoestima.
- Exploración de la obra de Erasmo de Rotterdam y la defensa de la necedad como motor de alegría y cohesión social.
- Crítica a la rigidez del saber académico y la exaltación de la sencillez frente a la frialdad de la sabiduría extrema.

Seguro que te ha pasado alguna vez o conoces a alguien que, en cuanto recibe un cumplido, siente que el suelo se abre bajo sus pies. No se trata simplemente de ser tímido; es más bien un cortocircuito emocional que nos empuja a mirar al suelo, balbucear o intentar cambiar de tema con una agilidad impresionante. Para mucha gente, ser el centro de atención, aunque sea por algo positivo, se convierte en una experiencia agobiante que preferirían evitar a toda costa.
Este fenómeno no ocurre por azar, sino que es la punta del iceberg de una trama donde se mezclan la crianza, la percepción personal y una resistencia casi instintiva a ajustarse a la imagen ideal que los demás proyectan sobre nosotros. En este recorrido vamos a analizar las razones psicológicas de este rechazo y a rescatar una visión filosófica muy atrevida: la posibilidad de que ser un poco «estulto» o no seguir la norma sea, en realidad, la ruta más rápida hacia la plenitud y la alegría.
Cuando el halago se convierte en un obstáculo
Para quien no se siente especialmente valioso, un elogio no se percibe como un regalo, sino como una contradicción interna. Si una persona se cree mediocre y alguien le dice que es brillante, el cerebro entra en conflicto. En lugar de aceptar esa validación, el individuo intenta recuperar su equilibrio mental minimizando la hazaña o atribuyéndola a la pura suerte del momento.
Este comportamiento suele tener raíces muy profundas. Quienes crecieron en hogares donde se señalaba constantemente el error o se castigaba la vanidad con dureza, acaban interiorizando que aceptar el mérito es presumir. Así, el gesto de bajar la mirada no es más que un escudo protector para gestionar emociones como la vergüenza o la sorpresa.
Tampoco podemos pasar por alto el famoso síndrome del impostor, muy habitual en entornos profesionales. La persona siente que está engañando a todo el mundo y que, tarde o temprano, alguien se dará cuenta de que no está a la altura de las expectativas, transformando la felicitación en una fuente de ansiedad constante.
La Apología de la Estulticia: ¿Es mejor ser necio que sabio?
Si dejamos atrás la psicología y nos sumergimos en las páginas de Erasmo de Rotterdam, nos topamos con una propuesta fascinante. La Estulticia, personificada como una diosa, se presenta como la verdadera repartidora de bienes. Según esta perspectiva, la sabiduría extrema es fría, rígida y, con frecuencia, profundamente infeliz, mientras que la «necedad» aporta el color y la chispa necesaria para soportar la existencia.
La Estulticia sostiene que ella es la fuente de la vida misma. Nadie se casaría ni tendría hijos si se detuviera a analizar racionalmente todas las penurias que conlleva la crianza y la convivencia. Es esa ceguera voluntaria la que permite que los seres humanos se unan y se toleren; pues si fuéramos todos escrupulosamente sabios, nos volveríamos insoportables y no aguantaríamos la presencia del otro.
Incluso en la amistad, la Estulticia es fundamental. Para que un vínculo dure, hace falta cierto grado de condescendencia y ceguera ante los defectos ajenos. Amar la imperfección del otro o ignorar sus manías es, en esencia, un acto de necedad que es lo único que mantiene unidos a los amigos en un mundo lleno de grietas.
El conflicto entre la pasión y la habilidad
Otro punto donde el hecho de no encajar resulta doloroso es en la pelea entre lo que nos apasiona y lo que realmente sabemos hacer. Hay personas con una capacidad técnica brutal pero que sienten un vacío absoluto porque su trabajo no les llena el alma. Por otro lado, están los soñadores que aman algo con fervor pero que son francamente mediocres ejecutándolo.
Ante este dilema, existen caminos distintos. Algunos deciden apostar todo por la pasión, confiando en que el entusiasmo impulsa el aprendizaje. Otros eligen la vía pragmática: usar su talento para ganar dinero y financiar sus pasiones como un hobby privado, evitando así la presión de tener que ser perfectos en aquello que aman.
El peligro real surge cuando alguien tiene éxito en la profesión equivocada, lo que se conoce como la «jaula de oro«. Los elogios y el dinero pueden atrapar a alguien en un camino que no le hace feliz, haciendo que sea estremadamente difícil reconocer que se prefiere el riesgo de lo incierto antes que la seguridad de una vida sin propósito.
Crítica a la rigidez institucional y el saber académico
La Estulticia no se corta y lanza dardos contra los sectores más rígidos de la sociedad. Desde los teólogos perdidos en disputas infinitas sobre la naturaleza divina hasta los abogados que amontonan leyes sobre leyes, el mensaje es claro: el exceso de formalismo y la búsqueda de una verdad absoluta suelen alejarnos de la experiencia humana real.
Se critica duramente a quienes confunden la erudición con la inteligencia. El sabio que vive encerrado en los libros a menudo es inepto para la vida cotidiana, incapaz de disfrutar de una cena o de una charla fluida sin soltar alguna cita en latín. En cambio, el «estulto» se mueve con naturalidad, acepta la realidad tal como es y encuentra la felicidad en cosas sencillas y absurdas.
Esta visión alcanza incluso la dimensión religiosa, sugiriendo que la fe más pura es la de los sencillos, los niños y los humildes, quienes no necesitan silogismos complejos para conectar con lo divino. La verdadera espiritualidad pasa por un despojo de la soberbia intelectual para abrazar una simplicidad casi infantil que es la única capaz de alcanzar la paz.
Hacia una nueva relación con nosotros mismos
Aprender a gestionar los elogios, aceptar nuestra parte de imperfección y permitirnos no encajar en los moldes de la productividad o la sabiduría extrema es, probablemente, la mejor herramienta para ganar bienestar. Al final, la vida es una comedia donde la opinión personal pesa más que la realidad objetiva, y quien es capaz de reírse de sus propias limitaciones y abrazar su lado más ingenuo suele ser quien camina con más ligereza por el mundo.
Aceptar que no somos perfectos y que no necesitamos ajustarnos a las expectativas ajenas nos libera de una carga invisible. Cuando dejamos de luchar contra nuestra propia naturaleza y aceptamos que la imperfección es el pegamento que nos une a los demás, empezamos a vivir con una autenticidad que la razón pura jamás podría proporcionarnos. Abrazar nuestra propia «estulticia» personal es, paradójicamente, el acto más inteligente que podemos realizar para alcanzar una felicidad genuina y duradera.