Crítica de la serie Los testamentos: volver a Gilead desde la mirada adolescente

Última actualización: 7 mayo, 2026
  • Los testamentos continúa el universo de El cuento de la criada con un enfoque generacional centrado en Agnes y Daisy.
  • La escuela de tía Lydia se convierte en el epicentro del adoctrinamiento, mostrando cómo Gilead moldea a sus futuras esposas.
  • La serie rebaja la violencia explícita para potenciar el componente coming-of-age sin renunciar a la crítica social.
  • Funciona como extensión natural de la original, con gran fuerza visual, aunque con menor impacto por la familiaridad del mundo.

Crítica de la serie Los testamentos

Volver a Gilead cuando todavía tenemos muy presente El cuento de la criada parecía, sobre el papel, un riesgo enorme. Sin embargo, Disney+ ha apostado fuerte por Los testamentos, adaptación de la secuela escrita por Margaret Atwood y liderada de nuevo por Bruce Miller, como ocurre con otras adaptaciones literarias destacadas, para ofrecer una especie de “segunda vuelta” a ese universo teocrático y opresivo que tantos debates ha generado. La pregunta que sobrevuela a cualquiera que se acerque a la serie es clara: ¿merece la pena regresar a ese infierno controlado?

La respuesta es compleja porque la serie funciona a la vez como continuación directa y como reinicio generacional. Los testamentos abandona el foco casi exclusivo en la supervivencia extrema de las criadas para colocarlo en el adoctrinamiento de las nuevas generaciones de mujeres de Gilead. Cambia el punto de vista, el tono se hace algo menos opresivo y la violencia explícita se dosifica, pero el núcleo de la historia -la utilización del cuerpo de la mujer como herramienta política y religiosa- sigue latiendo con fuerza.

Un regreso a Gilead: secuela directa pero con otro enfoque

La acción de Los testamentos se sitúa pocos años después del final de la serie original, no tanto como en la novela de Atwood, que avanzaba quince años en el tiempo, sino en un punto intermedio que permite enlazar de forma orgánica con los sucesos que ya vimos en El cuento de la criada. Boston ha caído gracias a la resistencia y a los esfuerzos de June/Offred, pero el régimen distópico de Gilead sigue en pie y lejos de estar debilitado del todo.

Bruce Miller repite como creador y showrunner y Mike Barker regresa a la dirección, lo que convierte a la serie en una obra claramente continuista en lo visual y lo narrativo. Se mantienen esos planos milimétricamente compuestos, el uso de los colores de los uniformes para crear composiciones casi pictóricas y una puesta en escena que combina calma superficial con estallidos de violencia que rompen cualquier sensación de seguridad.

La gran diferencia está en el protagonismo y el punto de vista. Si en El cuento de la criada la mirada de June (Elisabeth Moss) nos arrastraba desde fuera del sistema, humillada pero cada vez más rebelde, aquí entramos en Gilead desde dentro, a través de quienes han crecido sin conocer otra realidad. Ese giro hace que la historia ya no sea tanto una huida desesperada como un proceso de toma de conciencia, más interior, más de “despertar” lento que de explosión inmediata.

También cambia el tono emocional: la secuela es menos “porno de tortura” y un poco más luminosa. No porque Gilead se haya ablandado -la crueldad sigue ahí, especialmente en el primer episodio- sino porque seguimos a adolescentes que todavía viven con cierta ilusión, formadas para creer que su futuro como esposas respetadas es un premio divino. Esa mezcla de ingenuidad, miedo y rebeldía latente da a la serie un aire de coming-of-age muy particular.

Agnes y Daisy: dos adolescentes, dos miradas sobre Gilead

El corazón de la serie son dos chicas jóvenes: Agnes y Daisy. Sus trayectorias, que la novela contaba mediante narradoras diferenciadas, aquí se cruzan constantemente para reforzar el contraste entre quien ha interiorizado Gilead como norma y quien llega con otra idea del mundo.

Agnes (interpretada por Chase Infiniti) es una hija de comandante, una “Plum”, criada en una mansión con chófer, servicio y todos los privilegios que el régimen concede a la élite. Estudia en una escuela exclusiva dirigida por la temible tía Lydia (Ann Dowd), rodeada de otras hijas de comandantes y, en el peor de los casos, hijas de profesionales respetables como dentistas. En ese entorno se las instruye para ser discretas, trabajadoras, obedientes y, sobre todo, excelentes esposas al servicio de Gilead.

Agnes ha crecido creyendo que el sistema en el que vive es “lo normal”. No puede leer ni escribir, no tiene acceso a calendarios ni a información que pueda alimentar un pensamiento propio. Su educación se basa en bordar, servir el té, mantener siempre una apariencia impecable y aspirar a casarse joven para convertirse en madre. Su vida comienza a tambalearse cuando llega la menarquia: el paso a la edad “apta” para ser elegida esposa se simboliza con el cambio de vestido del morado al verde, y con él se disparan sus dudas y miedos.

La situación en su casa tampoco ayuda a mantener la calma. Desde que su padre se casó en segundas nupcias con la fría y rígida Paula (Amy Seimetz), Agnes se siente desplazada. Además, empieza a sentirse atraída por el joven chófer Gary (Brad Alexander), un deseo que choca frontalmente con las normas de Gilead, donde mirar a un chico sin permiso es casi un pecado mortal. Esa mezcla de despertar sexual, conflicto familiar y dogma religioso hace que su mundo interior entre en ebullición.

Daisy (Lucy Halliday), por su parte, entra en escena como una “perla” recién llegada desde Toronto. Oficialmente es una conversa que ha decidido incorporarse a Gilead por voluntad propia, una historia que las tías compran encantadas porque encaja con la narrativa evangelizadora del régimen. En realidad, pronto sabemos que su vínculo con la resistencia Mayday es clave, y que su desembarco en este nuevo mundo tiene una agenda oculta.

La relación entre Agnes y Daisy se convierte en el motor emocional de la serie. A Agnes le toca hacer de guía de la recién llegada por orden de tía Lydia, y ese encargo aparentemente inocente acaba siendo el detonante de un proceso de cuestionamiento brutal. Daisy no encaja con el arquetipo de creyente sumisa: bajo su fachada de niña piadosa hay ironía, desconfianza y una conciencia mucho más clara de lo que significa vivir o no vivir en libertad.

La escuela de tía Lydia: el laboratorio del adoctrinamiento

Uno de los grandes aciertos de Los testamentos es convertir la escuela de élite en el escenario central. Ese espacio, apenas esbozado en la serie original, aquí se vuelve un auténtico laboratorio de ingeniería social donde Gilead pule a las futuras esposas como si fueran productos de lujo.

La institución se organiza mediante un férreo sistema de colores que marcan la edad y el rol potencial de cada niña: rosa para las más pequeñas, morado para las preadolescentes, verde para las adolescentes que ya han menstruado y azul para las esposas casadas. Las marthas siguen vistiendo de gris, mientras que el blanco identifica a las perlas venidas de fuera de Gilead. El rojo de las criadas prácticamente ha desaparecido del paisaje, una pista visual de cómo el régimen ha mutado su forma de explotación de las mujeres.

Las clases están diseñadas para eliminar cualquier resquicio de pensamiento crítico. No hay libros ni lectura, se prohíbe el acceso a información externa, y en su lugar se impone un programa centrado en labores domésticas, etiqueta, modestia y devoción religiosa. Las chicas aprenden a bordar, a servir, a sonreír en silencio y a reverenciar a los hombres y a las autoridades religiosas.

Tía Lydia se erige como el ojo omnipresente de este microcosmos. Su figura, ya de por sí escalofriante en El cuento de la criada, adquiere aquí nuevas capas: se ha convertido en una autoridad casi indiscutible dentro de las instituciones de Gilead, una matriarca que vigila cada gesto, cada susurro en pasillos y aulas. A su alrededor se mueven otras tías igual de fanatizadas, como la implacable Vidala (Mabel Li), reforzando la idea de que buena parte del poder del régimen se sustenta en mujeres que creen -o dicen creer- profundamente en él.

El internado funciona también como metáfora visual de la normalización de la barbarie. Bajo una estética pulcra, con patios ordenados y uniformes impecables, late una violencia silenciosa, casi más inquietante que los castigos públicos de antaño. Aquí el control se ejerce mediante la rutina, la repetición diaria de rezos, la vigilancia mutua entre compañeras y el miedo a salirse del guion. La serie lo muestra con planos que subrayan la uniformidad de los cuerpos y el peso de las reglas no escritas.

Continuidad con El cuento de la criada y papel de June

Aunque el foco se traslada a Agnes y Daisy, la sombra de June sigue muy presente. La serie decide, a diferencia de la novela, dar a Elisabeth Moss un rol activo en la trama, especialmente en el tercer episodio, donde roza la coprotagonista. Su presencia sirve de nexo emocional con la obra original y de recordatorio constante de lo que se ha sacrificado para llegar hasta este punto.

Esta elección narrativa tiene ventajas e inconvenientes. Por un lado, facilita a quienes vienen de El cuento de la criada la transición hacia la nueva historia, aportando un anclaje sólido al que agarrarse. Ver a June interactuar con la resistencia, con Mayday y con las nuevas generaciones refuerza la sensación de continuidad y ayuda a comprender mejor las estrategias a largo plazo contra el régimen.

Por otro lado, algunos lectores de la novela podían preferir a una June convertida en mito ausente, alguien de quien se habla pero que no aparece, reforzando así la distancia temporal y el aura casi legendaria que tenía en el libro. Al acortar la línea temporal y traerla de vuelta a primer plano, la serie se permite ciertas “trampitas” para estirar la historia y prolongar la lucha contra Gilead durante más temporadas.

En cualquier caso, Los testamentos se siente más como una extensión natural que como una obra independiente. Cambian los protagonistas, se exploran nuevos escenarios -como la escuela de esposas- y se matiza el tono, pero seguimos dentro del mismo engranaje opresivo. Quien llegue esperando una ruptura radical encontrará más bien una evolución: otra cara del mismo monstruo, contada desde quienes han sido moldeadas desde la cuna para sostenerlo.

La resistencia de Mayday continúa operando en la sombra, intentando desestabilizar el régimen desde dentro mientras Canadá y el resto del mundo observan con una mezcla de horror e inmovilidad. La serie no se olvida de subrayar que derribar una teocracia no se consigue de la noche a la mañana, y que el precio emocional de esa lucha prolongada es altísimo para todos los implicados.

Un tono menos brutal: distopía, adolescencia y coming-of-age

Una de las grandes diferencias respecto a El cuento de la criada es el nivel de crudeza visual y emocional. La violencia física explícita, los castigos ejemplares y los abusos sexuales mostrados sin cortapisas ceden aquí parte del protagonismo a un terror más psicológico, más anclado en la manipulación pedagógica y la represión del deseo adolescente.

Esto no significa que Los testamentos sea una serie blanda. Gilead sigue siendo un lugar aterrador, misógino y profundamente injusto, pero la brutalidad se hace algo más selectiva para dejar espacio a la construcción de personajes jóvenes que necesitan un margen de matices para resultar creíbles. La sensación de “martirio constante” baja uno o dos puntos, lo que tal vez alivie a quienes se sintieron emocionalmente agotados con la serie original.

El componente coming-of-age está muy marcado. Agnes y Daisy están en plena adolescencia, lidiando con cambios hormonales, primeros deseos, amistades intensas y la necesidad de encontrar su propio lugar en el mundo. El problema es que ese mundo no tolera la exploración, la duda ni la disidencia. Esa fricción entre el impulso natural de crecer y un sistema que exige sumisión absoluta es el motor dramático de toda la temporada.

La serie juega con esta dualidad para generar momentos de una tensión sutil pero constante: una mirada que dura demasiado, una pregunta aparentemente inocente en clase, un silencio incómodo en el comedor. Pequeños gestos que, en cualquier otro contexto adolescente, serían cotidianos, aquí pueden tener consecuencias terribles. Esa sensación de estar siempre al borde del abismo es lo que mantiene al espectador pegado a la pantalla incluso cuando no hay grandes escenas de impacto.

También hay ecos claros del cuento de hadas, aunque retorcidos: princesas educadas para casarse con príncipes/comandantes, castillos-mansiones, escuelas de señoritas perfectas… pero todo recubierto por una capa de terror creciente. El relato se construye como un cuento oscuro en el que las heroínas tienen que aprender a leer entre líneas para sobrevivir, incluso cuando oficialmente no se les permite leer nada.

El reparto joven y los secundarios: sostener un universo tan exigente

El éxito de Los testamentos como historia generacional descansa en gran parte sobre los hombros de su reparto joven. Chase Infiniti y Lucy Halliday demuestran tener tablas de sobra para aguantar un universo que exige una intensidad emocional muy alta, heredera directa de lo que se pedía ya a Elisabeth Moss y al resto del elenco en la serie madre.

Infiniti aporta a Agnes una mezcla muy convincente de candidez y angustia. Su mirada va cambiando a medida que la realidad se resquebraja, pasando de la obediencia callada a la sospecha y, más adelante, a la necesidad de tomar partido. Halliday, por su lado, encarna a Daisy como un personaje que carga con el peso de saber que existe otro mundo fuera de Gilead, pero que no tiene un manual de instrucciones para moverse en esta nueva jaula.

En torno a ellas se mueven figuras muy interesantes que amplían el abanico de respuestas femeninas al sistema. La Shunammite de Rowan Blanchard actúa como un comodín inquietante, con una intensidad contenida que sugiere que podría inclinarse hacia la obediencia fanática o hacia la rebelión en cualquier momento. Beka (Mattea Conforti) conecta, en cierto modo, con la vulnerabilidad y la capacidad de sacrificio que conocimos en June, aunque sin replicar su arco.

Resulta quizá una lástima que algunos personajes secundarios no estén tan desarrollados. Compañeras de clase, otras perlas o incluso ciertas tías se quedan a veces en meras “cabezas parlantes”, figuras que aparecen para reforzar el discurso del sistema pero sin demasiada vida propia. Dado que la serie tiene diez episodios, habría margen para profundizar algo más en ellas y mostrar mejor la diversidad de vivencias dentro del mismo molde ideológico.

Entre los adultos, Ann Dowd vuelve a brillar con una tía Lydia todavía más compleja. Su carácter, que en la novela tenía uno de los hilos narrativos más potentes, aquí no se convierte en narradora, pero sí en presencia constante. Cada gesto suyo parece cargado de un cálculo moral retorcido: cree estar manteniendo el orden y “cuidando” a las chicas, pero lo hace a costa de perpetuar un sistema inhumano. O quizá, como sugiere la mitología del personaje, haya un plan más sutil en marcha.

Distopía y realidad: la advertencia de Atwood sigue vigente

Un aspecto clave que Los testamentos recoge con fidelidad de la obra de Atwood es la sensación de que Gilead no es pura fantasía. La autora siempre ha insistido en que no inventa castigos ni formas de opresión, sino que los toma de realidades históricas y contemporáneas. La serie subraya esa idea mostrando cómo discursos religiosos, políticos y morales muy reconocibles se combinan para justificar la subordinación total de las mujeres.

La religión aparece como columna vertebral del régimen, con el Antiguo Testamento utilizado como manual de conducta incuestionable, convenientemente interpretado por hombres con poder. La regla, la fertilidad y la capacidad de dar vida se convierten en el único valor de la mujer dentro de la especie humana, siempre por debajo del hombre y supeditada a su “autoridad moral”. Esa sacralización del útero, despojada de cualquier autonomía personal, es el pilar que sostiene el nuevo modelo sin necesidad ya de criadas de rojo.

La serie ilustra con nitidez cómo las propias mujeres terminan aceptando y defendiendo las reglas que las dañan. A fuerza de aislamiento, adoctrinamiento y recompensas simbólicas, muchas de ellas asumen que su rol es natural y deseable. Ese proceso se ve de manera especialmente clara en las adolescentes que no han conocido otra cosa: para ellas, cuestionar Gilead supone cuestionar a su familia, a Dios y su propia identidad.

Al situar a Agnes y Daisy en el centro, la ficción nos invita a observar el momento exacto en que la sumisión deja de ser cómoda. El paso de niña dócil a adolescente rabiosa y luego a joven capaz de organizarse con otras es el arco que Atwood presenta como la verdadera esperanza: no una salvación mágica desde fuera, sino un cambio gradual desde dentro, impulsado por la biología, la necesidad de sentido y el instinto de supervivencia.

Visto desde el presente, donde los derechos y la autonomía de las mujeres se cuestionan periódicamente, Los testamentos se percibe aún más como una advertencia que como una simple distopía entretenida. Los discursos que sostienen Gilead -sobre el orden, la moral tradicional, la familia “natural”, el miedo al caos si las mujeres deciden por sí mismas- resuenan demasiado cerca de debates reales, lo que da a la serie un peso político que va mucho más allá de sus giros de guion.

Valoración global: fortaleza, límites y opciones de futuro

Tras ver la temporada completa, la sensación es que Los testamentos ofrece material más que suficiente para justificar su existencia, aunque arrastre de forma inevitable la etiqueta de serie derivada. La narrativa está bien armada, la fotografía mantiene el listón altísimo y el trabajo de construcción del internado y la nueva jerarquía de colores resulta fascinante a nivel simbólico.

Al mismo tiempo, es innegable que el impacto ya no es el mismo que el de El cuento de la criada. Aquella primera incursión en Gilead nos enfrentó a horrores que desconocíamos dentro de ese universo; ahora los castigos, los rituales y la lógica del poder nos son familiares. Para quienes lleguen con cierto agotamiento emocional de la serie madre, la promesa de “más de lo mismo” -aunque sea con adolescentes en lugar de criadas- puede resultar poco atractiva.

La producción parece consciente de ello y, en parte, responde rebajando la violencia gráfica y ampliando la perspectiva. En lugar de centrarse solo en la resistencia adulta, abre el foco a cómo se educa a las nuevas generaciones y cómo se siembra la obediencia. Esa ampliación de mirada, unida al ángulo del coming-of-age, es lo que da a la serie su personalidad propia dentro de un universo ya muy explotado.

El mayor reto de cara al futuro está en no dilatar demasiado el desenlace. Tanto la novela como la serie original han planteado ya una enorme cantidad de información sobre el funcionamiento interno de Gilead y el origen de figuras clave como tía Lydia. Alargar en exceso la travesía sin avanzar hacia un cierre claro podría erosionar el interés de una audiencia que, tras años de opresión ficcional, ansía ver cómo se derrumba de una vez por todas el régimen.

Pese a estas reservas, Los testamentos se consolida como una secuela sólida, necesaria para quienes quieren ver el final de la historia en pantalla. No revoluciona la fórmula, pero sí la matiza con nuevas texturas generacionales, ilumina rincones de Gilead que todavía estaban en penumbra y nos recuerda, con una claridad incómoda, que las distopías más efectivas no se sienten lejanas, sino extrañamente parecidas a lo que ya estamos viviendo.

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