Crítica de Cumbres borrascosas: del gótico incómodo al romance pop

Última actualización: 16 marzo, 2026
  • La nueva adaptación de Emerald Fennell convierte Cumbres borrascosas en un romance sensual y estilizado, alejándose del tono gótico y perturbador de Emily Brontë.
  • La película simplifica estructura y personajes, elimina la segunda generación y atenúa el conflicto de clase y raza, blanqueando a Heathcliff y priorizando la química entre Margot Robbie y Jacob Elordi.
  • El despliegue visual, la música pop y el enfoque fanfiction dividen al público entre quienes disfrutan del espectáculo romántico y quienes lamentan la pérdida de profundidad moral y psicológica del original.

Crítica Cumbres borrascosas

Emily Brontë nunca imaginó que, casi dos siglos después de publicar su única novela, su tormenta sentimental seguiría siendo reescrita como si fuera plastilina pop. La nueva Cumbres borrascosas firmada por Emerald Fennell llega con un presupuesto de gran estudio, una pareja protagonista de impacto -Margot Robbie y Jacob Elordi- y una promesa clara: convertir el gótico victoriano en un espectáculo sensual, muy vistoso y pensado para la cultura del clip y el reel.

El resultado, sin embargo, divide radicalmente a críticos y lectores del original. Para quien nunca ha abierto el libro, la película puede funcionar como un drama romántico torrencial y muy disfrutable. Para quien conoce bien la novela, lo que se encuentra en pantalla es una poda masiva de personajes, temas y estructura, una especie de fanfiction lujoso que prioriza la química sexual, el exceso estilístico y la ironía pop frente a la densidad moral, el conflicto de clase y la oscuridad psicológica que convirtieron a Cumbres borrascosas en un clásico incómodo.

De la novela incendiaria al romance pop

Adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas

Cuando Emily Brontë publicó la novela en 1847, bajo el seudónimo de Ellis Bell, lo que ofreció no fue un cuento de amor bonito sino una auténtica perturbación. La historia de Catherine Earnshaw y Heathcliff rompía el sentimentalismo edulcorado de la época para adentrarse en una pasión violenta, atravesada por clase social, raza, deseo, humillación y venganza. No había moraleja confortante ni héroes puros: había daño, resentimiento y una intensidad que rozaba lo demoníaco.

Con el paso de las décadas, sin embargo, el imaginario popular fue limando aristas hasta convertir el libro en una supuesta historia de amor eterno, de almas gemelas que se buscan incluso después de la muerte. Vista desde una sensibilidad actual -marcada por el discurso sobre relaciones sanas, dependencia emocional y toxicidad- esa lectura se tambalea: la obsesión de Cathy y Heathcliff se parece más a una unión enfermiza y posesiva que a un romance idealizado.

Heathcliff deja de ser el héroe romántico incomprendido para aparecer como un hombre devorado por el rencor y la humillación; Cathy, lejos de ser una víctima pasiva del destino, colabora activamente en la espiral de daño. Precisamente esa ambigüedad -la mezcla de amor absoluto y destrucción sin freno- es lo que ha mantenido viva la novela: su belleza es inseparable de su capacidad para incomodar.

El cine ha intentado domar esa tormenta muchas veces; las mejores adaptaciones de Cumbres borrascosas recogen ese linaje. William Wyler, en 1939, apostó por un melodrama clásico, concentrado en la primera parte del libro y atenuando la brutalidad psicológica del texto. Luis Buñuel, con Abismos de pasión (1954), trasladó el relato a otro contexto y subrayó el deseo carnal y la fatalidad con su ironía surrealista. Jacques Rivette, en Hurlevent (1985), despojó la historia de ornamentos para convertirla en un duelo seco, casi abstracto. Peter Kosminsky y su versión televisiva de 1992 respetaron la estructura generacional y la negrura emocional del original, mientras que Andrea Arnold, en 2011, filmó quizá la adaptación más visceral: barro, viento, respiración animal y un Heathcliff negro que devolvía a primer plano la cuestión racial.

En ese linaje, Emerald Fennell se desmarca sin complejos. Su Cumbres borrascosas se inclina hacia el exceso estilizado, la sensualidad explícita y la actualización pop. Donde Brontë levantó un paisaje moral inhóspito, Fennell despliega colores saturados, texturas lujosas, música de Charli XCX y una mirada que parece más interesada en el impacto visual y la combustión sexual que en la profundidad ética de la historia.

Una adaptación que poda media novela

Crítica película Cumbres borrascosas

Uno de los cambios más drásticos de la película es la eliminación de la compleja estructura narrativa del libro. Fennell prescinde por completo del marco original: ya no hay un señor Lockwood que llega a Cumbres Borrascosas, se encuentra con un Heathcliff desquiciado y escucha, a través del relato de Nelly Dean, la historia de las familias Earnshaw y Linton. El juego de voces, la narración en retrospectiva y ese tono de crónica envenenada desaparecen.

En su lugar, la directora opta por un relato cronológico, mucho más lineal y centrado en la pareja protagonista. La voz de Nelly como mediadora y juez moral se diluye: la película la reconfigura, le da un tono más ambiguo e incluso la acerca a la figura de testigo silenciosa, pero elimina buena parte de su peso como narradora. Se pierde así una de las capas más sugestivas del texto: la sensación de escuchar un chisme oscuro filtrado por alguien que, a la vez, forma parte y juzga la tragedia.

La poda de personajes también es considerable. Hindley, el hermano de Cathy cuya crueldad alimenta el odio de Heathcliff, desaparece del mapa. Para compensar, el filme transforma al padre de Catherine en una figura que, cuando bebe, se vuelve violenta y maltratadora. El problema es que esa sustitución no genera el mismo arco de resentimiento ni la misma lógica de degradación social que articula la novela.

Tampoco la segunda generación sale bien parada. La historia de los hijos -los jóvenes que intentan no repetir los errores y vicios de sus padres y abuelos- se esfuma casi por completo. Con ello, desaparece la dimensión cíclica de la obra, ese retrato de cómo la violencia y la toxicidad se heredan, se repiten y, en algunos casos, se pueden romper. La película, al cerrar la puerta a esa continuación, reduce el panorama a un romance trágico autocontenido.

Isabella Linton es quizá el ejemplo más llamativo de esta reescritura. De hermana a mera acólita, de figura trágica a personaje casi caricaturesco, su papel se distorsiona hasta convertirla en poco más que un juguete dentro del juego de poder erótico. La fascinación por el peligro, el BDSM y los símbolos sexuales sustituyen a la reflexión sobre su victimización y la violencia emocional a la que se ve sometida en el original.

Heathcliff, Catherine y la química según Fennell

La película construye su apuesta principal alrededor de la química entre Margot Robbie y Jacob Elordi, y en ese terreno sale razonablemente airosa. Robbie compone una Cathy orgullosa, caprichosa y muy consciente de su poder de seducción, más cercana a una heroína shakesperiana desatada que a la muchacha atormentada de Brontë. Elordi, por su parte, aporta magnetismo físico y una intensidad contenida que, aunque menos abismal que en otras encarnaciones de Heathcliff, sostiene la pantalla.

El problema es que, a fuerza de estetizarlo todo, la relación entre ellos se convierte en una tormenta más visual que emocional. Hay miradas, hay sudor, hay besos -algo que en la novela jamás ocurre de forma explícita- y hay incluso declaraciones claras de amor, esa fantasía que muchos lectores habían imaginado pero que Brontë nunca escribió. Sin embargo, para parte del público, la pasión que la película insiste en subrayar no termina de transmitirse con la fuerza devastadora que promete.

Para quienes no han leído el libro, esta fórmula puede funcionar como un gran drama romántico con protagonistas irresistiblemente guapos, una historia de amor imposible que se consume con placer culpable. Pero quienes conocen la obra original echan de menos al Heathcliff más despiadado, el que se vuelve un tirano vengativo en la segunda mitad de la novela, y a la Cathy cuya contradicción interna es tan hiriente como su amor.

Al optar por romantizar a los personajes, la película suaviza la brutalidad psicológica y la crueldad estructural que Brontë retrataba. El odio de clase, el resentimiento social del personaje “forastero” y la dimensión casi demoníaca de Heathcliff quedan relegados a un segundo plano en favor de una narrativa donde lo que pesa es el deseo, los celos y la atracción fatal. Es un giro que muchos perciben como una traición literaria, pero que también tiene su coherencia dentro de la lógica de entretenimiento que busca Fennell.

Clase, raza y la otredad borrada

Uno de los aspectos más delicados de la novela es el tratamiento de la otredad a través de Heathcliff. En el texto se sugiere que es un niño recogido de las calles de Liverpool, de tez oscura, al que se llega a llamar hijo de un láscar (marinos del subcontinente indio al servicio de barcos ingleses). Muchas traducciones, como la de Carmen Martín Gaite, lo describen como un “gitano andrajoso”, asociado simbólicamente con lo salvaje, lo demoníaco y lo ajeno al orden social del páramo.

Esa ambigüedad racial y social no es un mero adorno, sino el núcleo del malestar que provoca el personaje. Heathcliff es el Otro: el extranjero, el posible descendiente de esclavos, el sujeto al que se teme, se desea y se quiere destruir a la vez. Su trayectoria, de maltratado a maltratador, plantea preguntas incómodas: ¿su violencia nace de una naturaleza abyecta o es el resultado de años de humillación y racismo? La novela nunca lo resuelve del todo, y ahí reside parte de su fuerza.

La película de Fennell, en cambio, blanquea literalmente al personaje al elegir a Jacob Elordi, un actor blanco, como Heathcliff. No es la primera vez que ocurre: salvo en la versión de Andrea Arnold, la mayoría de adaptaciones han optado por intérpretes blancos (Laurence Olivier, Richard Burton, Ralph Fiennes…). Este whitewashing comercial borra de un plumazo la dimensión racial del conflicto, que se diluye en favor de una historia de amor más fácil de vender.

En entrevistas, Fennell ha defendido que su acercamiento se parece más al de un fanfiction, basado en la imagen mental que tuvo del libro en su adolescencia, centrada en los elementos casi masoquistas de la historia. Desde esa óptica subjetiva, la elección de Elordi se justifica por el imaginario personal de la directora. Desde un punto de vista crítico, sin embargo, implica obviar un componente central del texto: la incomodidad que genera unir, en el contexto victoriano, a una joven blanca con alguien racializado y socialmente marcado como inferior.

Al borrar esa diferencia, la película suaviza el choque entre deseo y jerarquía social que Brontë colocaba en el centro mismo de la trama. Heathcliff ya no es tanto el intruso racializado que perturba el orden del páramo como el guapo atormentado de turno que encaja como un guante en el imaginario del romance contemporáneo. La historia se vuelve más sencilla de digerir, pero también pierde la incomodidad que la hizo revolucionaria.

Del gótico victoriano al videoclip de lujo

Si algo no se le puede negar a Emerald Fennell es el gusto por la puesta en escena. Rodada en VistaVision, la película se regodea en la épica de los paisajes de Yorkshire y en el detalle de las texturas: telas, pieles, barro estilizado, interiores que parecen sacados de una campaña de moda. Cumbres Borrascosas, el caserón embarrado de los Earnshaw, funciona muy bien como espacio de lo salvaje, de la violencia y de la disfunción familiar.

En cambio, la Granja de los Tordos -el hogar de los Linton- se transforma en una especie de mansión de muñeca de lujo, una «casa de Barbie» del siglo XVIII. El contraste entre ambos mundos está subrayado hasta lo grotesco: por un lado el barro y el caos; por otro, el refinamiento casi hortera. Este capricho visual puede resultar divertido si uno entra en el juego, pero aleja la adaptación del tono sombrío y áspero de la novela.

El arranque de la película, centrado en la infancia de Cathy y Heathcliff, logra conectar con el espíritu gótico del texto. La presencia de los jóvenes intérpretes, Owen Cooper y Charlotte Mellington, aporta una crudeza y una energía que evocan la naturaleza fantasmal y telúrica del original. Hay ecos visuales y verbales de la novela, y durante un rato parece que Fennell va a abrazar de lleno la oscuridad de Brontë.

Sin embargo, a medida que la trama avanza y se desplaza a la Granja de los Tordos, esa atmósfera se disipa. El tono se desliza hacia algo más cercano al videoclip de lujo, con planos que recuerdan a un anuncio de perfume caro: todo precioso, todo cuidadosamente iluminado, pero con una emoción que a muchos espectadores se les queda lejos. La música -con abundancia de pianos, violines y temas pop cuidadosamente escogidos- se usa sin contención, buscando suplir con partitura lo que a veces no se consigue con imagen y guion.

Esta tendencia al artificio tiene un efecto colateral: algunas escenas dramáticas que deberían incendiar al espectador se sienten calculadas, casi coreografiadas para ser recortadas en clips virales. Fennell parece más interesada en generar momentos memorables para redes que en profundizar en el tormento interior de sus criaturas. El riesgo es que, cuando la película se pone seria y trágica, parte del público ya solo ve un desfile de poses.

Seducción, feminismo pop y vacío emocional

Uno de los puntos más polémicos de la película es su tratamiento de la sexualidad y del supuesto feminismo de la propuesta. Fennell ha declarado que, de adolescente, leyó la novela como un texto cargado de erotismo reprimido y que ahora quería contar esa energía «sin remilgos», sacando a la superficie el sexo que en Brontë está velado. El resultado es una historia que no duda en vulgarizar, sexualizar y simplificar los vínculos.

Paradójicamente, esta liberación aparente acaba cosificando a sus propios personajes. Cathy se convierte en un cuerpo deseado que la cámara explota sin demasiados matices, mientras que el Heathcliff adulto se reduce en ocasiones a «carne con ojos», alguien que aparece, copula y sirve de catalizador para el drama. Ese feminismo de escaparate, más preocupado por la provocación que por la complejidad, ha sido tachado por algunos críticos de superficial y hasta de «utilitarismo miserable».

La película también se entrega a un juego de ajedrez sexual en el que casi todos los personajes parecen piezas intercambiables dentro de un tablero sadomasoquista. Hay insinuaciones de cuckolding en Edgar Linton, una Isabella juguetona y morbosa, relaciones marcadas por el BDSM y una erotización constante del poder y la humillación. Sin embargo, la supuesta osadía se combina con una notable contención a la hora de mostrar el sexo en sí: hay más pose que explicitud.

Esta mezcla de exceso y prudencia genera una sensación extraña: la película presume de depravada, pero al mismo tiempo parece tener miedo de cruzar ciertos límites. El resultado, para parte del público, es agotador; para otro sector, tremendamente estimulante. Lo que casi todos coinciden en señalar es que, más allá del derroche de intensidad, el impacto emocional no está a la altura: cuesta creer que entre Cathy y Heathcliff haya una pasión volcánica capaz de arrasarlo todo.

La propia percepción de la historia de amor oscila entre lo sublime y lo ridículo. Mientras algunos espectadores salen tocados, con lágrimas y el corazón en un puño, otros sienten que asisten a una tormenta artificial de estudio: mucho viento, mucha lluvia, pero poca verdad debajo. Como si uno estuviera contemplando un anuncio de lujo muy bien rodado que pretende vender tragedia, pero en realidad solo ofrece estética al servicio de la nada.

¿Una traición… o una lectura honesta para nuevos públicos?

Desde una perspectiva de fidelidad literaria, es difícil negar que la adaptación de Fennell traiciona buena parte del espíritu de Brontë: simplifica la estructura, recorta personajes y conflictos, blanquea la raza de Heathcliff, reduce la dimensión social y política de la novela y convierte un amor tóxico y brutal en un romance glamurizado, intenso pero digerible.

Sin embargo, también sería injusto pasar por alto la coherencia interna de la propuesta. Fennell no pretende hacer una versión museística, reverente, sino una relectura abiertamente pop, más cercana al fanfic que a la adaptación académica. Su película dialoga con una generación acostumbrada a consumir historias de amor en clave de filtro saturado, playlists emocionales y estéticas de novela rosa subida de tono.

Quien se acerque a la sala buscando una experiencia visual potente, una pareja protagonista con magnetismo y un drama romántico sin complejos seguramente saldrá satisfecho. Para más de uno, la cinta puede ser la puerta de entrada a la novela: lo mejor, como apuntan varias críticas, es que anime a curiosos que nunca la habrían leído a descubrir a Emily Brontë en papel.

En cambio, para quienes veneran el original como una obra maestra de la oscuridad romántica, la película puede resultar irritante, incluso ofensiva. Hay quien la ha calificado de grotesca, publicitaria, vacía de conflicto real y sin personajes que emprendan un viaje transformador. Ni amor verdadero, ni redención, ni catarsis, solo figuras-percha desplazándose de una escena estilosa a otra.

Entre ambos extremos queda un territorio intermedio: el de los espectadores que reconocen el talento visual de Fennell, disfrutan de algunos momentos brillantes, se dejan llevar por la banda sonora y el carisma del reparto, pero salen sin sentir que les hayan desgarrado el alma. Les ha pasado la película por delante como una tormenta vistosa que, más que mojarles, les ha salpicado de forma superficial.

Vista en conjunto, esta nueva Cumbres borrascosas funciona como un termómetro cultural: dice tanto de la novela como de nosotros mismos. Brontë escribió un abismo sobre deseo, clase, raza y violencia que todavía incomoda; la industria contemporánea insiste en limar aquello que más duele para servirlo como historia de amor arrebatado. En medio de ese tira y afloja, la cinta de Emerald Fennell se queda como un espectáculo sensual, contradictorio y muy discutible que, aun con todos sus excesos y carencias, mantiene vivo el debate sobre qué significa hoy adaptar un clásico que nació para escandalizar y no para gustar a todo el mundo.

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