Beatriz de Moura, la editora que transformó Tusquets

Última actualización: 9 mayo, 2026
  • Beatriz de Moura convirtió un pequeño sello barcelonés en una editorial literaria de referencia, abriendo la cultura española al mundo en plena dictadura y durante la Transición.
  • Su catálogo impulsó a autores decisivos en España e Hispanoamérica y acercó a los lectores una nómina excepcional de escritores extranjeros mediante traducciones de alta calidad.
  • Defendió un modelo de editor como mediador cultural, crítico con la concentración empresarial y la inflación de novedades, manteniendo un catálogo sólido y reconocible.
  • Su legado se refleja en premios, donaciones de archivos y bibliotecas, y en la continuidad del proyecto de Tusquets dentro del Grupo Planeta, con su impronta aún visible.

Retrato de Beatriz de Moura

La figura de Beatriz de Moura ocupa un lugar privilegiado en la historia reciente del libro en español. No solo fue la fundadora de una de las editoriales más influyentes de Barcelona, sino que se convirtió en un auténtico motor cultural en la España tardofranquista y de la Transición, dando voz a autores incómodos, renovadores y, con frecuencia, adelantados a su tiempo.

Su trayectoria vital y profesional es también la crónica de cómo una editora cosmopolita y de fuerte carácter transformó un pequeño sello casi doméstico en una referencia literaria internacional. Desde la gauche divine barcelonesa hasta los grandes reconocimientos institucionales, la vida de De Moura entrelaza política, literatura, debates sobre la lengua, la memoria de la dictadura y el despegue de una industria editorial moderna.

De Río de Janeiro a Barcelona: una vida nómada que desemboca en los libros

Beatriz de Moura nació en Río de Janeiro en 1939, en el seno de una familia de diplomáticos brasileños. Su infancia y juventud transcurrieron entre distintos países, siguiendo los destinos de su padre, lo que la acostumbró pronto a cambiar de lengua, de ciudad y de ambiente cultural.

Se formó en liceos franceses repartidos por varios países, y desde muy joven tuvo claro que quería seguir estudios superiores. Cuando su padre fue nombrado cónsul general de Brasil en Barcelona (1956-1962), toda la familia se trasladó a la ciudad. Ella tenía entonces diecisiete años y se encontró con una Barcelona gris, pero sorprendentemente viva en el plano intelectual.

Aunque deseaba entrar en la universidad española, padre e hija consideraron que la España de la dictadura no ofrecía el mejor clima para su formación. Por eso se marchó a Ginebra, donde estudió en la escuela de intérpretes y se licenció en Historia y Ciencias Sociales. Allí entró en contacto con círculos antifranquistas, sobre todo vinculados al Partido Comunista de España, para los que aprovechaba su pasaporte diplomático: podía cruzar la frontera sin grandes dificultades y transportar documentos o material, más como simpatizante activa que como militante disciplinada.

La relación con su padre, hombre muy culto pero conservador y rígido, se deterioró precisamente por ese entorno político y por sus amistades. El conflicto llegó al punto del ultimátum: él le exigió cortar con ese ambiente, ella se negó, y acabó fuera de casa. En lugar de recular, decidió instalarse definitivamente en Barcelona, donde ya tenía amigos, contactos y la sensación de que podía ganarse la vida sola.

Sus primeros pasos profesionales fueron en el mundo editorial, alternando trabajos en Gustavo Gili y en Salvat, especialmente como traductora. Pronto entraría en contacto con quien sería fundamental en su carrera: Esther Tusquets.

El aprendizaje en Lumen y la inmersión en la gauche divine

En 1964, tras algunas traducciones de literatura infantil, Esther Tusquets le ofreció incorporarse a Lumen, la editorial que acababa de crear en Barcelona. Aquellos años fueron para Beatriz una escuela práctica de edición: selección de originales, relación con autores, trato con impresores y libreros, luchas con la censura y búsqueda de un catálogo coherente.

En paralelo, se integró de lleno en el ambiente de la llamada gauche divine barcelonesa, un grupo de jóvenes de familias acomodadas, cosmopolitas, acostumbradas a viajar y con ganas de vivir de otra manera. No querían la hipocresía y el secretismo de la burguesía franquista: aspiraban al amor libre, a los bares nocturnos, a la música alta, al debate político sin tapujos y a copiar lo que veían en París, Roma, Frankfurt o Nueva York.

En ese contexto conoció al arquitecto Óscar Tusquets, hermano de Esther, con quien acabaría casándose. Juntos participaron en proyectos culturales de vanguardia, como el cortometraje Imagen de la ciudad, dirigido por Ricardo Bofill y el propio Óscar Tusquets. Allí, Beatriz aparece bailando junto a Serena Vergano, en un collage visual irreverente y moderno, casi como una escena sacada de Blow Up. Ese corto retrata a la perfección el cruce entre arquitectura, fotografía, cine y literatura que vivía la Barcelona de aquellos años.

En ese ambiente coincidían nombres como Ricardo Bofill, Oriol Maspons, Terenci Moix y muchos otros protagonistas de la vida cultural barcelonesa. Beatriz era, según quienes la trataron, la editora con más presencia, más encanto y más vitalidad de esa nueva generación: podía haber sido portada de revistas de moda o suplementos culturales, pero prefirió mantenerse casi siempre en un discreto segundo plano.

Detrás de esa apariencia desenfadada había una lectora voraz y muy exigente, con un instinto literario excepcional y un sentido práctico del oficio de editar. De Lumen aprendió el oficio artesanal del libro, pero pronto sintió la necesidad de dar forma propia a su criterio.

El nacimiento de Tusquets Editores en plena dictadura

En 1968, Beatriz y Óscar decidieron dar el salto: constituyeron una nueva editorial, Tusquets Editores, que comenzó de hecho su andadura en 1969. El capital social era modestísimo, unas 165.000 pesetas, y la oficina estaba en un piso perteneciente al suegro. Sobre el papel, era casi una aventura doméstica, sin grandes garantías de éxito empresarial.

Desde el principio, el proyecto tuvo algo de sello subversivo y esteta. En pleno franquismo, pero ya bajo los efectos de la Ley Fraga de 1966, que abría alguna rendija en la censura y a la vez responsabilizaba económicamente a las editoriales, Beatriz apostó por libros que cuestionaban costumbres, ideologías y estéticas. Ella misma resumiría años después la orientación inicial con una frase clara: la literatura que les interesaba era la que provocaba una “revolución de las costumbres”, además de tener ambición formal.

Las dos primeras colecciones fueron los Cuadernos Ínfimos y los Cuadernos Marginales. Se trataba de ensayos breves y muy cuidados, dedicados a cine, arquitectura, arte, teatro, psiquiatría o pensamiento crítico. Su valor no era solo textual: el diseño rompía moldes. Los Cuadernos Ínfimos iban con una característica portada plateada; los Marginales, dorada. El trabajo de diseño, a cargo de Óscar Tusquets y Lluís Clotet, traía de cabeza a los impresores de Grafos, que debían lidiar con tintas de oro y plata en un entorno técnico poco acostumbrado a esas exigencias.

En esos primeros años, Tusquets publicó textos que aún no se habían editado en español de autores como Samuel Beckett. Un golpe de suerte reforzó rápido el prestigio del sello: Beckett ganó el Premio Nobel de Literatura ese mismo 1969, y de pronto aquella pequeña editorial barcelonesa aparecía asociada a uno de los nombres capitales del siglo XX.

En un panorama editorial fuertemente vigilado por la censura, Tusquets se movía con cautela y audacia a la vez. Cualquier libro que el régimen considerase peligroso podía ser secuestrado, y la editorial perdía automáticamente la inversión sin derecho a reclamar. De ahí la autocensura prudente que, aun así, no le impidió apostar por textos incómodos, como los clásicos del anarquismo que más tarde agruparía bajo la colección Acracia.

Relato de un náufrago, La sonrisa vertical y el catálogo que marcó época

El verdadero salto comercial llegó en 1970, cuando Gabriel García Márquez, ya famoso por Cien años de soledad, confió a Beatriz los derechos de su reportaje Relato de un náufrago. El texto, publicado originalmente en 1955 como una serie periodística en El Espectador, se convirtió en libro en Tusquets y fue un best seller inesperado que permitió sanear las cuentas de la casa durante una buena temporada.

A partir de ahí, la editorial dejó de ser solo un proyecto de amigos para consolidarse como un gran sello literario. Durante los años setenta, Tusquets se situó al lado de nombres como Seix Barral, Alfaguara o Anagrama, pero con una personalidad muy propia: menos teórica y sistemática que Anagrama, más hedonista, más inclinada a los placeres cotidianos y a cierta irreverencia.

En 1977, Luis García Berlanga convenció a Beatriz para crear una colección de literatura erótica, que pasaría a la historia con el nombre de La sonrisa vertical. Acompañada de un premio anual, esta serie abrió espacio a una sexualidad explícita y libre en un país que salía de décadas de moral puritana. Por sus páginas circularon novelas que desafiaban tabúes y que, al mismo tiempo, mantenían una exigencia literaria notable.

La colección fue clave para lanzar a Almudena Grandes, que en 1989 ganó el premio con Las edades de Lulú, una novela erótica de alto voltaje que se convirtió en un gran éxito de ventas y marcó el arranque de su trayectoria como una de las narradoras centrales de la literatura española contemporánea. Con ella y otros autores, Tusquets demostró que era posible llegar a un público amplio sin renunciar a la calidad.

En paralelo, otro proyecto singular, Los cinco sentidos, impulsado desde París por Xavier Domingo, exploraba la gastronomía y los placeres de la mesa con un enfoque culto y lúdico. Entre sus títulos más recordados está La cocina cristiana de Occidente, de Álvaro Cunqueiro, un libro que muchos consideran una pequeña joya literaria además de culinaria.

La editorial fue también la casa del Premio Comillas, dedicado a memorias, biografías y autobiografías, que contribuyó a revitalizar lo que hoy se agrupa bajo el paraguas de “literatura del yo”. Por él pasaron textos fundamentales de Carlos Barral, Carlos Castilla del Pino o Juan Luis Panero, entre otros, que ampliaron el interés por las vidas de escritores, intelectuales y figuras públicas contadas con un rigor a veces más cercano a la biografía anglosajona que al memorialismo justificativo habitual.

Autores que cambiaron la literatura española y una biblioteca de referencia

Si algo define el legado de Beatriz de Moura es su capacidad para detectar voces nuevas decisivas. En el ámbito español, su catálogo fue clave para consolidar a autores que dieron un giro notable a la narrativa y la poesía de finales del siglo XX.

En el terreno de la narrativa española, publicó y apoyó desde el inicio a Enrique Vila-Matas, que debutó con ella; a Leopoldo María Panero en su mejor libro en prosa, En lugar del hijo; y, sobre todo, a Cristina Fernández Cubas, a quien le rechazaron varios editores su primer manuscrito, Mi hermana Elba. Ese volumen de cuentos, y luego Los altillos de Brumal, salieron en los Cuadernos Ínfimos y se convirtieron en títulos de culto, inaugurando una forma moderna, inquietante y muy personal de entender el relato fantástico en España.

Muchos críticos consideran que ese trío -Vila-Matas, Panero y Fernández Cubas-, sin proponérselo y sin que nadie lo planeara desde un despacho, abrió una vía completamente distinta a la narrativa dominante desde Cela y otros autores del realismo español. Frente al casticismo verbal y la hipertrofia del estilo, propusieron historias con un fuerte componente metaliterario, onírico o fantástico, con otra relación entre forma y contenido.

A ellos se sumaron después otros nombres fundamentales del catálogo de narrativa de la casa: Luis Landero, cuyo Juegos de la edad tardía (1989) fue uno de los hitos de la narrativa española reciente; Ramiro Pinilla, con su vasta trilogía Verdes valles, colinas rojas (2004-2005), una saga sobre el País Vasco que muchos leyeron como una epopeya moderna; Eduardo Mendicutti, con novelas como Una mala noche la tiene cualquiera, aguda e irreverente en clave LGTBI; o Gonzalo Hidalgo Bayal y Cristóbal Serra, este último con rarezas exquisitas como Viaje a Cotiledonia, que la propia editora recordaba como uno de los libros menos vendidos de la casa, con apenas cien ejemplares.

Ya en el siglo XXI, Tusquets fue también el sello de Fernando Aramburu, cuya novela Patria (2016) se convirtió en fenómeno masivo al narrar la fractura social y personal provocada por el terrorismo de ETA, así como el de Javier Cercas con Soldados de Salamina (2001), una reflexión híbrida entre ensayo, investigación y ficción sobre la Guerra Civil y sus fantasmas.

En la esfera hispanoamericana, el catálogo de Beatriz de Moura incluye nombres de tanto peso como Gabriel García Márquez (además de Relato de un náufrago), Mario Vargas Llosa, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Reinaldo Arenas (con Antes que anochezca), Jorge Edwards (con Persona non grata), Leonardo Padura, Abilio Estévez, Luis Sepúlveda (con Un viejo que leía novelas de amor), Cristina Rivera Garza o Gonzalo Celorio, que llegaría a ser Premio Cervantes.

La lista de autores extranjeros traducidos que llegaron a los lectores españoles a través de Tusquets es impresionante: Samuel Beckett, Italo Calvino, Leonardo Sciascia, Marguerite Duras, Milan Kundera, Friedrich Dürrenmatt, Ernst Jünger, Albert Camus, Czeslaw Milosz, Emil Cioran, Malcolm Lowry, Arthur Miller, John Updike, Georges Simenon, Woody Allen… Para muchos lectores, la presencia de esos nombres iba asociada al marco negro inconfundible de las cubiertas de la colección Andanzas, introducido en 1981.

No se entiende esa apertura al mundo sin mencionar a los traductores de confianza de la casa, parte esencial del proyecto de De Moura: Carlos Pujol, Andrés Sánchez Pascual, Carlos Manzano, Pepe Escué, Javier Albiñana y otros tantos que garantizaron la calidad literaria de las versiones españolas. Ella misma tradujo varias obras de Kundera, como Los testamentos traicionados, La lentitud, La identidad o La ignorancia.

Una editora con mirada política y defensa del bilingüismo

Más allá del catálogo, el pensamiento de Beatriz de Moura sobre la política, la lengua y la sociedad ayuda a entender su posición en el ecosistema cultural catalán y español. Se consideraba catalana de adopción, castellanohablante, pero muy consciente de la realidad bilingüe del país.

Fue miembro del Foro Babel, una iniciativa cívica que defendía el bilingüismo en Cataluña frente a políticas que percibía como excesivamente monolingües por parte de la Generalitat de Jordi Pujol. Su postura no era anti-catalán, al contrario: reconocía que la recuperación y normalización de la lengua catalana era un logro político e histórico, pero advertía de que una insistencia desproporcionada podía empobrecer el clima cultural, volviéndolo más provinciano y menos abierto al mundo que la Barcelona cosmopolita del franquismo tardío y la primera Transición.

Desde su propia editorial, que durante décadas trabajó básicamente en lengua castellana, no empezó a publicar en catalán hasta muy tarde, y siempre con la idea de añadir traducciones valiosas sin competir de forma agresiva con un tejido editorial catalán ya consolidado. Consideraba que hubiese sido pretencioso “invadir” ese espacio con la fuerza de una marca muy reconocida.

En sus análisis de la Transición española, Beatriz insistía en la existencia de un “pacto de silencio” necesario en su momento para posibilitar el cambio político, pero que había dejado muchos asuntos sin ventilar. Le interesaban más las biografías políticas rigurosas de figuras como Adolfo Suárez, el rey Juan Carlos I o el propio Jordi Pujol, al estilo anglosajón, que las memorias complacientes que los políticos tienden a escribir para blanquear su paso por el poder.

Sobre el panorama político, opinaba que la falta de interés del público por los libros de política era síntoma de una democracia aún poco interiorizada. Y al mismo tiempo reconocía la sorprendente sabiduría del electorado español en los primeros años de la democracia, a pesar de la escasa tradición democrática previa.

No rehuyó debates contemporáneos complejos, como la globalización económica, que veía como un hecho irreversible al que había que adaptarse con pragmatismo, tratando de preservar las conquistas sociales y evitando la homogeneización total de gustos y formas de vida. Tampoco se engañaba con los movimientos antiglobalización: señalaba la paradoja de que sus protestas se articulaban gracias a los mismos medios de transporte y comunicación generados por la globalización.

Censura, mercado editorial y concentración de grupos

Su memoria del oficio de editora atraviesa varias fases históricas muy distintas. En el franquismo, la Ley de Prensa e Imprenta de 1966 eliminó la censura previa formal, pero impuso un régimen de responsabilidad económica a las editoriales. Si un libro era denunciado y secuestrado, la empresa perdía todo lo invertido sin poder reclamar al Estado. Eso generó una autocensura constante: Beatriz recordaba cómo debían avanzar “con pies de plomo”, valorando no solo el interés cultural sino el riesgo de ruina económica que podía implicar según qué títulos.

Con la llegada de la democracia, la situación cambió radicalmente. La desaparición de la censura permitió poner en marcha proyectos largamente postergados. Tusquets pudo desplegar abiertamente la colección Acracia, dedicada al pensamiento anarquista (Proudhon, Bakunin y otros autores libertarios), ya sin las trabas de precios artificialmente altos que el ministerio imponía para limitar su difusión. También pudo desarrollar sin disfraces La sonrisa vertical y otros títulos polémicos que antes resultaban impensables.

En paralelo, el mapa editorial en lengua española cambió: durante el franquismo tardío, las grandes editoriales argentinas y mexicanas eran fundamentales para introducir en España los libros prohibidos, además de publicar a autores españoles vetados aquí. Con el giro político y económico, la industria editorial hispanoamericana perdió peso, y las editoriales españolas comenzaron a producir pensando en todo el mercado hispano, con filiales y redes de distribución en diversos países.

En ese contexto, Beatriz observó con preocupación la concentración empresarial en grandes grupos como Planeta y Bertelsmann, que integraron multitud de sellos más pequeños. Este proceso, que afectó de lleno al sector desde los años noventa, alteró la vieja figura del editor como mediador cultural y cuidador del catálogo. A su juicio, el criterio literario y el mimo al autor y al lector empezaron a ceder terreno ante las exigencias de rentabilidad y la obsesión por las novedades.

Denunciaba que la industria se había convertido en un sistema que fabricaba su propia inflación: una avalancha de títulos que el mercado no podía absorber, que saturaba a libreros y lectores. En ese panorama, Tusquets, pese a su fama, mantuvo un número relativamente reducido de novedades al año (en torno a 65), que ella misma consideraba incluso excesivo.

Reconocimientos, donaciones y últimos años

La trayectoria de Beatriz de Moura fue reconocida por múltiples instituciones. En 1999, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara le otorgó el Reconocimiento al Mérito Editorial, destacando su labor al frente de Tusquets y su vocación cosmopolita. En 2006 recibió la Creu de Sant Jordi de la Generalitat de Cataluña, y en 2010 el Ministerio de Cultura español le concedió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.

En 1998, Beatriz donó a la Universitat Pompeu Fabra buena parte de su biblioteca personal y de la de su padre, el diplomático Altimir de Moura. Años después, en 2017, entregó el archivo de la editorial Tusquets a la Biblioteca Nacional de España, garantizando así la conservación de un fondo esencial para entender la historia reciente del libro en español.

En 2012, firmó un acuerdo con el Grupo Planeta para la administración y distribución de Tusquets, que acabó desembocando en la venta completa del sello. A partir de entonces, la marca se integró en la estructura del gran grupo, pero manteniendo en lo esencial la línea que ella había trazado, con la figura de Juan Cerezo como heredero editorial de su proyecto.

En lo personal, la vida de Beatriz estuvo marcada por dos grandes parejas: su primer matrimonio con Óscar Tusquets, con quien fundó la editorial, y su larga relación con Antonio López Lamadrid (Toni), que se convirtió en su socio y mano derecha. Toni aportó, según recuerdan quienes los trataron, cordialidad, sentido del humor y una enorme generosidad, además de un olfato exquisito para los números. Sus cenas con autores, críticos y amigos en restaurantes como La Balsa o el Igueldo eran legendarias.

Una anécdota muy reveladora de la personalidad de Beatriz se refiere a su posición sobre la eutanasia. Firmó el primer manifiesto español en favor de su despenalización, pero cuando vio aparecer los primeros síntomas serios de la enfermedad neurodegenerativa que la afectaría, renunció a recurrir a ella. Quienes la conocieron señalan que era demasiado vital como para pedir que le acortaran la vida, incluso en esas circunstancias tan duras.

Beatriz de Moura falleció en Barcelona el 17 de abril de 2026, a los 86-87 años (según las fuentes). La noticia, comunicada por Tusquets Editores, no detalló las causas, pero se sabía que padecía una enfermedad neurodegenerativa desde hacía tiempo. Su despedida fue discreta, casi íntima, en el Tanatorio de Les Corts, con la presencia de unos pocos amigos, familiares, antiguos compañeros, alguna autora como Cristina Fernández Cubas, e incluso un impresor nonagenario de Grafos que recordaba las dificultades técnicas para imprimir los viejos Cuadernos Ínfimos y Marginales.

Varios medios y revistas culturales le dedicaron homenajes emocionados. Se recordaron sus risas estrepitosas, su manera directa de hablar, su acento inconfundible, la variedad de sus peinados y flequillos, su manera de escuchar y debatir, sin condescendencia y sin imposturas. También se recuperó un poema de Rosa Berbel, autora de Los planetas fantasma (publicado por Tusquets en 2022), titulado Limpieza general, como una forma de cerrar simbólicamente el tributo: una reflexión sobre la persistencia de las ideas hermosas, imposibles de borrar aunque manchen el suelo de la realidad.

Cuando se repasan sus décadas de trabajo, salta a la vista un hilo conductor muy claro: Beatriz de Moura quiso, ante todo, editar solo libros que le interesaban de verdad, legibles, con ambición estilística y capaces de acompañar a los lectores durante años. Su obstinación, su curiosidad y su confianza en un equipo estable construyeron un catálogo que hoy es casi una biblioteca ideal para entender la segunda mitad del siglo XX y los primeros compases del XXI en lengua española. Su huella persiste en cada lomo negro de Tusquets que sigue entrando en las casas, manteniendo vivo ese pacto silencioso entre editor, autor y lector que ella defendió hasta el final.