- Las clasificaciones entre animal, vegetal y mineral son construcciones históricas que la literatura y la filosofía contemporáneas ponen en cuestión.
- El giro biopolítico y posthumanista reconfigura la relación entre lo humano, lo animal y la materialidad, desplazando el foco del sujeto autónomo.
- Las sátiras científicas dieciochescas y las escrituras íntimas modernas muestran cómo lo animal y lo mineral atraviesan cuerpos, lenguajes y relatos.
- Plataformas como SciELO condicionan la circulación global de estos debates, articulando acceso abierto, métricas y políticas del conocimiento.

La expresión “animalidad mineral” abre la puerta a un territorio fronterizo entre literatura, filosofía y ciencias naturales donde las viejas clasificaciones del mundo dejan de ser evidentes. Al explorar el análisis literario de esta noción, inevitablemente se cruzan las líneas entre lo animal, lo vegetal y lo mineral, pero también entre lo humano y lo no humano, entre el cuerpo orgánico y la materia inerte, entre la experiencia sensible y las taxonomías científicas que pretenden ordenar el caos. La pregunta de fondo no es sólo qué es un animal o una piedra, sino qué ocurre cuando esos límites se borran en el discurso literario y en el pensamiento contemporáneo.
Este horizonte se ilumina de manera privilegiada en el contexto de la ciencia y la filosofía de los siglos XVII al XXI, pasando por el giro biopolítico y los estudios animales, hasta llegar a debates actuales sobre posthumanismo y materialidad. El punto de partida es, por un lado, la reconsideración histórica de cómo se ordenó la naturaleza en la modernidad temprana, como hace Susannah Gibson en su estudio sobre los tres reinos clásicos —animal, vegetal y mineral—, y, por otro, la lectura de autores como Nietzsche, Derrida, Agamben, Esposito, Baker, Broglio, McHugh o Wolfe, que desestabilizan la centralidad del sujeto humano y abren paso a formas de vida, sensibilidades y materialidades que rehúyen la jerarquía antropocéntrica.
Orden, taxonomía y el deseo humano de clasificar el mundo
La necesidad de poner orden en el universo acompaña al ser humano desde siempre. Llamar “cosmos” al conjunto de lo real es ya una forma de suponer que existe una estructura ordenada, o bien de imponerla a la fuerza allí donde sólo habría caos. Esta urgencia de clasificar no se reduce al laboratorio: está presente en la vida cotidiana, en la organización familiar, en la escuela, en la forma en que distribuimos objetos en un armario o ideas en una biblioteca. La psicología insiste en que los niños necesitan marcos claros, límites y reglas; pero ese mismo impulso que da seguridad puede convertirse en jaula cuando se transforma en apego rígido a las certezas.
En el terreno de la ciencia, esa pulsión ordenadora cristalizó en grandes sistemas taxonómicos que dividían la naturaleza en tres reinos clásicos —animal, vegetal y mineral—, a los que luego se añadirían otros. Aristóteles, y más tarde figuras como Linneo, intentaron organizar la diversidad del mundo en series, tablas y nomenclaturas. Sin embargo, el propio gesto de clasificar pone en juego interpretaciones, debates y tensiones: ¿existe un modo “natural” e inmutable de ordenar los seres, o toda clasificación es una construcción histórica, siempre provisoria y situada?
La investigación histórica sobre la ciencia del siglo XVIII, como la de Gibson, muestra que la frontera entre lo animal, lo vegetal y lo mineral era mucho más porosa de lo que a veces imaginamos. Naturalistas, médicos, teólogos y filósofos discutían sobre fósiles, monstruos, “plantas-hombre” o “piedras animadas” con un pie en la observación empírica y otro en la especulación metafísica. Esa incertidumbre, lejos de ser un defecto, fue el motor de un periodo extraordinariamente fértil, donde los marcos conceptuales se pusieron en entredicho y se probaron modelos alternativos para explicar lo vivo y lo inerte.
Vivir en esa zona de inestabilidad —en el terreno movedizo de las preguntas sin respuesta— es incómodo, pero también imprescindible para que se produzca el cambio. La evolución del conocimiento se cocina en la intemperie de la duda, no en la comodidad de las definiciones cerradas; y ello vale tanto para las ciencias naturales como para la crítica literaria, que constantemente reordena sus propios objetos de estudio y sus categorías de lectura: autor, obra, género, sujeto, cuerpo, animalidad, materialidad, etc.
Modelos científicos, verdad y perspectiva histórica
La reflexión sobre la animalidad y la materialidad no puede separarse de una cuestión clave: cómo entendemos el conocimiento científico. El matemático John von Neumann recordaba que las ciencias no buscan tanto explicar o interpretar cuanto construir modelos que funcionen. Un modelo, en este sentido, es una estructura —a menudo matemática, pero también conceptual— que organiza los fenómenos observados bajo ciertas hipótesis y narrativas; su valor no reside en proclamar la Verdad absoluta, sino en su capacidad de operar, predecir, conectar datos y abrir nuevas preguntas.
Aun así, muchos discursos científicos actuales se expresan como si hubieran alcanzado una verdad definitiva e indiscutible. En ámbitos como las ciencias de la vida es frecuente que se hable de hechos consolidados, dejando en segundo plano que toda observación y todo experimento pasan por un filtro humano: se diseñan bajo ciertas expectativas, se interpretan dentro de marcos teóricos, se comunican en lenguajes cargados de metáforas y supuestos. La historia de la ciencia muestra una y otra vez que esos marcos cambian, se desplazan, entran en crisis y son reemplazados por otros.
Los estudios históricos de casos como el de Johann Beringer y sus célebres fósiles falsos resultan especialmente elocuentes. En la década de 1720, este médico de Würzburg recibió una serie de piedras talladas que parecían contener representaciones de insectos, plantas, reptiles, e incluso motivos celestes y nombres de Dios en diversos idiomas. Desde nuestra perspectiva del siglo XXI, es fácil despachar el asunto como una anécdota de ingenuidad crédula y burla académica: colegas envidiosos habrían tramado el engaño para ridiculizarlo.
Sin embargo, la lectura matizada que hace Gibson evita el tono vengador y triunfalista: no presenta a Beringer como un simple “tonto”, sino como alguien que operaba en un momento de enorme incertidumbre respecto al origen y estatuto de los fósiles. En un paisaje donde todavía no existía consenso sobre procesos de fosilización, escalas de tiempo geológicas ni relaciones evolutivas, el margen para tomar por verosímiles ciertas anomalías era mucho mayor. De algún modo, la historia ilustra hasta qué punto el éxito o fracaso de un modelo depende de factores de contexto, suerte y perspectivas compartidas, más que de una supuesta superioridad intrínseca.
Este enfoque enlaza con una forma no heroica, sino evolutiva, de entender la historia de las ideas: los modelos compiten, se seleccionan y se extinguen como las especies. Algunos dominan durante décadas o siglos; otros se descartan con rapidez. Pero el hecho de que un modelo haya funcionado durante un tiempo no garantiza que siga haciéndolo siempre, ni que merezca un relato en el que los defensores de teorías alternativas queden reducidos a villanos o miopes. La crítica al relato de “vencedores y vencidos” es muy útil también para revisar cómo se narra la relación entre lo humano y lo animal, o entre la vida y la materia, en los discursos literarios y filosóficos.
Animal, vegetal, mineral: la ruptura del orden natural
El libro de Susannah Gibson, Animal, Vegetable, Mineral? How eighteenth-century science disrupted the natural order, se sitúa en este cruce entre historia científica y cuestionamiento de las clasificaciones. Su originalidad reside en que reúne en un mismo volumen a los tres reinos aristotélicos, evitando el sesgo hiper-especializado que caracteriza muchas investigaciones actuales. En lugar de separar estrictamente zoología, botánica y mineralogía, recupera la visión más integradora de la Ilustración, donde los mismos actores se movían entre experimentos con animales, observaciones de plantas y discusiones sobre fósiles o “piedras figuradas”.
Las primeras páginas de la obra subrayan la riqueza del panorama cultural del siglo XVIII, recordando que nombres como Newton o Linneo compartían época con Bach, Mozart, Goethe, Kant, Casanova o Watt. Esta simultaneidad de avances científicos, transformaciones filosóficas y efervescencia artística permite comprender que el debate sobre los tres reinos no era un asunto técnico local, sino un nudo en el que se entrelazaban teología, política, economía, estética y moral. Cuestionar qué es un animal o qué es un mineral implicaba también replantear qué es el ser humano, cómo se entiende el alma, qué lugar ocupa la especie humana en la creación y qué relación guarda con lo ajeno a ella.
En este sentido, el libro propone tres grandes preguntas que pueden servirnos como eje para pensar la animalidad mineral en clave literaria y filosófica: ¿cómo clasificamos a los seres y las cosas?; ¿existe una manera “natural” de hacerlo?; ¿qué efectos tienen esas decisiones de clasificación sobre la sociedad y los sujetos? La literatura se convierte entonces en un laboratorio privilegiado donde estas categorías se ensayan, se tensan y se ponen patas arriba, produciendo híbridos, monstruos, figuras liminales y metáforas que desbordan los diccionarios de ciencias naturales.
Ahora bien, la lectura crítica del libro también pone de relieve sus límites. Aunque la premisa es potentísima, algunas lectoras han señalado que la ejecución les resulta algo ligera, más adecuada para quien se acerca por primera vez al tema que para un público especializado. La sensación es la de un texto que se queda en la zona superficial —en la “capa fótica” del océano— sin bucear a fondo en dimensiones teóricas o conceptuales que podrían haberse explotado más, sobre todo si se piensa en el precio de la edición académica.
Otro aspecto discutible es la organización interna: ideas y motivos aparecen y se repiten en diversos capítulos sin una secuencialidad claramente progresiva, de modo que cuesta sentir que se avanza siguiendo un hilo conductor neto. Personajes y debates que podrían haberse anclado de manera más nítida a preguntas concretas tienden a desdibujarse, y algunas escenas —como ciertos experimentos con ranas de Spallanzani— parecen desubicadas en la división por reinos. Esta crítica, sin embargo, no invalida el interés del volumen como puerta de entrada a una historia cultural de las taxonomías naturales.
Sátira, cuerpo y sexualidad vegetal: The Man-Plant y Lucina sine concubitu
Uno de los capítulos más sabrosos del recorrido de Gibson recala en la sátira científica del siglo XVIII. Allí aparecen textos como The Man-plant, Or, Scheme for Increasing and Improving the British Breed, que parodia la botánica linneana aplicando la taxonomía vegetal al cuerpo humano. El “Hombre-Planta” se clasifica según el sistema sexual de las flores (clase Dieciae, orden Monandria, Monogynia; género Homo), estableciendo paralelismos subiditos de tono entre estructuras florales y anatomía femenina.
En este tipo de sátiras encontramos descripciones de “nectarios humanos (femeninos)” calificados como “dobles, globosos, suaves, blancos”, que traslucen un erotismo apenas velado. El latín, como lengua científica, sirve de cortina de humo respetable para escenificar fantasías carnales que, en un registro más directo, sonarían ordinarias. Es más elegante declarar preferencia por “nectarios grandes” que por “melones enormes”, aunque el subtexto sea prácticamente el mismo. El juego de traducción entre botánica y sexualidad humana muestra hasta qué punto el lenguaje científico es maleable y está atravesado por imaginarios sociales y deseos.
Junto a The Man-plant, Gibson recupera otra pieza satírica, Lucina sine concubitu, centrada en la idea de generación a partir de animálculos —los primeros espermatozoides observados al microscopio— sin necesidad de coito. Esta burla pone en escena, de forma caricaturesca, temores y fantasías en torno a la reproducción, la agencia de los cuerpos y el papel de la mujer en la gestación. Aquí, la animalidad microscópica se vuelve protagonista: los minúsculos seres que nadan en los fluidos corporales se convierten en personajes de una comedia grotesca que desestabiliza las jerarquías entre lo visible y lo invisible, lo humano y lo animal.
Este tipo de textos ilustran cómo la literatura puede descolocar los límites entre reinos naturales a través del humor y la irreverencia. Al imaginar hombres-plantas o atribuir deseos y pasiones a células y animálculos, se desafían las barreras entre naturaleza y cultura, entre ciencia y ficción. La animalidad y la vegetalidad dejan de ser simplemente objetos de estudio para volverse agentes narrativos que piensan, sienten y desean, ya sea de manera literal o metafórica.
En la recepción contemporánea, este material satírico resuena con debates sobre el lenguaje especializado y las jerarquías del discurso crítico. Autoras como Nora Catelli o Miguel Dalmaroni han señalado cómo ciertas jergas académicas funcionan como marcas de pertenencia y exclusión, a veces con un peso ritual comparable al latín de la botánica dieciochesca. La parodia de las taxonomías vegetales se conecta así con una sospecha más amplia hacia las formas de autoridad que se esconden en los tecnicismos y en los sistemas cerrados de clasificación, tanto en ciencia como en crítica literaria.
Animalidad, biopolítica y pensamiento contemporáneo
Si saltamos al presente, el análisis literario de la animalidad mineral debe pasar necesariamente por el giro biopolítico y posthumanista en las humanidades. Autores como Giorgio Agamben, Roberto Esposito, Jacques Derrida, Cary Wolfe, Susan McHugh, Steve Baker, Ron Broglio, Christopher Breu o Margot Norris, entre otros, han reconfigurado el modo en que entendemos la relación entre vida, política, cuerpo y animalidad.
Agamben, por ejemplo, ha desarrollado la idea de una “vida desnuda” gestionada por dispositivos de poder, preguntándose qué significa estar incluido en el orden jurídico-político sólo en la medida en que se puede ser excluido o sacrificado. En este marco, la figura del animal —o de lo animal en el hombre— ocupa un lugar crucial: el límite entre humano y no humano se convierte en la línea sobre la que se decide quién merece protección y quién puede ser reducido a pura existencia biológica. Sus reflexiones dialogan con la tradición nietzscheana y con los debates recogidos en compilaciones como Ensayos sobre biopolítica. Excesos de vida.
Derrida, en El animal que luego estoy si(gui)endo, examina la escena aparentemente banal en la que se siente mirado por su gato mientras está desnudo. A partir de ahí, despliega una crítica radical al modo en que la filosofía occidental ha tratado a “el animal” como una entidad homogénea, negándole singularidad, lenguaje y mundo propio. La animalidad deja de ser un simple “otro” que se opone a la humanidad; se convierte en un espejo incómodo que revela la fragilidad de nuestras definiciones de sujeto, razón y dignidad.
Por su parte, Esposito explora en Tercera persona las formas de vida que resisten la apropiación individualista, incluidas las que se sitúan en umbrales impersonalizados: comunidades extrañas, zonas de anonimato, experiencias que se escapan de la propiedad del “yo”. En esta perspectiva, lo animal y lo inorgánico no son sólo objetos externos, sino fuerzas que desestabilizan la lógica de la identidad cerrada. Algo similar ocurre en las reflexiones de Mónica Cragnolini sobre “extrañas comunidades” y animales kafkianos, donde la literatura de Kafka sirve para pensar existencias preindividuales, murmullos anónimos y formas de vida que se rodean de ambigüedad ontológica.
En el ámbito más específicamente literario, estudios como Beasts of Modern Imagination de Norris, Animal Stories de McHugh o Artist/Animal de Baker analizan cómo los relatos modernos y contemporáneos rehacen la figura del animal, no sólo como símbolo, sino como agente que rompe las fronteras de especie. El animal literario puede ser metáfora de la pulsión, de lo marginal, de lo reprimido; pero cada vez con más frecuencia se lo entiende también como presencia material y política, vinculada a debates sobre explotación, derechos y cohabitación inter-especie.
Desde esta constelación teórica, la “animalidad mineral” se puede leer como una figuración que mezcla vida y materia inerte, cuestionando la diferencia tradicional entre zoé y bios, entre vida biológica y vida políticamente cualificada. La piedra deja de ser algo totalmente exterior a la vida para aparecer como soporte, archivo, cuerpo resistente, o incluso como protagonista de relatos donde la materialidad tiene agencia. El análisis literario se ve abocado a pensar no sólo personajes humanos y animales, sino también rocas, objetos, infraestructuras y paisajes que actúan, impresionan y configuran la trama.
Escrituras íntimas, autobiografía y lo impersonal
En paralelo a estos debates, se ha desarrollado un intenso interés por las escrituras íntimas y los diarios de escritores, como muestran los trabajos de Alberto Giordano (Una posibilidad de vida, Vida y obra, La contraseña de los solitarios). Estas formas de autobiografía ponen en juego una tensión constante entre la experiencia personal y fuerzas impersonales que la atraviesan: el lenguaje, el tiempo histórico, los afectos colectivos, las figuras monstruosas o animales que se cuelan en sueños y obsesiones.
Cuando se examinan diarios y textos confesionales desde la óptica de la biopolítica y la animalidad, se observa cómo el cuerpo propio aparece a menudo como un territorio de fuerzas ajenas: enfermedades, hábitos, pulsiones, estados de ánimo que se describen casi como entidades autónomas, medio humanas, medio animales, a veces próximas a la inercia mineral. Esta perspectiva se emparenta con la insistencia en la materialidad de la literatura que desarrolla Christopher Breu en Insistence of the Material, donde el texto se entiende como un campo en el que chocan diferentes capas de lo material: orgánica, social, económica, geológica.
Las lecturas nietzscheanas que atraviesan gran parte de la crítica contemporánea en América Latina —como las compiladas en Extrañas comunidades o en los dosieres sobre la recepción de Nietzsche en Argentina— subrayan precisamente esa dimensión afirmativa y conflictiva de la vida: una vida que no se reduce al individuo, que se dispersa en fuerzas, intensidades y afectos que atraviesan cuerpos humanos y no humanos. La “animalidad” nietzscheana no es tanto una degradación como una potencia: un recordatorio de que lo racional y lo civilizado se sostienen sobre un fondo instintivo, pulsional, muchas veces incómodo, pero indispensable.
Desde este ángulo, la “mineralidad” también puede leerse de otro modo: como metáfora de perduración, peso y resistencia, pero también como figura de la inmovilidad que el pensamiento crítico intenta romper. Literatura y filosofía se mueven entre estas dos tensiones: por un lado, dar voz a lo inorgánico, a lo que parece puro soporte; por otro, denunciar las formas de “petrificación” que impiden el devenir, ya se trate de taxonomías rígidas, jergas cristalizadas o relatos históricos triunfalistas.
Difusión del conocimiento, acceso abierto y circulación de la crítica
Todo este campo de debates —sobre animalidad, biopolítica, materialidad y clasificación— no se desarrolla en el vacío, sino en un ecosistema de publicaciones, revistas, ferias y plataformas que condicionan cómo circula el conocimiento crítico. Proyectos como SciELO, impulsado inicialmente por la FAPESP y BIREME, han sido fundamentales para la visibilización internacional de la producción científica en América Latina, incluidos muchos trabajos sobre estudios animales, biopolítica y teoría literaria contemporánea.
La colección SciELO-México, por ejemplo, ha recibido apoyo de instituciones como el CENIDSP del Instituto Nacional de Salud Pública, la UNAM (mediante el Macroproyecto Tecnologías para la Universidad de la Información y la Computación) y el CONACYT. Estas iniciativas no sólo permiten poner en línea revistas que antes tenían una circulación limitada, sino que también generan herramientas de evaluación bibliométrica —a través de SciELO Analytics, SciELO Citation Index en Web of Science, y otras métricas como las de Scimago, ScienceOpen, OpenAire o BASE— que alteran el mapa de prestigio y reconocimiento de la investigación.
Las revistas integradas en SciELO se indexan en bases de datos como AGRIS, CLASE, PERIÓDICA, BIBLAT, DIALNET o HAPI, lo cual amplía el alcance de artículos sobre literatura, filosofía, biopolítica o estudios animales escritos en español y portugués. Paralelamente, se están desarrollando repositorios de preprints y de datos abiertos que no se restringen a trabajos publicados en revistas SciELO, lo que contribuye a la lógica de la Ciencia Abierta. Para el análisis literario de la animalidad y la materialidad, este contexto es crucial: ya no se trata sólo de qué se dice, sino de cómo, dónde y bajo qué condiciones de acceso se dicen las cosas.
Este marco de plataformas y métricas también plantea preguntas incómodas: ¿hasta qué punto la lógica de la visibilidad y el impacto condiciona los temas de investigación? ¿Favorece determinados enfoques en detrimento de otros? ¿Qué lugar ocupan en este sistema las reflexiones más experimentales, las escrituras híbridas o las propuestas que desafían los formatos tradicionales de artículo científico? Al fin y al cabo, una parte importante del pensamiento sobre animalidad y materialidad trabaja precisamente contra la homogeneización, contra la reducción de lo vivo y lo inerte a datos fácilmente cuantificables.
En este cruce entre teoría y política editorial, el acceso abierto aparece a la vez como oportunidad y desafío. Oportunidad porque permite que estudiantes, investigadores y lectores no institucionalizados accedan a textos que antes estaban encerrados en suscripciones costosas; desafío porque obliga a repensar los criterios de calidad y los modos de legitimar saberes que no siempre encajan en la lógica hegemónica de las métricas. El análisis literario de la animalidad mineral se beneficia de esta apertura, pero también debe permanecer atento a las nuevas formas de disciplinamiento que nacen del propio ecosistema digital.
Mirando de conjunto todas estas capas —historia de la ciencia, sátira botánica, biopolítica, teorías del animal, escrituras íntimas, plataformas de difusión—, se hace evidente que la “animalidad mineral” es mucho más que una curiosidad terminológica. Es una forma de nombrar el punto en el que las fronteras entre reinos naturales, especies y materias se vuelven problemáticas; donde lo humano se descubre atravesado por fuerzas animales, vegetales y minerales, y la literatura se revela como un espacio privilegiado para explorar esas mezclas. Al seguir el hilo de estas transformaciones, el análisis literario no sólo lee textos, sino que interviene en la manera en que concebimos la vida, la materia y el orden del mundo.